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Despentes: del “posporno” a una fábula de pasiones
Virginie Despentes: «‘Bye, Bye Blondie’ es más bien una fábula que una historia de lesbianas. Quise mostrar amablemente lo que nos queda de los 15 cuando llegamos a los 45».
Periodista: Sorprende lo bien que habla español.
Virginie Despentes: He vivido tres años en Barcelona, con la filósofa Beatriz Preciado. También quise aprender catalán, pero los catalanes no me hablaban. Solo hablan su lengua entre ellos.
P.: Usted es en gran parte autodidacta.
V.D.: Diría que no tengo la formación universitaria de la mayoría de las teóricas. Tampoco estudié cine. Yo había escrito una novela, «Baise-moi», y me cayó en las manos la posibilidad de hacer la película a medias con una amiga, Coraline Trinh Thi, actriz porno. Después, para enfrentar las discusiones que causó la obra, tuve que aprender a analizar y teorizar sobre lo que había hecho intuitivamente. Así también me picó el bichito del cine.
P.: Ahí entra el documental «Mutantes».
V.D.: Sí, un proyecto que venía con libro de ensayo, con reportajes a estudiosas norteamericanas y españolas alrededor del feminismo posporno. Lo hice como me gusta, con equipo muy chico y mucha dedicación en el montaje.
P.: Disculpe la ignorancia: ¿qué es el posporno?
V.D.: En la práctica, es una forma distinta, más amplia, de trabajar con imágenes sexuales los códigos clásicos del porno. Tiene un lado político, un punto de crítica a la típica codificación masculina y a los grupos feministas que rechazan el porno. Incluso se ha convertido en movimiento.
P.: Pero su nueva novela, y su película, van por otro lado.
V.D.: Si, «Bye, Bye Blondie» es más bien una fábula. Quise mostrar amablemente lo que nos queda de los 15 cuando llegamos a los 45. Los 15 son un momento mágico, trágico, intenso, y yo cuento a través de mis personajes cómo pude vivirlos, o sobrevivirlos.
P.: En la novela habla de una relación heterosexual que nace en la adolescencia y revive veinte años después. Pero en la película es una relación lésbica.
V.D.: Es que conseguí a la actriz Beatrice Dalle, y no me imaginaba un actor para ella. Entonces me surgió la idea vagamente perversa de reunir a las dos grandes mujeres que fueron íconos heteros de mi generación: Dalle, de «Betty Blue», y Emmanuelle Beart, de «Manon del manantial». Me divertía darles el arquetipo de pareja punkette-butch. Una vestida de cuero, pero con diseños Dior, y la otra con trajecitos Chanel. El personaje que hace Beart está muy bien instalado, pero no por disfrutar esa comodidad burguesa tiene más felicidad. Ella es una careta, supongo que como tantos que tuvimos éxito. No me pongo afuera. Además, el truco de esconder la tendencia lesbiana es muy común en Francia. No abro juicio, la que esconde tendrá sus buenas razones. Los homosexuales son más sinceros porque tienen más redes de contención.
P.: Cuénteme de las actrices que hacen la parte juvenil.
V.D.: Tuve muchísima suerte de trabajar con ellas. Clara Ponsot, que hace el papel de Beart joven, tiene mucha experiencia de teatro, formación muy clásica y sólida. Hubo candidatas que se parecían mucho más a Beart pero elegí a ella. Y Soko (Stephanie Sokolinski) es una cantante folk que hizo una película fantástica, «Allo Regina». El parecido con Dalle es algo vago, pero ambas tienen una energía similar. Dalle la tiene, se nota apenas aparece en una reunión. Beart, en cambio, en un grupo pasa inadvertida.
P.: A las chicas les toca la parte más dura. ¿Cuánto hay de realista y de autobiográfico en ella?
V.D.: A los 15 estuve internada, hasta los 23 fui punk. Los sentimientos son verdaderos. Llevaba una vida precaria, lejos de la calma, pero era feliz a mi manera. Pero, insisto, no es una película realista. El punk era más duro. Eramos intolerantes con los homosexuales, hubiera sido una utopía una pareja como la que muestro. Tampoco éramos tan mixtos. Cuanto mucho había una o dos mujeres por grupo. Se convivía bien, mejor que en la familia original, las punk eran comunidades de sustitución muy eficientes. Tengo buenos recuerdos, aunque también viví cosas muy fuertes. Muchísimos de mis amigos morían, muchísimos, por las drogas. Luego, algunos de los que quedamos vivos nos fuimos convirtiendo en personas normales.
P.: Ahora hay nuevas generaciones de punks.
V.D.: Hay muchísimos jóvenes en Francia y Bélgica. Cuando rodamos en Nancy, Bruselas, o Paris, y pedíamos extras, saltaban los punkies auténticos, no los disfrazados. Ellos me conocen, cosa que veo muy simpática. Lo único que debimos hacer con ellos fue esconder tatuajes y piercings, que entonces no se usaban. Del resto no he tenido que cambiar mucho.
P.: ¿Y lo del hospital psiquiátrico?
V.D.: Lo hicimos en Lisieux, Bélgica. Lo curioso de esas escenas es la simpatía que muestran enfermeros y médicos. Resulta violento que una chica esté a los gritos y ellos mantengan la sonrisa. Pero recuerdo que se bancaban todo, aunque les hiciéramos la vida imposible. Esas cosas se aprecian cuando una va creciendo. ¿Sabe? Me ha sorprendido la prohibición francesa de mi película para menores de 12 años.
P.: Hay punkies peleándose a gusto entre ellos y con la policía, gritos terribles, escenas lésbicas.
V.D.: Pero no se ve nada terriblemente fuerte. Yo conozco las reacciones de los chicos, tengo lectores de 11 y 12 años, y me parece una buena película, sobre todo para los chicos a los que llaman mariquitas. Es una película romántica. Y por otro lado, les dice que un día van a poder superar las crisis nerviosas de adolescencia, y vivir en calma.
Entrevista de Paraná Sendrós


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