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Diálogos en Wall Street
El periodista dialogó con el experto en mercados mundiales personificado como Gordon Gekko, de la película «Wall Street», sobre el derrumbe de ayer y opinó que son señales de que aún coexisten los problemas en la economía estadounidense previos a la crisis. Considera que no vendría nada mal una corrección.
Gordon Gekko: Las dos cosas juntas. Como si fueran las dos caras de una misma moneda.
P.: Hubo que tomar altura primero. Acciones, divisas, materias primas, mercados emergentes; todos buscaron nuevas cumbres con entusiasmo, para ahora zambullirse desde allí. ¿Cómo se explica?
G.G.: Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe.
P.: ¿Cómo es eso?
G.G.: Tres veces intentó el Dow Jones ir más allá de los 10.100 puntos y otras tantas se frustró. Y no logró tampoco encajar un cierre semanal por encima de los 10.000.
P.: ¿Se acabó el rally? ¿Por cansancio, como quien sucumbe a tiro de la cima del Everest y no se guardó resto físico?
G.G.: No creo. Pero, de momento, es un alto en el camino.
P.: ¿Lo ve grave?
G.G.: El cuchillo no va a llegar al hueso, no va a alterar la tendencia de fondo, pero hay muchísima grasa que se puede cortar.
P.: ¿Y qué se va a cortar?
G.G.: Veo un rebalanceo de las posiciones más agresivas; aquellas tomadas de apuro, las últimas semanas, paradójicamente ante el temor de perder el tren.
P.: Tanto hablar de burbujas y el dólar pinchó el globo.
G.G.: Un rally basado en la declinación incesante del dólar tiene, por fuerza, alcances limitados.
P.: Entonces, si el rally no terminó, tampoco le queda mucha cuerda.
G.G.: Deberá cambiar de motivación. No resultará difícil. Cuando la suba de las acciones comenzó en marzo, el propulsor fueron las expectativas de recuperación de la economía. Mañana, serán las ganancias de las compañías, o cualquier otro tema. El tipo de cambio es sólo un precio relativo, tantos dólares por euro, no se lo puede estirar indefinidamente. Y el dólar no va a desaparecer: uno no se puede montar en su debilidad y pensar, a esta altura, que va a galopar muy lejos.
P.: Ni el dólar va a desaparecer ni dejará de ser el eje del sistema monetario, ¿o me equivoco?
G.G.: Está en lo correcto. Y si se equivoca, llevará muchos años descubrirlo. Da lo mismo. No es nada que defina la coyuntura.
P.: Usted pensaba en la posibilidad de una intervención conjunta en el mercado de cambios. O, por lo menos, bajo el ala del Grupo de los 7. Que ni Japón ni Europa aceptarían una fragilidad extrema del dólar.
G.G.: Ese fue el mensaje entrelíneas del propio G-7 en Estambul. Yo me limité a acusar recibo.
P.: Los mercados no lo leyeron así. O no lo creyeron viable. Sin embargo, no hizo falta ejecutarla.
G.G.: No la torearon demasiado. Empujaron mucho menos que el año pasado, cuando el dólar bordeó 1,60 frente al euro. Los alaridos de Europa -sobre todo, los provenientes de Francia- fueron muy audibles como para pasarlos por alto.
P.: Y el Banco Central Europeo también se involucró. Con declaraciones de su propio titular, Jean-Claude Trichet.
G.G.: Así fue. Trichet habló en nombre del consejo de gobierno del BCE. Y recalcó que la preocupación era compartida a ambos lados del Atlántico. Por lo visto, alcanzó, una vez más, con la retórica. Lo que no significa, a mi juicio, que la amenaza fuera un «bluff».
P.: Cuando el oro quebró la marca de los 1.030 dólares la onza, los mercados se lanzaron a la suba y trazaron esta última pierna alcista que ahora tambalea.
G.G.: Fue una señal, como una antorcha, que iluminó el camino. Los precios de las materias primas, por ejemplo, hacía tres meses que estaban planchados. El embate del oro los puso de nuevo en acción.
P.: Todo lo que el oro avanzó lo está devolviendo deprisa. Ya cotiza en 1.031. ¿Cuál es el mensaje? ¿Toca el clarín de la retirada?
G.G.: La debilidad del dólar es la contrapartida de negocios de arbitraje. El dólar es la moneda que permite financiarse a más bajo costo. Contra ese fondeo, se montaron carteras de los activos de riesgo en boga. Desde divisas y materias primas hasta bonos y acciones de todo el mundo.
P.: Los llamados «carry trades».
G.G.: Tal cual.
P.: Ese andamiaje es lo que ahora se desarma de urgencia.
G.G.: Es un efecto tijera. Caen, a la vez, las cotizaciones de los activos y sube el dólar (o sea, el valor de los pasivos). Las dos hojas llevan filo y ello fuerza a desmontar posiciones. O sea, el proceso se realimenta con más oferta de activos de riesgo y más demanda de dólares.
P.: Es una película que ya vimos. Con final poco feliz.
G.G.: Si se refiere a la crisis, aquello era un largometraje. Esto es apenas un corto. Puede meter mucho ruido pero su dimensión es reducida.
P.: Finalmente, tenemos la mesa servida para la tan mentada corrección. La Bolsa quebró el soporte de las medidas de corto plazo, las acciones financieras lideran la baja y, tras los números de ventas de casas nuevas, quizá también se filtre una visión más sombría de los avatares económicos.
G.G.: Wall Street trepó un 65% desde los mínimos de marzo hasta los máximos de la semana pasada. Como una exhalación. Debería ya haber intercalado una corrección y, si bien no faltaron las ocasiones propicias, no tuvo el empeño. Le faltó interés. Digamos que hay un mes hasta el Día de Acción de Gracias como para decantar un mejor trasfondo y depurar las manos flojas, antes de ensayar otro embate al alza.
P.: No suena tan negativo.
G.G.: Créame que no vendría mal una corrección. Sobre todo, si nos ahorra el mal trago de lo que parecía la alternativa: tener que afrontarla igual, pero después de una crisis cambiaria.


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