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Desmiente la UIA que haya pedido devaluación en 2008
• Reclamó por una «política económica integral» y por el «desarrollo de la producción y el trabajo»
Héctor Méndez
Pese al descanso veraniego, que tiene a la mayoría de sus dirigentes fuera de Buenos Aires, la central fabril -con algo de retraso, es cierto- hizo saber su enojo por las afirmaciones del jefe del Palacio de Hacienda conocidas el fin de semana último, y sostuvo que «nunca pedimos una devaluación», al tiempo que declara que «el valor de la moneda tiene que ser definido en el marco de una política económica integral».
En su documento de ayer, la entidad le pide al Gobierno una política que tenga como objetivo «el desarrollo de la producción y el trabajo, asegurando condiciones de rentabilidad y el aumento del empleo decente»; parece obvio que la opinión de la actual conducción de la UIA es que el rumbo económico impuesto por los Kirchner iría en la dirección contraria a esos objetivos.
Si bien es un hecho que hay sectores dentro del empresariado argentino que no cesan de exigir restricciones al ingreso de productos importados (muchos de ellos con éxito, como los fabricantes de electrodomésticos o los textiles) también lo es pedir una devaluación en la Argentina porque representa el suicidio político o público de quien lo haga; sobre todo por la enorme brecha a favor de la Argentina que existe respecto de su principal socio comercial, Brasil. De hecho, casi todo lo que recuperó la economía argentina luego de la última crisis deber ser atribuido a la positiva influencia de la economía brasileña y a sus importaciones desde la Argentina. Por eso, parecería poco verosímil que, aun a puertas cerradas, la UIA haya exigido retocar la tasa de cambio del peso.
El comunicado de ayer fue producto de largas charlas telefónicas entre varias figuras clave de la UIA: su presidente Héctor Méndez, los vicepresidentes Luis Betnaza (Techint), Adrián Kaufmann Brea (Arcor) y el secretario José Ignacio de Mendiguren.
Los dirigentes que participaron en la elaboración del comunicado, además de ser miembros clave de la «mesa chica» de la entidad, representan a las dos corrientes en que tradicionalmente se dividió la UIA. Kaufmann Brea, por caso, seguramente recoge las recurrentes afirmaciones del «uno» de Arcor, Luis Pagani, quien viene repitiendo desde hace años que «si no podemos competir con Brasil a los actuales niveles cambiarios de los dos países, entonces no merecemos ser industriales».
Esa idea seguramente inspiró el párrafo del comunicado en el que se lee que «el tipo de cambio no es por sí solo la clave de la competitividad del sector productivo nacional. El tipo de cambio es una variable, desde ya importante, que debe considerarse en el marco de una visión de largo plazo y de una política económica integral que incluya definiciones de política monetaria, de ingresos, fiscal, de inversiones, comercial interna y externa, junto con políticas que promuevan la producción, la innovación, el desarrollo tecnológico, la infraestructura, entre otras cuestiones».
Las declaraciones de Boudou alteraron aún más la ya complicada relación entre la UIA y el Gobierno; los industriales habían escuchado de boca del ministro numerosas promesas en relación con la liquidación de derechos a la exportación, acceso al crédito subsidiado, ley de accidentes de trabajo y otras cuestiones que hacen a la agenda de la UIA. Fue a pocos días de que Boudou asumiera el cargo, en un almuerzo organizado en la sede de la central fabril.
Desde entonces, la única señal positiva que habían recibido los empresarios fue la comida en Olivos, en la que la Presidente, su esposo y casi todo el gabinete cenaron con unos 70 hombres de negocios. Allí, la promesa presidencial había sido lo suficientemente gaseosa como para no ilusionar a nadie, pero al menos -según varios de los asistentes con los que oportunamente charló este diario- se habían ido de la residencia con la posibilidad de un «cambio de aire» en el vínculo. Por ahora, según le dijeron ayer a este diario dos altos dirigentes de la UIA, las promesas no cuajaron en efectividades.
El documento se cierra con un pedido para que no se utilice «la política cambiaria como ancla del nivel de precios, evitando que se incuben inconsistencias que luego se manifiestan con saltos bruscos en el tipo de cambio nominal».


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