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De San Telmo a San Isidro
También con discursos y tangos que son para Antonio Cafiero música del alma, compartida con los que allí estaban y también evocando grandes ausentes con quienes -dijo «Katunga» Contursi- «recorrió las viejas calles por el tiempo transformadas, y entre piedras olvidadas se empapaba de arrabal».
Su barrio era así, por caso el Abasto, donde su abuelo Antonino obtuvo un puesto para la venta de frutos del país (igual que mi bisabuelo, el genovés Belisario Hueyo, fundador del Mercado Central en Barracas), fue lo que nos unió .
También se esforzó duramente en la formación académica de Ciencias Económicas, cumpliendo con el mandato paterno de «Mi hijo el doctor» en el marco de una vida -dijo Ángel Acuña de Ramón J. Cárcano al presentar su libro «Mis primeros 80 años»- «hecha en el trabajo y afecto familiar, en la actuación pública y en el retiro voluntario, en los honores del Gobierno como en las amarguras del infortunio».
Artistas
Pero volvamos al convite, en su casona de San Isidro, donde se apersonaron hombres y señoras de las más diversas extracciones del pensamiento, y también artistas populares como en su momento Adriana Varela, Jorge Dragone, Hugo Marcel y que fueran conducidos por su tocayo Antonio Carrizo, y el dueño de casa hace suyo el «estoy de fiesta, y en mí la orquesta, sonando está».
El remate obligado para el evento, después de intensas libaciones, fue la marcha partidaria (en la versión grabada de Hugo del Carril padre) que oí cantar en su momento a Mariano Grondona, que forzó a un compañero decirme; «al profesor hay que prestarle un machete con la letra».
También sus anécdotas vinculadas con esta melodía, surgidas del tiempo en que Antonio fue preso político durante la Revolución Libertadora. El atardecer era lúgubre en la Penitenciaría de Las Heras, y el ánimo de los detenidos caía a sus niveles más bajos. Ahí resonaba la voz de nuestro personaje exigiéndole al sucesor del «zorzal» esto: «Cantá, Huguito, cantá» e «ipso facto» se despachaba con alguno de sus éxitos, incluso la marcha.
Recuerdo una vivencia de la que fui partícipe: cerraba Carlos Menem su campaña por la reelección en Rosario en 1995 y hasta allí viajamos en avión.
Después de varios reportajes para la TV recalamos con dirigentes justicialistas de Santa Fe en una parrilla del Parque Independencia, próxima al hipódromo. Se armó una trifulca tremenda entre ellos y lo vi a Cafiero levantar las cejas, harto de la polémica y que concluyó intimándome: «Felipe: hablame de Florentino»... por el cantor de Troilo.
Bien se sabe que este bonaerense por adopción es un ícono del justicialismo; «ministro lactante» de Juan Perón a los 29 años y autor del libro (entre otros) «Mis diálogos con Evita», en tributo a la admiración que por ella sentía y últimamente «Militancia sin tiempo». También ocupó cargos de relevancia: diputado, senador, gobernador, embajador reiteradas veces y otros destinos importantes.
Elección
En lo que a mí hace rebobino la casona familiar en San Telmo donde su madre intentó vanamente enseñarle a cantar «O sole mio» y las canzonetas («grises de ausencia») entonadas por Enrico Caruso (napolitano) o su sucesor Beniamino Gigli.
Él escogió transitar la elocuencia en la acción política o académica. Porque, dijo José González Castillo, padre de Cátulo, su amigo y compañero, lo de Antonio es ser «más breve cien veces que el mar y que el viento, porque en todo él como un fuego son, el vino de Capri y el sol de Sorrento, que queman sus ojos y embriagan su voz».

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