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Diálogos en Wall Street
Periodista: ¿Comienza un nuevo capítulo de la crisis? ¿Estamos en la antesala de un giro trascendente?
Gordon Gekko: Si se refiere al rebote de la Bolsa, le diría que no se deje ganar por el entusiasmo del momento. Las cotizaciones son materia siempre volátil. Y la vorágine de las noticias les aflojó las riendas. Ya no fluyen en una única dirección; ya no apuntan invariablemente a la baja.
P.: Hay atisbos de una mejoría.
G.G.: La economía todavía se hunde -no se equivoque- pero más despacio.
P.: Sin embargo, amanece, que no es poco.
G.G.: No diría tanto. Se observan intentos de hacer pie, pero son leves y demasiado aislados como para conformar un dique de contención confiable.
P.: No son suficientes para contener la crisis.
G.G.: Ni mucho menos tuercen el rumbo. La economía, en marzo, volverá a destruir más de medio millón de puestos de trabajo. Hecha esa salvedad, sí hay señales creíbles de que se frena la etapa de caída libre. Tenemos evidencias de recuperación, en frentes diversos, después de una devastación furibunda. Es alentador detectar repuntes, en simultáneo, en las ventas de casas usadas; en la refinanciación de hipotecas, en las órdenes de bienes durables, tanto de defensa como de uso civil; en las ventas minoristas (por dos meses consecutivos) y un principio de digestión de inventarios. En un terreno más dudoso, hasta se registra un pequeño aumento en los precios de la vivienda usada que compila la agencia federal de financiamiento, la FHFA.
P.: No lo sabía.
G.G.: En su medición, advierten un incremento del 1,7% a lo largo de enero.
P.: Son los únicos que no hablan de una caída de precios. ¿Cómo saber quién está en lo cierto?
G.G.: No lo sabrá nunca a tiempo. Pero cuando impera una bonanza o una debacle, todas las mediciones disponibles comparten el mismo signo, sin importar la metodología ni la muestra escogida. Que se quiebre la unanimidad de las lecturas sugiere que la baja de precios se modera.
P.: Mi comentario inicial era menos auspicioso. Habrá notado cómo se instaló, y brotó de la nada, un escepticismo espeso sobre la suerte del dólar. Y otro tanto ocurre con los bonos del Tesoro. ¿Empieza a terciar la duda sobre la capacidad de los gobiernos -en especial, de los EE.UU.- para resolver la crisis sin recaer en el descontrol monetario?
G.G.: No brotó de la nada. China instaló los dos interrogantes. El premier Wen Jiabao, el principal inversor en bonos del Tesoro de los EE.UU., expuso a viva voz su preocupación por su cartera de títulos. Trascartón, el gobernador del banco central chino fue quien planteó la necesidad de reemplazar al dólar como moneda internacional de liquidez.
P.: Es curioso, siendo los chinos gente de bajo perfil.
G.G.: Así es. Comprenderá, además, que China carece de grados de libertad. No puede desertar de sus enormes posiciones sin autopropinarse una tremenda destrucción de su patrimonio. Lo que más debe preocuparlos de su situación es, de hecho, su limitada movilidad.
P.: ¿Cuál es el propósito, entonces, de hacer olas?
G.G.: Tiendo a pensar que son los roces que genera acordar la agenda para la Cumbre de Londres del G-20. Y como toda crisis es una oportunidad -según un viejo proverbio chino-, estarán tratando de llevar agua para su molino.
P.: China pudo encender la mecha y llamar la atención. Pero el motivo de preocupación tiene más que ver con la batería reciente de medidas de política económica. Los anuncios de fuerte expansión de la cantidad de dinero. Las compras de bonos del Tesoro con emisión. O, inclusive, el plan de Geithner para retirar los activos tóxicos de la banca. Se duda de la capacidad de financiar tamaño esfuerzo sin provocar un desborde inflacionario.
G.G.: Hay anuncios que producen escalofríos. Cuando uno suma la magnitud de los distintos programas de asistencia
-que, por lo general, se estiman insuficientes-, es obvio que las necesidades de recursos son siderales. ¿Conoce otro camino para resolver una crisis deflacionaria galopante? Habría que tomarlo. Pero si no lo conoce, no se aparte. Después de todo, la Gran Depresión no terminó en la Gran Inflación. La crisis japonesa no arrasó con la estabilidad de precios a pesar del enorme crecimiento de la deuda pública que generó. El Banco de Japón se propuso una tasa positiva de inflación, pero le llevó una década rasguñar el objetivo.
P.: No teme que se imponga la percepción de que la inflación se saldrá de cauce y que los bancos centrales no querrán o no podrán domesticarla.
G.G.: Los bancos centrales están tratando de convencer a la gente de que no habrá una caída sostenida del índice de precios. Pero la gente no les cree. ¿Por qué, si no, atesoran dinero y títulos del Tesoro y recortaron sus compras de bienes y servicios? En un escenario de inflación en ascenso, tendríamos demanda excedente de bienes y no una oferta en demasía. Sobraría dinero y títulos del Tesoro y asistiríamos a una suba vertical de las tasas de interés. Lo que no se verifica. Y la percepción del problema crediticio sería más benigna: no se olvide que se trata de una deuda nominal garantizada por activos reales, como son los inmuebles. Si la inflación está próxima a desbordarse, ¿qué apuro hay para malvender hoy la vivienda?
P.: Quiere decir que no le teme. Hasta cierto punto habría que propiciar esa visión negativa sobre la inflación.
G.G.: Vimos a principios de la crisis, hasta julio del año pasado, cuando el petróleo llegó a 147 dólares el barril, que una visión muy sesgada de la inflación (en rigor, en el fondo, era sólo un cambio de precios relativos a favor de los commodities) tiene sus bemoles. Creo que instalar una expectativa de inflación del 2% sería favorable. Pero el diablo está en los detalles: lo difícil es graduarla con precisión. El mundo actual no sabe de sutilezas. Cruza de vereda sin esperar explicación. Así pasó sin solución de continuidad del barril a 147 dólares a otro de 35 dólares en un santiamén. Y esos barquinazos son nefastos.


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