Uno repasa la estadística de estos dos meses y medio, con el ranking de los índices globales, y piensa cada vez más que aquella fabulosa primera semana de enero resultó una suerte de «maldición» para la evolución del Merval. Como darle un juguete regio, impensado, a un niño y cuando apenas se dio cuenta de poder disfrutarlo, quitárselo sin explicaciones. Porque, al culminar la rueda del viernes... seguimos como clavados en aquel 12,5% de ganancia, que se había conseguido en sólo cuatro ruedas iniciales de 2012. Todo lo siguiente fue como un largo espacio en blanco, con mejoras y recaídas, pero sin poder desprenderse de aquella descomunal ganancia de una primera semana del año. De todos modos, le sirve al indicador local para figurar en el podio de los cuatro con mejores rendimientos hasta el momento. Dos que luchan palmo a palmo el primer lugar, Bovespa y Nikkei rozando el 20% de utilidad, después el CAC 40 (francés) con más del 13% de utilidad y allí acosando al tercero, el Merval con su saldo en torno al 12% de beneficios. Todos los demás en ganancia no alcanzan los dos dígitos, con uno que permanecía en negativo -Madrid casi el 1%- y un mundo de los mercados de riesgo que están rindiendo -al menos, nuestra opinión- por encima de las vitaminas que le llegan del escenario de las economías y con los constantes divagues, en procura de «soluciones» que nunca llegan. Tener toda la caravana con rendimientos de ciertos calibres -varios en torno de un 8% en el trayecto- resulta para el elogio. O también para no hallarle fundamentos posibles, más que el de mercados muy comprimidos en fuertes carteras -con inversores comunes de toda región apartados del sistema- y que al llegar a tal situación se tornan en gobernables. La peor de las palabras que puede hallarse, que el marcado de espíritu más popular -aunque muchos ignorantes crean que es para las elites- se vaya envolviendo en sus propios pétalos y cerrándose cada vez más. Nos contaba el colega que sigue a Wall Street acerca de la caída de negocios que continúa observándose en aquel centro de todas las Bolsas. No existe peor virus destructivo para un sistema bursátil que el de contraerse y perder el fenómeno de intercambio que le dan los que aquí -despectivamente- se les fue llamando «chiquitaje». La gente común que posee algunas posiciones, que no toda piensa igual, que otorga una base amplia y que no permite el pernicioso aspecto de la dirección de la tendencia, en manos de unos pocos. Algo, o mucho, de ello puede estar pasando: cuando se ven avances que poco tiene que ver con el contexto. Grave.
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