20 de julio 2010 - 00:00

Diálogos en Wall Street

El Fondo Monetario quiere tener más munición para enfrentar la crisis. Pretende aumentar su capacidad prestable de 750 mil millones de dólares a 1 billón. ¿Un anticipo de nuevos nubarrones? Para el experto en mercados internacionales que se mimetiza con la figura de Gordon Gekko, el FMI no abona la tesis de la recaída en la recesión y elevó sus pronósticos de crecimiento global, pero quiere restablecer sus márgenes de maniobra. La grave crisis europea, un acontecimiento fuera de lo planeado, le absorbió poder de fuego y se busca una recomposición bajo el patrocinio del G-20.

Periodista: Las noticias económicas no son buenas. La recuperación pierde el aliento.

Gordon Gekko:
El aliento propio y el que le daban los gobiernos. Y como el discurso de la austeridad se impone, deberá recomponerse por las suyas.

P.: Con un horizonte más sombrío por delante, ¿cómo interpretar las versiones que refieren la intención del Fondo Monetario Internacional de aumentar su capacidad prestable? Se habla de pasar de los actuales 750 mil millones de dólares a un billón. ¿También el FMI abre el paraguas?

G.G.:
No es la línea oficial. El Fondo elevó su pronóstico de crecimiento global del 4,2% para 2010 al 4,6%. Y mantuvo la estimación del 4,3% para el año próximo.

P.: El Fondo no cree en el «double dip», no avizora un traspié que nos sumerja de nuevo en una recesión mundial.

G.G.
: La semana pasada, su director gerente, Dominique Strauss-Kahn, aseguró que veía pocas chances de un retroceso. Es evidente el enfriamiento en los países desarrollados, señaló, pero la fortaleza de Asia y América Latina hacen remotas las probabilidades de una recaída en la recesión.

P.: Pese a todo, tiene la voluntad de reforzar su capacidad de asistencia. Se dice que Corea del Sur, que actualmente preside el G-20, empujará la iniciativa para que se apruebe en la próxima reunión presidencial en noviembre.

G.G.:
Eso es perfectamente creíble. Así se hizo la última vez, bajo la inspiración británica. Lamentablemente, a las aspiraciones políticas de Gordon Brown les sirvió de muy poco.

P.: Sería una ampliación «por si acaso».

G.G.:
No. Sería una recomposición de sus márgenes de maniobra. La cifra es inferior al aumento de los compromisos asumidos con Europa como consecuencia de la crisis de la deuda pública. Sólo para cubrir su eventual participación pari passu con la Facilidad Europea de Estabilización Financiera (EFSF), el FMI debería disponer de 250 mil millones de euros.

P.: O sea, unos 300/325 mil millones de dólares.

G.G.:
No olvide la intervención del FMI en el paquete de rescate a Grecia.

P.: Y aquí el compromiso no es sólo de palabra. El Fondo ya tuvo que girar la primera cuota de los desembolsos.

G.G.:
Así es. El programa supone el apoyo conjunto FMI-Unión Europea por 110 mil millones de euros a lo largo de los próximos tres años. Digamos que la porción que le corresponde al FMI ronda los 45 mil millones de dólares. Como ve, la ampliación de capacidad prestable que se resolvió en la reunión de Londres del G-20 -cuando todavía el mundo batallaba por recuperar la estabilidad post-Lehman-, y que se pensó destinada para asistir a las economías emergentes, fue absorbida por una Europa que, en ese entonces, calificaba como inobjetable grado de inversión.

P.: Me imagino que lo que pensaban los aportantes -países como China o Arabia Saudita- no era terminar solventando a la Europa desarrollada.

G.G.:
Téngalo por seguro.

P.: ¿Será fácil obtener nuevas contribuciones?

G.G.:
Difícil, pero no imposible. Aunque se facilitará, irónicamente, si el FMI se prueba errado con sus pronósticos.

P.: ¿Qué tan exitosos son los programas del FMI en esta crisis? Supongo que su eficacia jugará un papel importante para obtener más financiación.

G.G.:
Los países de Europa Central y del Este -los que militaban detrás de la Cortina de Hierro hasta que cayó el Muro- estuvieron en el ojo del huracán en 2008 y 2009. Y ninguno volcó. No hubo, como se temía con razón, defaults soberanos.

P.: Pero no se ahorró en destrozos. Las caídas del PBI fueron espectaculares.

G.G.:
No hubo almuerzo gratis. Apenas una dieta de supervivencia con una factura onerosa. Se registraron retrocesos del PBI de hasta dos dígitos.

P.: Y los problemas subsisten. Los negociadores del FMI y de la Unión Europea se acaban de retirar de Hungría sin un acuerdo.

G.G.:
No se logró conciliar las metas de déficit fiscal. No es una desavenencia definitiva, pero es una «impasse» inoportuna.

P.: Mientras perdure, no habrá desembolsos.

G.G.:
Correcto.

P.: Milagrosamente, el euro, en estos días, es impermeable a este tipo de chubascos. En otro momento, el cortocircuito hubiera agudizado las dudas sobre el futuro europeo.

G.G.:
Lo importante de estos programas es que son capaces de sostener la vela cuando el mercado se relaja, pero también cuando se torna intolerante.

P.: La Europa Central y del Este soportó la crisis sin entrar en default, pero los países afectados no se privaron de devaluar sus monedas. Esa flexibilidad no está disponible para Grecia ni para el resto de los países mediterráneos de la eurozona.

G.G.:
Latvia también pasó el trance y lo hizo sin abandonar la paridad fija con el euro. Tuvo, eso sí, que padecer un derrumbe del PBI del 18% en 2009. No fue un paseo. En comparación, Grecia lo está piloteando con menos privaciones...

P.: Hungría arrima una mala noticia, pero la buena proviene de donde menos se la esperaba: de Atenas.

G.G.:
Los progresos allí son muy marcados. El propio Fondo los reconoció. La ejecución del programa marcha en línea con lo pactado. Según el Fondo, todo apunta a que Grecia será capaz de cumplir con la reducción del déficit fiscal comprometida. El rojo bajará al entorno del 8,1% del PBI.

P.: Con el respirador artificial del financiamiento del Fondo.

G.G.:
Eso está fuera de discusión. Apenas si Grecia pudo colocar una emisión de Letras a seis meses.

P.: ¿Serán cifras creíbles o convendrá tomarlas con una pizca de escepticismo?

G.G.:
Que las avale el FMI les da más credibilidad. Pero ya se sabe cómo es el oficio: no sería la primera vez que se logra engañar a la misión del Fondo.