19 de mayo 2009 - 00:21

Diálogos en Wall Street

El especialista en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko, el banquero de la película «Wall Street» de Oliver Stone, explica por qué en Europa no harán los «stress tests» como en Estados Unidos.

Periodista: Europa impresiona. La erosión de la crisis económica es mucho más profunda de lo que se creía.

Gordon Gekko: Con ribetes de verdadera devastación en Europa Central.

P.: Sin embargo, los mercados de capitales ya no acusan recibo. Participan del rally global, de la expectativa de que pasó lo peor. Si las señales de mejoría ocurren en los EE.UU., ¿será tan fácil acoplarse?

G.G.: No es sólo en los EE.UU. También hay signos de distensión en Europa. Sin ir más lejos, el último informe del Banco de Inglaterra es, por primera vez, bastante alentador. No teme arriesgar el pronóstico de que, quizás, ya se tocó fondo.

P.: Pero Gran Bretaña se benefició de una política monetaria más agresiva que la que implementó el Banco Central Europeo (BCE) en el continente.

G.G.: Pienso que la fortísima depreciación de la libra también ayudará a agilizar la recuperación en las islas. Sin embargo, si uno mide el impacto de la crisis, los últimos doce meses, verá que Gran Bretaña se contrajo un 4,1% y la Eurozona, un 4,6%. No son shocks de magnitud muy diferente. Todo sugiere que los elementos comunes tienen gravitación decisiva.

P.: Alemania se llevó mucha peor parte. Cayó un 6,9%. Contrasta con el aterrizaje de Francia.

G.G.: Es tres veces más violento.

P.: ¿Cómo explicarlo?

G.G.: El ministro francés de Economía, Patrick Devedjian, se atribuyó el mérito. Dijo que Francia desplegó su programa de estímulo fiscal -el llamado plan de recuperación- con mayor rapidez que sus pares. Según el funcionario, les sacó cuatro meses de ventaja a los demás países del área.

P.: Dejemos la modestia de lado. ¿Qué tan potente era el programa fiscal francés? No lo tenía registrado como un arma demasiado poderosa.

G.G.: Sólo 26 mil millones de euros. Lo que Devedjian alega es que ya se desembolsaron 10 mil millones. Una tasa de ejecución, por cierto, muy elevada. La razón no es muy distinta de la que llevó a China a ser el primer país en conseguir que efectivamente aumente el crédito bancario.

P.: La inserción, previa a la crisis, del Estado en el funcionamiento de la economía. Lubrica la capacidad de respuesta.

G.G.: En este caso, el Gobierno activó los planes de obras ya en carpeta, aquellos que podían ponerse en práctica con celeridad. Pero, intuyo, lo importante habrá sido el acompañamiento de toda una economía empresaria en la que el Estado tiene injerencia decisiva. Eso no se computa en el plan de recuperación pero, de seguro, se movilizó en consonancia.

P.: La política fiscal se resuelve a nivel nacional en la Eurozona, pero está acotada por las limitaciones que impone Maastricht. La política monetaria se cocina en Francfort y es una para todos. Pero avanza a ritmo de tortuga. No puede sortear las diferencias de criterio sin agotar los tiempos en larguísimos debates. ¿Qué más se puede hacer?

G.G.: Peer Steinbrueck, el ministro teutón de finanzas, criticó duramente al FMI, el año pasado, porque sugirió la posibilidad de que Alemania sufriera una leve desaceleración. Ya vio los números. No hay antídoto que valga contra la falta de visión.

P.: Cuando comenzó la crisis, Alemania estaba en una posición que parecía de privilegio. Lejos de haber experimentado la desmesura de una bonanza inmobiliaria. A cubierto de las tribulaciones de Irlanda o del Club Med (siempre entremezcladas con la deuda pública excesiva). Se entendía su postura aunque más no fuera desde la lógica estrecha de su interés particular.

G.G.: Mire que los primeros bancos internacionales en cantar «hundido» por culpa de las hipotecas subprime fueron instituciones alemanas. Recuerde Rhineland Funding, el vehículo irlandés de inversión que manejaba el banco IKB. Y, trascartón, el vuelco de Sachsen Landesbank. No se tardó en saber que la banca germana tenía una mochila hipotecaria sobrecargada.

P.: ¿Cómo entender la postura actual cuando está muy claro que la crisis le cobró un peaje gravoso a Alemania?

G.G.: Con dificultad. El enfoque cambió, pero con enorme tardanza. El BCE, finalmente, recortó las tasas a un piso. Se embanderó en la estrategia de relajamiento cuantitativo y comprará bonos hipotecarios en el mercado. ¿Por qué no hacerlo antes? Escúchelo a Axel Weber y se dará cuenta de que es el genoma extremadamente conservador del Bundesbank.

P.: Los bancos de los EE.UU. fueron mucho más expeditivos que los europeos a la hora de barrer activos tóxicos. ¿Cuál será la propuesta en Europa?

G.G.: Usted pone el dedo en la llaga. Las circunstancias son muy delicadas. Alemania propuso la creación de un banco malo para descargar la mercadería tóxica y amortizar los quebrantos a lo largo de veinte años. Es un enfoque de participación voluntaria donde a cambio de obtener financiación pública se comprometen las utilidades de hasta dos décadas. No está claro que los accionistas, de motu proprio, compren la idea. Y el limbo actual podría prolongarse. No pase por alto que, en Europa, aparte de la mercadería tóxica de origen EE.UU. hay una cosecha inmobiliaria autóctona de gran importancia. En buena medida, entregada por bancos irlandeses, españoles y de los Países Bajos como colateral al propio BCE. Y también una gran exposición a las vicisitudes de Europa Central y los países bálticos (que no tienen por qué cesar cuando termine la crisis internacional). El criterio hasta ahora es manejar la situación con discreción. Promover asistencias específicas caso a caso. Así, la semana pasada, el Gobierno belga le extendió garantías por 22 mil millones de euros al banco KBC tras difundir un quebranto de 3.600 millones en el primer trimestre. Es por razones obvias que no habrá exámenes europeos de estrés. Nadie querrá lavar la ropa sucia fuera de casa.

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