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Diálogos en Wall Street
Periodista: La reunión del Grupo de los 20 tomó una estatura impensada. ¿Da para tanto? ¿No es, acaso, un muñeco de nieve que de repente cobró vida propia?
Gordon Gekko: Es el milagro de la política. Un observador distraído podría pensar que la suerte del mundo está en manos del G-20.
P.: No lo estuvo nunca pero ¿lo está ahora?
G.G.: La respuesta breve es no. Pero también es verdad que el horno no está para bollos. ¿Para qué agregar otro dolor de cabeza?
P.: Esto incorpora una complicación novedosa. La Cumbre de Londres puede fracasar y tornarse relevante. Puede convertirse en un misil disparado a la confianza.
G.G.: No es novedad. La situación es un «déjà vu» de la Conferencia de Londres de 1933.
P.: Convocada por la Liga de las Naciones para que la comunidad internacional le hiciera frente común a la Gran Depresión.
G.G.: Aquella vez no eran 20 países, sino más de 60. Pero la coyuntura es un calco. Inclusive se puede reconocer el mismo patrón de discrepancias. Europa quería regresar a las fuentes, fijar tipos de cambio y volver a las finanzas ortodoxas. Estados Unidos se negaba a ceder su autonomía y, sobre todo, a comprometer la estrategia de estímulo del New Deal.
P.: Si no me equivoco,
fue el propio presidente Roosevelt el que torpedeó la cumbre.
G.G.: Está en lo cierto. Fue un golpe durísimo no sólo a los esfuerzos de cooperación internacional, sino a la confianza mutua.
P.: No me imagino a Barack Obama jugando ese papel. Pero hubiera sido un sayo a medida para su predecesor, George Bush Jr.
G.G.: En esa ocasión, Roosevelt no asistió dado que la concurrencia al cónclave era una mélange de funcionarios de distinto rango. Roosevelt jugó a dos puntas y tomó distancia. Cuando vio que la agenda se apartaba de sus intereses, golpeó seco y por telégrafo. Es muy distinto del contacto personal que veremos esta semana.
P.: Después de preparativos muy intensos, uno piensa que la reunión debería ser sólo una formalidad. Tiene que existir ya un acuerdo de mínima.
G.G.: Es lo que sugiere el sentido común. Así se resolvió, dos semanas atrás, la minicumbre de ministros de Finanzas y presidentes de bancos centrales del grupo.
P.: Sin embargo, en el ínterin, lo que se oyó fueron voces muy discordantes y posiciones difíciles de conciliar.
G.G.: La razón de ser del G-20 no es arreglar el mundo. Es evitar que la catástrofe se profundice más allá de lo inevitable. Es un objetivo más modesto, pero importante.
P.: Desalentar el «sálvese quien pueda». O sea, impedir que gane paso la solución instintiva de empobrecer o perjudicar al vecino.
G.G.: Esta es la lección primordial que dejó la Gran Depresión. Si la Conferencia de Londres de 1933 sirve de guía, su mensaje es cristalino. Hay que trabajar sobre la agenda que tiene consenso. Y dejar los temas ríspidos afuera para ser resueltos, si fuese necesario, en el plano bilateral o en el marco más afiatado (y reservado) del G-7.
P.: Hay países que no forman parte del G-7 y que ven la Cumbre como una oportunidad única de hacer escuchar su voz ante una audiencia mundial.
G.G.: Sin embargo, no se engañe, las declaraciones más estruendosas, si bien usan la plataforma internacional, son para consumo local. Cuando Roosevelt hundió la Conferencia de 1933 también se basó en el apoyo popular a su decisión de ruptura.
P.: ¿Se refiere a la demanda china de reformar el sistema monetario internacional? Pocas propuestas más audaces que reemplazar la hegemonía del dólar por los derechos especiales de giro (DEG).
G.G.: Seguro. Esto, se dará cuenta, no es algo que se pueda resolver esta semana en Londres.
P.: Ni en un par de años.
G.G.: Usted, sin embargo, necesita mostrarle a su audiencia nativa que está jugando un papel importante. Que no permanece de brazos cruzados y, si se puede, que hace oír sus quejas y reclamos; que consigue que se atiendan sus iniciativas.
P.: No dijo recién que la propuesta china es de cumplimiento imposible en un horizonte cercano.
G.G.: Es así. Y es una ventaja: nadie puede juzgar el éxito de una reunión a partir de esa vara inalcanzable. Pero puede medir los supuestos avances. Y lo que sí es inevitable es que se relance el rol de los organismos multilaterales. Que es parte de lo que China pide. El Fondo Monetario Internacional, en los hechos, ya resucitó. Lo que la Cumbre debería anunciar es la manera en que se lo va a dotar de mayores recursos.
P.: Su capacidad prestable actual -que no va más allá de los 250 mil millones de dólares- es muy pequeña como para que la participación del FMI marque una diferencia significativa.
G.G.: No veo obstáculos para que se la triplique. Y, en ese sentido, el mensaje reivindicará una de las posturas que más agitan los países emergentes. Será todo un éxito. Útil para consumo doméstico. Mientras el G-20 permita el lucimiento individual y modere la agenda negativa (la erección por doquier de barreras comerciales y financieras, y las devaluaciones competitivas) estará cumpliendo su papel.
P.: Supongo que China descuenta que habrá una nueva asignación de DEG.
G.G.: Eso pienso yo también. Es una jugada maestra. La realidad dura no cambia, el dólar no desaparece, pero usted puede mostrar que abrió un camino, tal como lo planteó, para una mayor «utilización» de los DEG.
P.: Esto no asegura para nada que el desenlace final sea la reforma monetaria internacional.
G.G.: Todos lo sabemos. Es irrelevante. Pero no es un mal resultado para mostrar como saldo de la Cumbre. Y no pase por alto que lo más impactante de la propuesta china es la moción de ceder una fracción de las reser-
vas de cada país para conformar un «pool» de activos internacionales a ser manejadas por el FMI.
P.: Los chinos podrían aprovechar la ocasión para dar la puntada inicial.
G.G.: No me sorprendería. Y le estarían señalando a su gente -castigada por un pérdida de empleos que se estima en torno a los 20 millones- que el país aprovecha la crisis para ganar respeto e influencia en el contexto mundial. En tiempos de estrecheces, es una compensación modesta, pero no desdeñable.


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