4 de enero 2010 - 00:00

Desafíos para una crisis que no terminó

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
El año 2009 vivimos en peligro, pero no fue -como presagiaba el derrumbe de Lehman Brothers- «Apocalypsis Now». A medida que las políticas públicas consiguieron tracción, el mundo logró recuperar la vertical. No hubo remake de la Gran Depresión. Ni corridas bancarias ni destrucción de la cantidad de dinero. La Gran Recesión fue una zambullida profunda, pero el vértigo sólo duró un semestre, repartido en partes iguales entre 2008 y 2009. Estabilizar el mercado monetario fue la clave para hacer pie (ya era un objetivo alcanzado en marzo), pero la política económica fue más ambiciosa y no cejó en su empeño hasta arrastrar la capitalización de los bancos fuera de una zona de peligro.

Las Tesorerías y los bancos centrales gastaron una fortuna para contener la crisis y gastarán otra para consolidar los avances pero, en el margen, nada más rentable que un par de trucos baratos que el secretario Tim Geithner extrajo de su galera. Los «exámenes de estrés» fueron un espaldarazo que recuperó la fe en la banca, aunque nadie podía pensar que el Gobierno se incendiaría a lo bonzo con un aplazo a mansalva. Trascartón, el anuncio de un programa masivo de compra de activos tóxicos -con generosos subsidios oficiales y riesgo acotado para los particulares- desactivó la principal sospecha sobre el futuro de la banca. Entiéndase bien: el plan PPIP de medio billón de dólares, salvo unos pocos miles, no se ejecutó. Los activos en cuestión permanecen inmovilizados. Pero la toxicidad de las expectativas, si vale la expresión, cayó a plomo. Y la revalorización que produjo a lo largo y ancho de todos los activos de riesgo aumentó las defensas y, a su manera, desintoxicó los patrimonios.

Se develó así el enigma de 2009: no hubo masacre y sí recuperación, despareja pero generalizada y ostensible. La economía y el comercio mundial echaron de nuevo a andar. Para las finanzas, el premio fue más suculento. Después de marzo, su cuantía rivalizó con el botín de «El golpe».

Si 2009 fue una bisagra, ¿qué esperar del año que comienza? Zhou Xiachouan, el titular del Banco del Pueblo de China, lo tiene claro. «Será un año crucial para derrotar la crisis financiera y para fortalecer la recuperación», escribió en un flamante mensaje de salutación. Que sirva de norte: ni las autoridades de Pekín cantan victoria aún -y, a decir verdad, no hay otra llanura donde los vientos de la reconstrucción soplen más vibrantes-. No basta con haber montado una bisagra, la faena no concluye si no se ajustan bien las fijaciones. De nada serviría si de un tirón se sueltan los remaches. Y sacudones habrá.

¿Ya pasó lo peor? Nadie ni siquiera lo pregunta, pero si la experiencia de la Gran Depresión y del estancamiento crónico de Japón oficia de guía, el peor error que se puede cometer sería darlo por sentado. Y, en consecuencia, apresurar a la política económica a dar vuelta la página. Hasta el citado Zhou -que, en su país, tiene motivos de sobra para refrenar la fortísima expansión del crédito bancario- se ocupó de enfatizar que la política monetaria permanecerá «moderadamente relajada». Nadie debe engañarse: la recuperación camina ágil, pero con muletas. Se asienta sobre el despliegue extraordinario de las políticas de aliento. Sobre todo, en la confianza de que si ocurre un percance imprevisto, las autoridades correrán con presteza para extender su red de protección. El anuncio de Navidad del Tesoro de los EE.UU. -que cubrirá toda pérdida patrimonial de Fannie Mae y Freddie Mac hasta 2012, no importa su monto- es curarse en salud.

Quizás 2010 no requiera genio, pero sí perseverancia. La crisis no paraliza, pero tampoco se retiró a cuarteles de invierno. Su corrosión, severa aunque subterránea, no concluyó. Todavía se destruye empleo y cuando comience a crearse, no alcanzará para abatir el aumento de la desocupación. Devolver la tasa de desempleo a los niveles previos de la crisis llevará años. También se cancela el crédito bancario y, peor aún, el crédito total que recibe el sector privado, cuando se suman todas sus fuentes. China, se sabe, es la única excepción a la regla. Ya se dijo antes, pero se repite: mientras el mercado laboral mejora en el margen, la caída del crédito se agrava. Ello no ha sido óbice, gracias al flujo de estímulo, para encender la recuperación -y, a esta altura del posoperatorio, su comportamiento tampoco es anormal-, pero deberá corregirse, sí o sí, para tener éxito en la transición a una genuina rehabilitación. Aquí compró Japón el pase al estancamiento prolongado cuando fracasó en los años noventa. Por último, la crisis tampoco finalizó en el terreno mismo donde se inició. El deterioro de la cobranza de hipotecas no se apacigua. Y esa es la principal causa detrás de la caída de los 140 bancos que se cargó 2009 en los EE.UU. Y lo será también de la poda similar que se espera este año.

Ésta es la agenda «crucial» de 2010. El problema estilizado es simple. La recuperación es una construcción que ganó altura antes de haber asentado los cimientos. Las políticas públicas son el puntal del edificio y -para preservarlo en pie- no deberían retirarse hasta que se logre una base robusta. El proceso es costoso en recursos y paciencia. Cuanto más se despega del suelo, más importan las expectativas. La misma arcilla maleable que permitió que la Bolsa pasara de la zozobra al éxtasis jugará este año un rol de mayor peso. El affaire Grecia ya avisó que se plantearán dudas sobre las deudas soberanas. El fantasma de la inflación, un convidado de piedra en 2009, se agitará de nuevo. Pero como lo decisivo es evitar una recaída, lo que habrá que manejar con pericia será la corrección de la suba rampante de los mercados, el reflujo inevitable que China ya pilotea desde agosto y que en el resto del mundo asomará antes que concluya el segundo trimestre. La agenda de 2010 (como la de 2008) acarrea una última dificultad adicional: las elecciones. Si el lema implícito fue «primero reparar y luego reformar», el descontento de los votantes empujará la sed de cambios. Tocará la hora, pues, de ensayar nuevos trucos baratos para calmar a las fieras y asegurarse de que la propia reforma no sea la fuente de nuevos daños.

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