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Desafío de lidiar con los incondicionales del tirano
Una camioneta en la que se trasladaban dos efectivos gadafistas arde en una ruta cercana a Sirte. En esa ciudad, bastión del exdictador, se librará la batalla final de la guerra civil libia.
Las decenas de miles de libios jubilosos que saludaron a los rebeldes en su marcha hacia la capital han atraído la mayor parte de la atención mediática, pero hay personas en la ciudad entre las cuales la sensación predominante es de ira por el éxito del levantamiento contra Gadafi, que llevaba 42 años en el poder.
«Ustedes, los medios, no cuentan la verdad, son todos traidores, espías», grita un taxista con la cara desfigurada por la cólera y sin importarle que cerca hubiera rebeldes armados y entusiastas.
«Han vendido nuestro país», grita otro hombre que se le une, antes de que un ruido ensordecedor llevara a los comerciantes de una calle concurrida a agacharse sobresaltados.
«Miren esto», grita el taxista, señalando a un joven rebelde al otro lado de la calle que había disparado una ametralladora antiaérea al aire. «A esto ha llegado nuestro país», agregó.
Por la calle todavía resuenan los disparos, la mayoría muestras de alegría por parte de los rebeldes, pero al parecer, hay algunas señales de enfrentamientos entre ellos y los seguidores de Gadafi.
En el barrio de Batata, un tendero lleva a este periodista a una esquina de la tienda, lejos de los clientes.
«Gadafi nos dio la mejor de las vidas. Vivíamos bien, podíamos ir donde quisiéramos. Ahora no podemos salir. Tengo amigos en el Ejército de Gadafi, y nunca se rendirán», dice el empleado de 20 años.
«Sólo Dios, Mahoma y Muamar», añadió, repitiendo un conocido lema pro Gadafi que los rebeldes han estado borrando y tapando con sus propias pintadas en los últimos días.
El apoyo del empleado es más matizado. «Antes, arrogante o no, con Gadafi no había muertes en las calles, no había armas. Ahora, después de la revolución, hay muertes, miedo. Ojalá estuviera aún aquí», indicó.
«Hay más partidarios de Gadafi que rebeldes aquí, pero no pueden actuar ahora mismo ya que no sabemos cuál va a ser el futuro. Están esperando a que Gadafi vuelva», agregó.
Recompensa
Se desconoce cuál es el paradero del antiguo hombre fuerte del país y el de su hijo y aparente heredero, Saif al-Islam, y los dirigentes rebeldes han ofrecido una recompensa de un millón de dólares por su captura.
El levantamiento contra el Gobierno autoritario de Gadafi comenzó en el este del país, una zona que tenía abandonada y en la que intentó aplastar la revuelta con tanques y cazabombarderos. Gadafi cuidó más su ciudad natal, Sirte, y la capital, donde muchos se beneficiaron de su generosidad.
Sirte todavía no está bajo control rebelde, y aún hay bolsones de resistencia en varias zonas más de Libia.
Jóvenes rebeldes armados, muchos procedentes de zonas pobres del país, controlan ahora Trípoli. Muchos de los que llevan son poco más que adolescentes.
En el barrio de Abu Salim, un conocido bastión de Gadafi en Trípoli cerca de su antigua fortaleza, el complejo de Bab al-Azizya, dos jóvenes van por las calles en un coche, deseosos de unirse a los rebeldes, pidiendo armas y ofreciéndose para un puesto de control con el que buscar a simpatizantes de Gadafi.
Pocos partidarios del antiguo régimen se atreven a decirlo abiertamente, y en la capital el ambiente es de sospecha y tensión. Muchos culpan de los ataques sobre los rebeldes a «una quinta columna» de simpatizantes secretos de Gadafi.
Un hombre, el empleado público de 40 años Habib Ghabri, dice a los jóvenes que buscan armas que antes deberían pedir permiso oficial, lo que termina haciendo que se marchen.
«Queremos que tanto la oposición como los rebeldes entreguen sus armas. ¿Por qué deberían llevar armas los ciudadanos ahora que Gadafi se fue?», pregunta.
Ghabri afirma que planea ir de casa en casa y pedir a la gente que entregue sus armas, dentro de un plan elaborado con las autoridades locales, pero el día anterior sólo había conseguido recoger dos rondas de mortero.
«Hay muchos simpatizantes de Gadafi aquí, pero cuando los rebeldes vinieron no los denunciamos. Son nuestros hermanos, nuestros vecinos», afirma. «Si no tiene un arma y apoya a Gadafi, ¿qué más da? Viví con ellos durante años», añadió.
Las autoridades provisionales han pedido a sus combatientes que eviten las venganzas, y en varios mensajes de texto dirigidos a móviles libios piden a sus compatriotas que traten a los simpatizantes de Gadafi con humanidad. Además, han ofrecido una amnistía a aquellos que entreguen sus armas.
Muchos de los simpatizantes más conocidos del régimen han huido. Algunas de sus casas están ahora vacías, saqueadas.
En una de ellas, una pintada dice: «Propiedad del pueblo, no del arrogante».
En otra, unos niños con una barra de metal destrozan los muebles, rompen las puertas y arrancan carteles de Gadafi. Documentos de identidad en la casa muestran que el dueño era un antiguo oficial.
Agencia Reuters


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