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Diálogos en Wall Street
Termina 2012, pero no termina del todo, ya que no definió aún el bendito precipicio fiscal. Y apuramos a Gordon Gekko, contra reloj, para que nos dé sus reflexiones sobre el filo del abismo.
Gordon Gekko: Y tampoco se puede desechar que surja a último minuto. Es así. Para los que no se sientan en la mesa de negociación, no hay más alternativa que ser paciente.
P.: La paciencia comenzó a agotarse, a juzgar por la marcha de los mercados. Toda la semana que pasó, operaron en baja y finalizaron el viernes en los valores más deprimidos.
G.G.: El Dow Jones, por caso, no logró sostener un cierre por encima del umbral de los 13 mil puntos.
P.: ¿No es una señal inquietante? Un abismo en las Bolsas bien podría tener bordes más filosos que la desavenencia fiscal.
G.G.: Se sabe, es el riesgo de tensar demasiado la cuerda.
P.: Por primera vez, el riesgo de colisión talló en las cotizaciones.
G.G.: El sacudón más fuerte en Wall Street se produjo el día siguiente de las elecciones del 6 de noviembre. Ahora el retroceso fue más suave y acotado. Pero la incomodidad de llegar a fin de año y no tener una definición clara elevó al índice de volatilidad bursátil -el llamado «factor de miedo»- por encima de una lectura de 20. Es una luz amarilla. Y no ocurría desde julio, cuando lo que quitaba el sueño era la crisis europea.
P.: La trazabilidad de las discusiones se complicó después que los republicanos fracasaran en aprobar su plan B por falta de apoyo de sus propios partidarios. Los intentos posteriores de reflotar la negociación naufragaron uno tras otro, pero nunca se trata de un portazo definitivo. Siempre aparece otro camino viable.
G.G.: Hay infinidad de acuerdos factibles. Más o menos ambiciosos, todos ellos capaces de aplanar el abismo. Inclusive, se podría sortear el escollo firmando un documento que sintetice las posiciones que demócratas y republicanos comparten pacíficamente. Sin embargo, tampoco fue posible. No hasta la fecha. Y ya estamos sobre la fecha límite.
P.: ¿Cómo se entiende?
G.G.: Si no se hace nada, expira la rebaja de impuestos que gatilló el presidente Bush Jr. Ésa es la tentación de dejar que corra el reloj: los impuestos suben de manera automática y «nadie» tiene la culpa. Y hay que tener presente que los republicanos, en su mayoría, se han comprometido a no votar nunca un aumento impositivo.
P.: Una suba masiva de impuestos es lo menos recomendable en las circunstancias presentes. Sería regalarse una segura recaída en recesión.
G.G.: Eso se puede evitar. Habría que llegar a un acuerdo rápido, en enero, para devolver buena parte de los impuestos a su nivel actual. En esa foto, todos los políticos que aparezcan estarán bajando impuestos. Juntarlos no debería ser tan engorroso.
P.: Lo que quizás no se pueda evitar es un chapuzón de los mercados.
G.G.: Tenemos la experiencia del año pasado, cuando la discusión era por el techo de la deuda pública. De buenas a primeras, la tolerancia se fracturó y el golpe fue duro.
P.: A la alta política pareciera no importarle.
G.G.: Le importará cuando ocurra.
P.: ¿Usted cómo ve la salida de este atolladero?
G.G.: Punto uno: acuerdo siempre hay. La pregunta es qué habrá que romper para lograrlo. Punto dos: la negociación está haciendo añicos al partido republicano. A los ojos del público. Uno comprende por qué el presidente Obama quiso prolongarla.
P.: Arde la interna. Los senadores republicanos le echan la culpa del fracaso a John Boehner, el hombre fuerte del partido en Diputados.
G.G.: Tal cual. La opinión pública juzga que los republicanos son los malos de la película, Obama se victimiza y, en rigor, les está clavando un cuchillo hasta el hueso a sus adversarios, y los encerró en la disyuntiva de tener que traicionar su credo, y aceptar una suba de impuestos, o la intransigencia (que está mal vista por la población). Para peor, sabe que si no se hace nada, los impuestos igual subirán.
P.: Es maquiavélico.
G.G.: Es la venganza por la derrota de medio término en 2010, cuando se perdió el control de la Cámara de Diputados, y los republicanos instalaron la idea de que Obama era el nuevo Jimmy Carter.
P.: Todo nos lleva a retrasar una solución hasta comenzado enero.
G.G.: ¿Será que Obama no aspira a lograr un momento Lincoln? Sería el tiro de gracia, el salto a la categoría de estadista, pasar de ser Carter a Bill Clinton. Si bien no queda tiempo material, yo no descarto la foto de un arreglo de último minuto, a pura gestión personal del presidente, recortada contra la imagen misma del abismo, y el caos de la oposición. Es el momento de grabar a fuego una marca de liderazgo.


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