29 de octubre 2012 - 00:00

Cupones bursátiles

 «Felices de corazón los que crean sin haber visto...», piedra basal en la religión cristiana y que remite todo a la fe que posean sus seguidores: se tiene fe o no se la tiene. Y hasta el momento, por lo que seguimos reuniendo de material sobre el proyecto para el «mercado de capitales», todos los que opinan al respecto también se agrupan en un acto de fe: unos la tienen y otros, no. Pero la sustancia que puede constituir la médula de una conclusión está contenida en los escritos que van al Congreso y no son pocos los artículos -se dicen «160»- a los que habría que incorporar lo que revista como clave para entender la iniciativa. Los considerandos previos, el prólogo, el detalle de las causas que llevan a tal modificación de un sistema que funciona desde 1968. (A propósito de lo dicho, la Ley 17.811 posee tal introducción, donde se exponen motivos que llevaron a dictarla). Más allá de lo que difundan los voceros oficiales, en tal presentación debería aparecer la raíz primordial de tal cambio.

Todo lo que se opine, en favor o en contra y sin poseer a la vista el «proyecto», solamente sirve a los medios, que consultan y publican. Junto con los debidos intereses que se defienden, o se atacan, según desde qué vereda estén situados los opinadores. Por momentos parece que se habla de «seguridad», como principal impulsor; desde otro aspecto se promociona la «autorregulación» del Merval (esto, en cuanto a penalizar, porque la «CNV» puede investigar a toda persona física, o jurídica, que intervenga en el mercado). Más allá surge la seducción, para muchos interesados que ven la ocasión de su vida, en lo que se refiere a que podrán ser agentes bursátiles, sin pertenecer a la entidad que los agrupa. Los funcionarios oficiales son los que más fe profesan en que a través de las nuevas normas el mercado crezca y se haga floreciente en todo tipo de negocios (hasta «comprar un jugador de fútbol», tal dijo el titular de CNV). No lo pueden asegurar, no hay modo de hacerlo, sólo expresar el deseo de que así sea. Imaginamos que tal profusión de artículos contendrá mucho más que los pocos lineamientos generales de que se habla. De lo contrario, era más práctico enmendar ciertos puntos actuales que propender a desarmarlo todo. Seguimos creyendo que negarse a cualquier objeción y querer que nada se toque contiene alto grado de riesgo, en especial al tratar con el delicado cristal de la oferta pública. Trataremos de ser «felices de corazón, cuando podamos ver para creer»...

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