En febrero de 1985 yo había pasado el fin de semana en Pinamar, volví el lunes al mediodía a Buenos Aires. Llego a mi despacho y mi secretaria me dice: «No sé qué pasa, pero el Presidente lo llamó siete veces». Lo llamo y me pide que vaya a Casa de Gobierno; allí me informa que le había pedido la renuncia a Bernardo (Grinspun). «Usted va a ser su reemplazante», me dijo. Mi sorpresa fue muy grande y mi reacción negativa, terminante. Nosotros no teníamos la certeza respecto de que pudiésemos estar a la altura de lo que el país necesitaba.
En otra charla con Alfonsín yo me mantuve muy firme en mi punto de vista. Había que terminar la conversación y yo le reiteré que no veía garantías para el éxito; él me contestó que tampoco las tenía. Y no pude más que responder: «Está bien, entendido, soy ministro de Economía».
Así empecé, por sorpresa. Ahí sí que se nos armó un problema grave. Yo asumí en febrero; empezó un período muy complicado, había que hacer algo. A principios de abril llegamos a la conclusión de que había una operación que podría reconstruir las posibilidades de crecimiento, que pasaba en primer lugar por contener el proceso inflacionario.
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