8 de septiembre 2015 - 00:00

Divertida batalla campal de verdianos y wagnerianos

No apto para puristas de la música, “El pimiento Verdi” es una fiesta para el público receptivo y familiarizado con la producción verdiana y wagneriana.
No apto para puristas de la música, “El pimiento Verdi” es una fiesta para el público receptivo y familiarizado con la producción verdiana y wagneriana.
"El pimiento Verdi". Autor y director: Albert Boadella. Elenco: Nacho Gadano, Damián Mahler, Nacho Mintz, Carolina Gómez, Santiago Sirur, Mirta Arrúa Lichi y Víctor Hugo Díaz. Dirección musical: Borja Mariño (Teatro San Martín / Complejo Teatral de Buenos Aires, Sala Martín Coronado).

Un restaurant cuyo dueño, "verdiano" y "zarzuelero", planea un homenaje a su compositor más admirado por el bicentenario de su nacimiento (con la complicidad de un tenor y una soprano), y dos cantantes "wagnerianos" que llegan a aguar la fiesta alegando que no debería ignorarse al genio de Bayreuth: un punto de partida tan simple como disparador de una catarata de situaciones desopilantes, una maquinaria imparable que funciona a puro talento: el de Albert Boadella, autor y director de "El pimiento Verdi", y un elenco magistral de actores-cantantes (o cantantes-actores).

"La burla siempre es un halago con envidia", se dice en el comienzo, y la frase resume un poco el espíritu de la pieza. Pero más que una sátira, "El pimiento Verdi" resulta finalmente un homenaje grandioso a dos compositores monumentales, a su obra y a las luces y sombras de sus respectivas personalidades. Partiendo de los clichés asociados a ambos (la duración excesiva de las óperas de Wagner y la aparente simpleza de algunas páginas de Verdi), verdianos y wagnerianos comenzarán una larga, bizantina y acalorada discusión, de ésas que suelen integrar el repertorio de las conversaciones de melómanos.

En el transcurso de esta guerra estrafalaria de estéticas y preferencias los compositores mismos se harán carne en los actores, y con muy pocos elementos (mesas, bancos, manteles, vajilla y utensilios de cocina) se construirá un pequeño mundo al que algunos espectadores asistirán desde el escenario mismo y que incluirá la improvisación de una ópera que integre personajes y argumentos verdianos y wagnerianos. No faltará en el recorrido la alusión al espinoso tema del antisemitismo de Wagner y la utilización que de su música y su figura hizo el nazismo; en un giro magistral, Boadella superpone la lectura de fragmentos del famoso panfleto "El judaísmo en la música" con el coro de esclavos hebreos "Va pensiero" y crea un efecto tan impensado como demoledor. La adaptación a los modismos porteños y las alusiones a figuras locales otorgan al texto una imprescindible naturalidad y fluidez.

Las parejas de cantantes (Nacho Mintz, Carolina Gómez, Santiago Sirur y Mirta Arrúa Lichi), espléndidos en su canto y desempeño actoral, salen airosos de la tarea extenuante de no abandonar nunca el escenario y ser siempre el centro de atención. Como pianista-mozo, Damián Mahler lleva a cabo una maratónica labor tocando de memoria los fragmentos musicales que además de páginas de los autores en cuestión incluyen piezas de otros autores, zarzuela y hasta el concierto para piano de Tchaikovsky. Nacho Gadano (Sito, el dueño del local) es un perfecto moderador de la contienda y se luce en algunos fragmentos musicales cantando con soltura, al igual que Víctor Hugo Díaz, inolvidable en su Blas.

No apto para puristas ni pretendidos censores, "El pimiento Verdi" es en cambio una fiesta para el público receptivo y familiarizado con la producción de estos dos autores, y también en su carácter de comedia puede ser disfrutado por todo amante del mejor teatro. No resultaría exagerado tampoco pensar que Verdi y Wagner mismos, ambos dotados de un gran sentido del humor, serían los primeros en aplaudirlo de pie.

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