28 de julio 2011 - 00:00

Diálogos en Wall Street

La política, esta vez, no ofrece la solución sino el problema. La autorización del Congreso sobre el tope de la deuda pública de los EE.UU. luce como un murallón hacia el que aceleran demócratas y republicanos sin ningún atisbo de querer pisar el freno. A manera de terapia, y cuando los mercados comienzan a agrietarse, el periodista consulta a un experto que, camuflado bajo el ropaje de Gordon Gekko, aporta, al menos, un puñado de conclusiones originales.

Periodista: Hay choques de trenes que son fruto del azar de un instante, imprevistos. Hay otros largamente esperados. Muchos son inevitables. Pero lo que ocurre en los EE.UU. se sale de cuadro. Es un accidente que sucede por gusto. ¿Descarrilarán las cuentas públicas así porque sí?

Gordon Gekko: Se supone que la función de la política es resolver los problemas. O, cuando es imposible, tratar de administrarlos. No hay duda de que, en este caso, es la política la que está fabricando el trastorno. Sin otra ayuda que su propia terquedad.

P.: Todo el mundo pensó que la pulseada entre el Gobierno y los republicanos por el «techo» de la deuda pública se arreglaría, como siempre, en el último minuto.

G.G.: Todavía falta más de media hora.

P.: A esta altura ya convendría levantar el pie del acelerador. Pero lo que se observa es lo contrario. Ambas partes empeñadas en empujar su posición al extremo.

G.G.: Siempre es así. Hasta el último minuto. Le recuerdo que lo que no siempre ocurrió es que la solución brotara al filo de la navaja. No pasó días atrás en Minnesota. Tampoco en el 95 con Newt Gingrich, cuando lideraba a los republicanos.

P.: Con el Contrato con America. Un programa que impulsaba grandes recortes en los programas sociales y de salud.

G.G.: Sí. Gingrich era mucho más popular que John Boehner (la actual voz cantante de la oposición), y lo obligó al entonces presidente Clinton a «cerrar el Gobierno» en dos oportunidades. La diferencia de criterio se zanjó recién en el tiempo suplementario. Después de cruzado el límite.

P.: Y no hubo default de la deuda pública.

G.G.: No lo hubo nunca. Esto no es Grecia en más de un sentido. Especialmente en ese sentido, en la falta absoluta de antecedentes.

P.: A menos que uno compute -y lo estoy citando a usted mismo- la suspensión de la cláusula del oro en 1933.

G.G.: Las obligaciones de los EE.UU. eran en dólares y se pagaron en dólares. Puntualmente. Lo que se ajustó, en detrimento de los acreedores, fue la paridad del dólar con respecto al oro.

P.: ¿Cómo cree que continuará esta disputa? ¿Lo sorprende que haya llegado tan lejos?

G.G.: El año pasado, después de la paliza de las elecciones de mitad de período, el presidente Obama se avino a la propuesta republicana, cedió en su postura, prorrogó la baja de impuestos dispuesta por su antecesor, George Bush Jr., y ganó un alivio que duró lo que una bocanada de aire. Si quisiera repetir el paso de baile, la solución está servida.

P.: Está claro que a Obama no le interesa convertirse en un rehén permanente de los republicanos. No busca solamente desplazar el tope del endeudamiento, sino hacerlo de una manera eficaz, que sea duradera.

G.G.: Ése es el corazón de la pelea. El plan que propone Boehner le concede espacio de maniobra sólo hasta marzo del año próximo.

P.: Y después regresaría a la zaranda de una negociación penosa.

G.G.: Justo cuando Obama debería lanzar la campaña para la elección presidencial de noviembre. ¿Qué tan bien sonará en los oídos del votante una arenga a favor de subir los impuestos para no colisionar con el «techo» del Congreso?

P.: Debo entender que la dilación no lo sorprende.

G.G.: Es una partida de póker entre políticos profesionales. Los de afuera podemos opinar y citar razones, pero, en el fondo, lo nuestro es amateur.

P.: ¿Piensa que el entrevero se arreglará sobre el límite? Digamos, en el último segundo del último minuto.

G.G.: No se olvide que al reloj lo puso en hora el Gobierno.

P.: Se refiere al 2 de agosto como fecha tope para que la administración no quede desfinanciada.

G.G.:
Correcto. Si Obama iba a jugar fuerte, al extremo, qué mejor que poner la valla allí sabiendo que el precipicio está recién cien metros más adelante.

P.: Me mató.

G.G.: Ya se lo dije: los profesionales del oficio son ellos. P.: ¿Cree que puede ser el caso?

G.G.:
El techo de la deuda es un dato duro. Rígido. La fecha límite, no. Es una estimación. Está sujeta a los vaivenes de los flujos de gasto y recaudación. Por no mencionar las toneladas de triquiñuelas contables que se pueden utilizar para correrla.

P.: Me quiere decir que el 2 de agosto no es un umbral fatídico inamovible.

G.G.: Esto es obvio. La fecha justa es un ingrediente importante. Nadie lo conoce mejor que el Gobierno. Los republicanos pueden estimarlo también, pero con menos precisión. Y ya lo hemos dicho aquí: cuando todo el mundo tensa la cuerda, lo delicado es cometer un error de cálculo.

P.: Si no es el 2 de agosto, ¿cuándo será?

G.G.:
Hay un desembolso fuerte de la Seguridad Social que pega el día 4, pero se debería poder cubrir con una recaudación que marcha en exceso sobre la proyección oficial. Después de eso, recién el 15 de agosto, cuando hay que pagar un cupón de deuda del Tesoro, surge un escollo importante.

P.: Supongamos que no hay acuerdo. Tarde o temprano, las cuentas no darán abasto. ¿Habrá default de la deuda?

G.G.: Este escenario no conduce al default en línea recta. Y tiene demasiadas paradas intermedias antes de llegar a destino. ¿Pérdida de la calificación AAA? Sí. ¿Turbulencias en los mercados? También. ¿Pánico? Podría ser. Con mucho menos, el año pasado, se gatilló el flash crash. A esa altura, por supuesto, habrá fumata blanca. Pero, el drama no se agota allí. La recuperación económica es muy frágil. Nadie puede asegurar que emerja indemne, que no se dañe. Piense en el mercado laboral. ¿No sería natural desensillar en las decisiones de contratación?

P.: Es tremendo.

G.G.: Sin embargo, si Obama se sale con la suya, el beneficio, en otro plano quizás, también será importante. Se despeja el horizonte hasta fines de 2012. Imagínese el alivio. Saltará como un resorte.

P.: ¿Valdrá la pena correr tantos riesgos?

G.G.: Para Obama se ve que sí. Más si les endosa a los republicanos la factura ante la opinión pública.

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