- ámbito
- Edición Impresa
¿Del pánico a la euforia? Manda aún el paso a paso
José Siaba Serrate - Economista
La radiación es dañina, sobre todo, para la salud de las acciones. Lo que no pudo el tsunami devastador lo consiguió Fukushima con sus peripecias: sembrar la zozobra antes de enterrar una sola persona. Así forzó a Wall Street a abandonar una pulseada tenaz y a aceptar el sino inevitable de una corrección hecha y derecha. En Japón provocó un hundimiento más profundo: el tajo de una caída de más del 20% desde los máximos previos cavó un abrupto mercado «bear» (bajista). Tan vertiginoso como fugaz. Los expertos tenían razón: la dosis tóxica no era letal. Y tras comprobarse, la obsesión se disipó rápido. Por lo que se supo después, la radiación contaminó agua y alimentos en Tokio, y otras seis prefecturas cercanas. En cambio, en las Bolsas, este viernes ya no quedaban rastros.
La mar no estaba serena mucho antes que temblara Japón. Y, por cierto, Fukushima no se arregló. La crisis árabe tampoco. Ni qué decir de Europa. Más aún, el inefable Trichet dejó constancias de que la suba de tasas del BCE no se suspende por lluvia ácida. China, de hecho, retomó el viernes su faena de endurecimiento monetario y ajustó en medio punto los encajes bancarios (tampoco la espanta el síndrome que lleva su nombre). Que los aviones franceses bombardeen Libia -al mando del general Sarkozy- recuerda que los senderos críticos tienden a entrecruzarse y que nunca hay que descartar la calamidad compuesta de una reacción en cadena.
Lo que no mata fortalece. De acuerdo. Pero primero, antes que nada, hay que sobrevivir a la experiencia. Y, por lo visto, el mundo se repite como en un cine en continuado. En el radar de las preocupaciones desciende Japón, pero regresan potenciados Libia y Bahréin. Y hay otras propuestas urticantes en lista de espera. No se vislumbra aún un horizonte despejado. Eso sí, los nubarrones son espesos, pero la borrasca es todavía más amenaza en ciernes que daño tangible. Japón, por supuesto, es la excepción. Pero, en ese caso, los destrozos son muy localizados, más allá de que la tensión fue global y legará una huella emocional.
La drástica intervención del G-7 en el mercado de monedas cortó un problema de raíz. La amenaza de un yen en alza exorbitante se descomprimió de cuajo. Nadie alegó guerra cambiaria, quizás porque el G-20 no fue consultado; quizás porque lo que se temía era peor, los ramalazos imprevisibles de un brusco cambio de portafolios. Ese frente de turbulencias se aclaró gracias a una contundente exhibición de liderazgo. La Fed también aportó lo suyo. No sólo porque ratificó la vigencia plena del QE2 hasta junio. Los 19 bancos principales bajo su órbita sortearon con éxito una nueva edición de exámenes de estrés. Y obtuvieron la autorización para retomar una política más agresiva de pagos a sus accionistas. Ni lerdos ni perezosos, el mismo viernes los bancos anunciaron el cambio de planes. No sólo aumentarán la distribución de dividendos, también la recompra de acciones. Si el rally despunta de nuevo, contará con la banca como mascarón de proa.
La clave para aspirar a un repunte accionario es sencilla: la recuperación de la economía mundial está intacta. Amenazada, con magullones por Japón y el encarecimiento del crudo, pero, en esencia, incólume. Las perspectivas se agitaron, es cierto, ante una extraordinaria sucesión de shocks (la mayoría, exógenos) y las Bolsas flamearon, pero no arriaron el pabellón. No tocarán la retirada a menos que surja lo que hoy falta: evidencias de averías serias. Encender los motores y escalar de nuevo exigirá un poco más: constancias de que la tasa de crecimiento no se verá afectada. Una revisión rápida arroja saldo satisfactorio: pese a Libia, el petróleo fluye, a un escalón de precios más alto, pero estable. No hay una limitación física: los inventarios de crudo son sustancialmente más elevados que en el promedio del último cuarto de siglo. Una inspección exhaustiva, por supuesto, demandará más tiempo. Las Bolsas, rara vez, la piden. Siempre se anticipan. No obstante, en un mundo que se ha convertido en la laguna de los cisnes, y donde ahora todos los cisnes son negros, no debiera extrañar que se prefiera refrenar la impaciencia y avanzar paso a paso.


Dejá tu comentario