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Deflación vs. inflación en EE.UU.: ¿estadísticas oficiales son confiables?
Ben Bernanke
A todo lo que se dice sobre este debate en la prensa especializada (que es bastante) queda agregar una cuestión que los analistas raramente mencionan: ¿cuál es la verdadera medida de la inflación del dólar? La confiabilidad de las estadísticas oficiales parece estar fuera de duda y la discusión se centraría en dilucidar cual será la evolución del índice de precios al consumidor (CPI for all urban consumers) que publica el Bureau of Labor Statistics (BLS), una agencia que depende del Ministerio de Trabajo de Estados Unidos (equivalente al INDEC). Según dice el BLS en su página web, el CPI es el «mejor indicador» para medir la evolución del costo de una canasta de bienes y servicios para un consumidor promedio a través del tiempo. Cabe aclarar que la Fed utiliza otro índice para medir la inflación (un deflactor del PBI para gastos de consumo personal del que se excluyen los alimentos y la energía), pero el CPI es el índice por el que ajustan los bonos del tesoro ajustables (TIPS). Además, es el índice con el que se indexa la parte más importante del gasto público.
Si nos concentramos entonces en el CPI, la inflación del dólar no existe, ya que en los últimos doce meses este índice ha aumentado menos del 1%. Otros índices sectoriales muestran una mayor aceleración de los precios. Por ejemplo, el CRB Raw Industrial Index que mide la evolución del precio de las materias primas aumentó un 3% el último año. Pero no tienen ni la difusión ni el impacto del CPI.
El problema, como siempre nos recuerda Juan Carlos de Pablo, es que las estadísticas son como los bikinis: lo que esconden es mucho más interesante que lo que muestran. La manipulación de los índices de precios al consumidor no es sólo una práctica desarrollada en estas latitudes. En los últimos treinta años, el CPI de Estados Unidos ha sido modificado en varias ocasiones. La última modificación importante fue hecha en 1996 las recomendaciones de una comisión de economistas liderada por Michael Boskin, quien fue asesor del primer presidente Bush. Esta comisión concluyó que el CPI sobrestimaba la inflación en casi un 1,1% y recomendó modificar la metodología de cálculo. Esta recomendación fue adoptada y así surgió un nuevo índice de precios al consumidor. Más allá de las disquisiciones técnicas que los justifican (entre ellas, el efecto sustitución ahora adoptado por el INDEC), estos cambios dieron como resultado un crecimiento menor del índice de precios. Las críticas surgieron casi de inmediato. Para los más cínicos fue simplemente una manera de frenar el crecimiento de los gastos de medicare, medicaid y seguridad social (que representan casi el 50% del gasto público total). Queda claro que en la situación actual, en que Estados Unidos enfrenta un déficit fiscal de casi un 10% de su PBI, ésta no es una consideración menor.
Como era de esperarse, el BLS niega la validez de las críticas. Y algunos economistas sostienen que, en realidad, el CPI actualmente sobrestima la inflación. Por ahora, la mayoría de los economistas parece seguir confiando en este índice como medida de la inflación. Pero algunos analistas de mercado muy respetados, entre ellos, Barry Ritholtz, argumentan que el CPI «ha sido un fraude durante años». Para quienes desconfían de las estadísticas oficiales, el economista John Williams (www.shadowstats.com) construye un CPI des-Boskinizado (idéntico al que publicaba el BLS en 1980) que actualmente muestra una inflación anual de alrededor del 7%. Además, el precio del oro, tradicional refugio de la inflación, sigue alcanzando precios récord y este año ha aumentado casi un 34%. ¿No será el oro el canario en la mina de carbón?
La Fed está repitiendo el mismo experimento que en 2002-2004 y por las mismas razones: evitar una deflación a la Japón. Aquel experimento terminó generando una burbuja inmobiliaria de proporciones históricas. ¿No estará ocurriendo lo mismo ahora? En China y en Brasil, y en los mercados de commodities y bonos es donde se perciben más indicios de burbujas especulativas. Uno pensaría que los funcionarios de la Fed y del Tesoro ya han aprendido la lección. Sin embargo, 2008 queda en la memoria como evidencia de sus limitaciones.
Los estudios empíricos sugieren que la política monetaria actúa con un lag (retraso) de 18 a 24 meses. Quizás los agoreros tienen razón y no porque hayan interpretado correctamente el calendario maya que predice el fin del mundo en 2012. Esta nueva inyección de liquidez masiva que estamos viendo (eufemísticamente llamada QE2) probablemente no tenga un final feliz. Bernanke camina sobre la cuerda floja. Para evitar que esta expansión monetaria desemboque en una mayor inflación deberá en algún momento no muy lejano volver a subir las tasas y restringir el crédito. Pero de ahora a 2014 los mercados de Estados Unidos y de Europa enfrentan una montaña de vencimientos («maturity wall») sin precedente de junk bonds, swaptions, deuda bancaria, etcétera. Habrá que ver cómo se refinancia toda esta deuda en un ciclo de tasas de interés alcista.


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