Doce bares clásicos que fascinan a los turistas

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De los 54 bares que han sido reconocidos por su méritos edilicios, históricos y artísticos como Patrimonio Cultural de la Ciudad de Buenos Aires, elegimos una docena de aquellos que resultan imposible no conocer.



 Café Tortoni

Av. de Mayo 825/29, barrio de Montserrat.

Fundado por el francés Jean Touan en 1858, que lo bautizó así en recuerdo del Tortoni de París, es el bar que más historia política, social y cultural tiene por centímetro cuadrado. Uno se sienta a la mesa donde discutió Roca un proyecto, donde García Lorca le propuso a Juan de Dios Filiberto llenar los tangos de duendes y acaso lo oyó Gardel en otra mesa, la lista de celebridades habitués resulta interminable.



 La Perla

Av. Rivadavia y Av. Jujuy, barrio de Once.

Conocido como La Perla del Once, en este bar mutado en pizzería aggiornada, se inició el rock nacional; en el baño, Tanguito compuso «La balsa» y Litto Nebbia le dio forma y la completó. Allí se dice que el grupo nacionalista Tacuara organizó el sangriento asalto guerrillero al Policlínico Bancario. Los mozos más añosos suelen saber miles de historias de ese bar que se esconde en la apariencia de lugar de paso.  



 Las Violetas

Av. Rivadavia 3899 esq. Medrano, barrio de Almagro.

Recordando los vitrales de este bar, y esas ventanas por las que Roberto Arlt descubría la esencia de lo porteño, el poeta y diplomático César Fernández Moreno escribió su «Argentino hasta la muerte». Este bar nacido con el estilo puesto de moda por la Ecole de Beaux Arts de París de 1880, entró en decadencia para ser felizmente recuperado hace 8 años.



 Café Esquina Homero Manzi

Av. San Juan 3601 esq. Boedo, barrio de Boedo.

Se llamaba aún el Cannadian cuando Manzi escribió allí, en 1948, para Troilo, los inolvidables versos de «Sur». Allí en «San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo» se juntaban en los años 30 los muchachos del literario Grupo Boedo (Roberto Arlt, González Tuñón, con su compañeros del diario Critica). Hoy transmutado en restorán, con murales de Sabat en su fachada con los héroes del tango y un interior que es un museo de los grandes de las letras y la música popular porteña.



 El Británico

Brasil 399 esq. Defensa, barrio de San Telmo.

Como la pulpería La Cosechera de 1910 se vio invadida por ingleses que venían a hacer los ferrocarriles, el lugar comenzó a llamarse El británico. Acosado desde hace años, como otros bares notables por su transformación, no ha sido, felizmente, modernizado y mantiene el estilo de los bares que hicieron historia cultural a mediados del siglo pasado. Se dice que allí Ernesto Sábato tomó notas para «Sobre héroes y tumbas».



 La Giralda

Av. Corrientes 1453, barrio de San Nicolás.

Más que café, un boliche mítico para hacer centro en la ciudad, mesitas de mármol donde saborear un chocolate con churros y donde, a partir de 1960, se reunía la joven bohemia porteña para hablar de Freud y Lacan o enfrentar a Sartre con Foucault, y donde solían terminar los que escapaban de los otros dos hitos, tristemente remodelados hoy, el bar La Paz y el bar Ramos.



 Café de los Angelitos

Av. Rivadavia 2100 esq. Rincón, barrio de Balvanera.

Cuando nació, en 1890, era el Bar Rivadavia y allí se mezclaban poetas, músicos y periodistas con estafadores, punguistas y rufianes, por esos últimos el comisario de Balvanera lo llamaba irónicamente el café de los «angelitos», nombre que el bar adoptó en 1919, cuando cambió de dueño. Santuario del tango que consagró uno de José Razzano y Cátulo Castillo. De capa caída en 1993 cerró su puertas, para ser recuperado con nuevos brillos hace dos años como restorán cena y tango show.



 Bar o Bar

Tres Sargentos 415, barrio de Retiro.

En 1969 el pintor Luis Felipe Noé gritó «bárbaro» cuando le contaron la idea de poner un bar para juntarse con sus amigos del grupo Nueva Figuración, Ernesto Deira, Rómulo Macció, Jorge de la Vega y otros artistas. Y así apareció el primer nombre de un lugar que reunió la bohemia artística luego del cierre del Instituto Di Tella. Mucho antes de la «invasión irlandesa», éste fue el primer pub, punto de encuentro de pintores, escritores, publicitarios y ejecutivos de la City.



 La Richmond

Florida 468 casi Av. Corrientes, barrio de San Nicolás.

Ajedrez, billares, damas que toman el five oclock tea, traders, políticos y periodistas (también se los pueden encontrar en el famoso Florida Garden, de Florida y Paraguay). En los años 20 la Richmond (que tuvo tres sucursales) fue tertulia del Grupo Florida de Borges, Marechal, Girondo y Macedonio. Arañas holandesas, sillones de cuero, muebles de estilo inglés ofrecen un páramo al torbellino de la calle Florida.



 El Progreso

Av. Montes de Oca 1700 esq. California, barrio de Barracas.

Es tan un bar del pasado, de 1911, es tan un bar de barrio, que por su belleza y autenticidad que cada tanto allí se filman secuencias de películas, escenas para la tele y publicidades.



 London City

Av. de Mayo 599 esq. Perú, barrió de Montserrat.

¿Qué hubiera sido de este bar si Julio Cortázar no comenzaba allí su novela «Los premios»? Acaso, un bar más del microcentro, pero el escritor lo eligió por su enigmático encanto que lo hizo emblema de los años 50 en nuestro país, por su cercanía con la Plaza de Mayo y esa breve avenida que recuerda a la Gran Vía de Madrid.



 La Biela

Av Quintana 600 y Roberto M. Ortiz, barrio de Recoleta.

Fue en 1820 una pulpería, y luego el Aero Bar, luego La veredita, hasta que a partir de los años 50 la reiterada presencia de Juan Manuel Fangio, Froilán González y Oscar Gálvez, entre otros, le hizo cambiar el nombre por uno más fierrero. Sus mesas están acostumbradas a reunir a figuras de la política, las letras, las artes, el periodismo, la publicidad, el deporte, gente pudiente que va a solearse, y otra que va a ver y a ser visto.

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