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¿Desastre, trampa o la única opción posible?
«Es una absoluta catástrofe para Israel», afirmó ayer Avi Primor, ex embajador del Estado judío en Alemania. Según el diplomático, el movimiento radical Hamás, que controla la Franja de Gaza, es el principal beneficiado del fiasco en alta mar: «Ahora se presentan como los orgullosos defensores contra el enemigo israelí», opinó.
La reacción de los medios israelíes al incidente fue en cambio desigual. Algunos analistas consideraron justificado el asalto a los seis barcos que intentaban sortear el bloqueo de Gaza a pesar de las advertencias israelíes. Otros repudiaron la operación -en aguas internacionales- como una necedad militar y política sin visión de futuro.
En vista de las desastrosas consecuencias diplomáticas, en Israel se alzaron voces reclamando la renuncia del ministro de Defensa, Ehud Barak. «Ninguna escoba es suficientemente grande para barrer este desastre debajo de la alfombra», en opinión de un columnista del diario Yediot Ajronot.
Sin embargo, la solidaridad con los activistas propalestinos a bordo del barco turco Mavi Marmara es moderada. La mayoría de los israelíes considera que se trata de provocadores y colaboradores de Hamás, y que son ellos los responsables del derramamiento de sangre. «¿Por qué dio Israel a estos golpeadores justo lo que estaban buscando?», se preguntaba ayer un comentarista político.
El Ejército israelí esperaba, como en casos anteriores, algunos «empujones» de los activistas antes de controlar la situación. En cinco de las seis embarcaciones, el asalto se desarrolló con relativa tranquilidad. Pero en el Mavi Marmara las cosas fueron radicalmente diferentes: los activistas respondieron a la llegada de los soldados de élite que se deslizaban sobre la cubierta desde un helicóptero golpeándolos con sillas y barras de metal. Las imágenes filmadas por el Ejército muestran además a un soldado siendo arrojado cabeza abajo desde una cubierta superior a otra, varios metros abajo.
En Israel reina la impresión de que los soldados fueron enviados a un escenario muy complejo sin suficiente preparación ni equipamiento. «La trampa», tituló en letras rojas el Yediot Ajronot, el rotativo de mayor tirada en el país.
«Nos han enviado a la guerra con pistolas de juguete», se quejó un soldado que al principio intentó alejar a los activistas con un arma de bolas de pintura. Sólo cuando vio que su vida corría peligro disparó con el arma reglamentaria que llevaba cautelarmente atada a su espalda.
Esta versión es sin embargo desmentida por la organización Free Gaza. «Se trata de civiles», afirmó la organización, y resumió: «Las sillas y los palos no son nada comparados con armas de fuego».
Como es costumbre cuando la comunidad internacional critica las acciones de su Estado, muchos israelíes responden tras décadas de conflicto en la región con un obstinado espíritu de cuerpo. «¿Así que los turcos ya no quieren tener relaciones con nosotros? Que se vayan al infierno», afirma Jana Kaduri, una mujer de 55 años en Tel Aviv. «Deberían tratar de vivir aquí, para saber lo que se siente». Y con un ademán despreciativo concluyó: «De cualquier forma, todos están automáticamente contra nosotros».
Agencia DPA


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