• AUNQUE EL ESPECTÁCULO FUE IRREGULAR, SU GRAN PERSONAJE LO REDIMIÓ El astro francés se presentó en el Colón, ámbito de dimensiones inadecuadas. Otro punto oscuro fueron las malas traducciones en el sobretitulado.
Depardieu. Con menos años y peso corporal, el actor hizo en el cine un antológico “Cyrano de Bergerac” en 1990. En el Teatro Colón recreó ahora dos escenas, sin pérdida de calidad dramática.
En medio de uno de los picos de la larguísima polémica por la presencia de espectáculos "no académicos" en el Teatro Colón, Gérard Depardieu, el más grande actor francés de las últimas décadas, concretó su presentación en la sala en dos funciones el fin de semana pasado. Aunque el formato resultó adecuado para este ámbito, no lo fueron tanto las enormes dimensiones del teatro, ya que en la primera de estas funciones la gran parte de la sala permaneció vacía.
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La primera parte del espectáculo consistió en una serie de páginas teatrales intercaladas con obras de Chopin, que, aunque interpretadas de manera excelente por el pianista David Fray, no fueron más que un "entremés" y no mostraron en el planteo conexión alguna con los textos. Se trató más que nada de una forma de dar descanso al actor entre tres fragmentos de una intensidad y exigencia dramática tremendas. Desbalances en la amplificación y graves problemas, defectos de traducción y falta de sincronización en el sobretitulado fueron, junto con una iluminación demasiado tenue, algunos puntos flojos de esta primera sección.
Ayudado por dos "teleprompters" estratégicamente ubicados, Depardieu comenzó con el siempre actual monólogo del tercer acto de "Ruy Blas", el drama de Victor Hugo. Pero lo mejor vendría a continuación, con dos fragmentos del "Cyrano de Bergerac" de Edmond Rostand, papel que interpretara genialmente en el film de Jean-Paul Rappeneau, de 1990. Devueltos aquí al formato teatral, el llamado "monólogo de la nariz" (acto 1) y la escena final fueron la plataforma perfecta para que el actor mostrara no sólo hasta qué punto "es" Cyrano, sino para que brindara una exhibición magistral de lo mejor de su oficio. Entonaciones, pausas, cambios de registro (Depardieu actuó no sólo las líneas de su personaje sino las de los otros participantes en estas escenas), la musicalidad del verso por sobre todas las cosas y ese carisma y magnetismo que los años no han borrado hicieron de este momento del espectáculo una justificación de todo lo demás.
"El carnaval de los animales", la "gran fantasía zoológica" de Camille Saint-Saëns, ocupó toda la segunda parte. En un tono naturalmente menos solemne, sin ponerse por delante de la música ni de los músicos, Depardieu abordó con gracia y mesura los excelentes textos en verso de Francis Blanche, otra vez desmerecidos por una pésima traducción en el sobretitulado. Un ensamble conformado por jóvenes y maravillosos instrumentistas (David Fray, Emmanuel Christien, Federico Mouján, Mayumi Urgino, Ignacio Gobbi, Marina Arreseygor, Karen Sano, Gabriel Romer, Sebastián Tozzola y Joaquín Pérez) dio vida a la partitura con vuelo individual y buen trabajo de ensamble. "Insomnio", el texto de Borges anunciado en el programa como final de la primera parte junto con "Oblivion" de Piazzolla, fue leído por Depardieu como despedida de un público que compensó su magro número con una explosión de ese caudaloso y siempre agradecido "fervor de Buenos Aires".
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