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En recuadro más escueto, porque los medios también se movilizan en función del calibre de los involucrados, surgió otra inminente llamada de auxilio: la de Chipre, solicitando su propio salvataje. La lucha entre los políticos y las leyes de la economía escriben una página de los densos volúmenes de casos que registra la vida del hombre. Disimular, desviar la atención, negar de modo sistemático, oponerse al diagnóstico (o desfigurarlo), como si ello diera algún resultado práctico. Finalmente, después de haber perdido tiempo en estratagemas, la realidad se abre paso y los «cadáveres» -escondidos en el placard- caen todos juntos sobre la alfombra. Esto no es solamente propiedad de los políticos (en todo caso, es más grave porque son los que conducen a las naciones y al mundo), sino también es característico en las personas comunes. O de inversores, que sostienen una teoría cuando ya todo comenzó a fracturarse en derredor de ella.
Desde Obama hasta los demás gobernantes, se vienen buscando justificativos que trasladan la carga al bando opuesto. Salvo Merkel, hoy el personaje seguramente más aborrecido por los demás, a quien -hace meses- se le oyó dar el diagnóstico de una crisis: que costará una década para salir de ella.
Ingresados ya al segundo semestre, el escenario se presenta más negativo que el primero. No hay que ir lejos para darnos cuenta, porque cualquiera que vea números -y lea palabras de directorios- en los balances de las cotizantes (qué no habrá en aquellas de las que nada se conoce) o repase estadística reciente en la actividad general puede percibir que el círculo se cierra. (O bien, puede negarlo...)


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