19 de noviembre 2013 - 00:00

De la utopía populista al ajuste administrado

Enrique Szwach - Economista
Enrique Szwach - Economista
La economía argentina se enfrenta, nuevamente, con su típica crisis de sector externo.

Como siempre, estas crisis surgen de desconocer relaciones macroeconómicas elementales, o pretender que el voluntarismo político puede desafiar hasta la contabilidad más sencilla.

Me explico. Como en una familia, o una empresa, un país puede gastar más de lo que produce, en la medida en que tenga crédito o ahorros previos. Cuando llega a su límite de crédito, o se le acaban los ahorros, no tiene más remedio que "ajustarse" haciendo que el gasto crezca por debajo de su producción.

En el caso de un país, esta "regla de hierro" se refleja en la cuenta corriente del balance de pagos, es decir, en el intercambio del país con el resto del mundo.

Los países que tienen "crédito ilimitado" pueden sostener largamente déficits de cuenta corriente (gastar más de lo que producen internamente). Aquellos países que, en cambio, tienen crédito limitado, sólo pueden tener déficits de cuenta corriente transitoriamente. También existen algunos países que prefieren "ahorrar" el crédito que reciben, es decir, mantienen superávits de cuenta corriente, aún cuando podrían gastar más. (Para simplificar el "relato", y aun cuando sean conceptos distintos estructuralmente, incluyo en la definición de "crédito del resto del mundo", a la inversión extranjera directa -IED- y a la repatriación de capitales propios).

En este último grupo de países (los que ahorran "sin necesidad"), se destacan, aunque por razones diferentes, Alemania y China, cuyos superávits de cuenta corriente están cayendo, para suavizar el "sobreajuste" del resto del mundo. Recuérdese que, como el mundo es una economía "cerrada", los déficits de cuenta corriente de unos son los superávits de otros. Si los que tienen crédito "ahorran" sus excedentes, en lugar de invertir en los que no tienen crédito, estos últimos se ven obligados a ajustarse más de la cuenta.

Volviendo a la Argentina. La única manera de evitar crisis recurrentes del sector externo es que el gasto crezca por debajo de la producción, o que se consiga crédito. De lo contrario, se gastan los "ahorros" (reservas), hasta que se acaban y, en ese momento, se obliga a un ajuste violento, para bajar el gasto interno, al nivel de la producción.

Todo lo que acabo de contar no es "ideología", ni una visión "ortodoxa" de la economía; es una simple relación contable.

En todo caso, la discusión se traslada a la forma de lograr el equilibrio entre producción y gasto interno, en países con crédito limitado.

Algunos se enfocan por el "lado de la demanda", hay que evitar que el gasto interno crezca por encima de la producción de manera permanente. Otros se enfocan por el lado de la oferta: hay que hacer crecer fuerte la producción, vía inversiones y aumento de la productividad, de manera de permitir que el gasto crezca en forma sustentable, sin necesidad de recurrir permanentemente al crédito, dado que, cuando éste se corta, viene la crisis.

La Argentina post 2001 pudo hacer crecer la producción por encima del gasto interno, por un período largo. Contribuyeron a esta dinámica la "revolución productiva" del campo y la minería, en un contexto de precios internacionales muy favorables, y un punto de partida de fuerte capacidad ociosa del resto de los sectores productivos. Se pudo así, simultáneamente, hacer crecer la producción, y el gasto interno, y que "sobrara" para cancelar crédito y acumular reservas. Todos contentos.

Pero este extraordinario período de bonanza se fue extinguiendo también por varias razones. Por un lado, la capacidad ociosa se fue agotando, y no se generaron estímulos, por el lado de la oferta, para expandirla. Por el otro, el intento populista de "defender la mesa de los argentinos" terminó matando a la "gallina de los huevos de oro", al destruir los mercados agropecuarios y desincentivar la producción de minería y energía. Los precios internacionales dejaron de crecer, y la producción empezó a evolucionar, bien por debajo del gasto interno, en donde la explosión del gasto público resultó clave. Se pasó de superávit de cuenta corriente a déficit. Al mantener y profundizar esta dinámica, y peleados con el crédito internacional (en el sentido amplio que mencioné antes), el Gobierno se vio obligado, obviamente, a "desahorrar". Pero como las reservas son finitas, para que duren, sin cambiarles el precio, sólo puede racionarlas.

En otras palabras, para que el gasto interno pueda crecer permanentemente, la producción tiene que crecer por encima de dicho gasto, también permanentemente.

Lo que no se puede, y es aritmética no ideología, es hacer crecer el gasto por encima de la producción permanentemente y, en simultáneo, "romper la tarjeta de crédito", espantar la inversión, sostener precios relativos artificialmente distorsionados en contra de la producción y mantener constantes las reservas. Intentar esa utopía populista, a la que la sociedad argentina es adicta, lleva, como no puede ser de otra manera, al ajuste. En algún momento, el gasto tiene que crecer por debajo del ritmo de crecimiento de la producción.

Y ese "ajuste" se hace o bien racionando las reservas o bien haciendo caer el gasto interno medido en dólares. Es decir, limitando la demanda. Ésa fue la introducción de las restricciones cambiarias que dieron lugar a la moderada recesión de 2012 (porque se combinó con "desahorro de reservas"). Es decir, ajuste administrado, entre restricciones, y uso de las reservas. En 2013, gracias a una mejor cosecha, y dado el año electoral, se logró mantener la actividad, usando reservas. Pasadas las elecciones, la idea es acelerar la devaluación nominal (que caiga el gasto medido en dólares), profundizar restricciones y seguir administrando el ajuste.

Por supuesto que la intensidad del ajuste dependerá de los precios internacionales de nuestras exportaciones e importaciones. Del crédito que se consiga. Del manejo de corto plazo del sistema de precios. Y de cómo se distribuyan los costos entre los distintos sectores económicos, públicos y privados, en un entorno de debilidad política y conflictos sociales crecientes.

Dicen que la felicidad es como la niebla: cuando uno está dentro de ella no la ve. Las utopías populistas no se ven en el período "feliz", pero se hacen notar, y mucho, cuando explicitan sus fracasos.

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