12 de febrero 2016 - 00:00

Diálogos en Wall Street

¿Cómo sigue esta película de superacción? Esta vez hubo que ubicarlo a Gordon Gekko en la Costa Oeste.

 Periodista: Una cosa es cierta. Los "osos" (los pesimistas) están al control.

Gordon Gekko:
Basta ver los precios.

P.: Habló Mario Draghi. Habló Haruhiko Kuroda, presidente del Banco de Japón. Y todo alivio se probó fugaz, pero hubo al menos alguna reacción positiva por algunos días. A las palabras de Janet Yellen (se refiere a la visita al Congreso del miércoles) se las llevó el viento.

G.G.:
Todo el aliento que insufló se derritió mucho antes que terminara la rueda.

P.: Y la intervención de la Fed era la carta ganadora. Draghi, Kuroda, Yellen. ¿Quién más nos queda para meter baza? ¿Su Santidad, el Papa?

G.G.:
Está visto. Los mercados quieren hechos, no palabras.

P.: Los hechos no son muy auspiciosos.

G.G.:
No hay hecho más importante, hoy por hoy, que el propio derrumbe de los mercados. La velocidad, la magnitud del contagio, y la facilidad con que salta hacia nuevos blancos temáticos. Los bancos europeos quedaron en el medio de un gran incendio en un abrir y cerrar de ojos. No es que sus problemas comenzaron esta semana, o la anterior, vienen de arrastre. Pero la factura les cayó de golpe, toda junta.

P.: Se puede discutir si hay recesión o no; si viene en camino o si es un espejismo; pero lo que no se puede negar es el patín brutal de los activos de riesgo.

G.G.:
Y que casi no quedan sitios donde guarecerse.

P.: ¿Es un "loop"? Un bucle que se realimenta a sí mismo. Más caen los precios, más sombrías las perspectivas, más se justifica entonces un nuevo retroceso.

G.G.:
No es la primera vez que nos atrapa el fenómeno del torbellino. Lo conocemos bien.

P.: ¿Y cómo salir del brete? ¿Cómo zafar si el salvavidas de los bancos centrales no nos mantiene a flote?

G.G.:
¿Cómo se sobrevive a un remolino? Lo peor es entrar en pánico. Si no hay tabla de salvación, si la retórica de los bancos centrales resbala, no hay más remedio que tomar oxígeno, dejarse ir al fondo del río y recién talonear desde allí. Capitulación, que le dicen en la jerga de los mercados.

P.: No suena muy alentador.

G.G.:
No nos faltó aliento. Usted ya lo mencionó: Draghi, Kuroda, Yellen. Pero no funcionó. "Si Wall Street tambalea, la situación no debe ser nada buena". ¿Cómo quitarse esa espina? Se puede examinar la situación y descubrir que no es mala. Es lo que le señaló Yellen a los legisladores. Pero basta con mirar la pizarra y Wall Street ya no tambalea, literalmente se destruye como si no hubiera un mañana. Ésa es la ruta a la capitulación, a la rendición incondicional.

P.: Hay un problema. Yellen no lo ignoró: las condiciones financieras per se, al deteriorarse, pueden dañar la situación económica y sus perspectivas.

G.G.:
Es como un resorte. Si se lo comprime y luego se lo suelta, tiene memoria, rebota. Pero si se rompe al apretarlo, ya no. ¿Cómo estará la economía después de este episodio de convulsión financiera? Es la pregunta del millón.

P.: No lo sabemos.

G.G.:
No podemos saberlo de antemano. Le cuento la respuesta de Stanley Fisher, número dos de la Fed en el Consejo de Relaciones Internacionales: hemos visto muchos episodios similares que, luego, no dejaron huella significativa en la economía real. ¿Se acuerda del crac de octubre 87?

P.: ¡Cómo no hacerlo! Si poco tiempo después fue cuando comenzamos nuestro diálogo regular sobre Wall Street.

G.G.:
El destrozo bursátil fue enorme. El Dow Jones cayó más del 22% en una sola rueda. Un mercado "bear" instantáneo. Durísimo, sí, para las carteras. Pero después no hubo ninguna recesión. La economía lo miró del palco.

P.: ¿Cuál es la clave?

G.G.:
Que no se produzca daño crediticio permanente. O sea, que no se rompa el resorte, y por ende, el proceso sea reversible.

P.: Pero, ¿cómo asegurarlo? ¿Quién puede saber cuando las maderas crujen que no se partirán?

G.G.:
Es la pulseada de los mercados versus la Fed. ¿Tirará la toalla Yellen y cancelará la política de suba de tasas?

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