21 de agosto 2014 - 00:00

“Don Giovanni no es un seductor, es casi como Strauss-Kahn”

Pedro Prudencio (izq.) y Marcelo Lombardero, quien expresa: “Un espectáculo cómodo no es artístico. Para cosas cómodas hay mucho, incluyendo la TV. Si la ópera tiene alguna posibilidad de supervivencia debe plantear otra cosa; tiene que resonarnos de alguna manera”.
Pedro Prudencio (izq.) y Marcelo Lombardero, quien expresa: “Un espectáculo cómodo no es artístico. Para cosas cómodas hay mucho, incluyendo la TV. Si la ópera tiene alguna posibilidad de supervivencia debe plantear otra cosa; tiene que resonarnos de alguna manera”.
La seducción inalterable del "Don Giovanni" de Mozart y Da Ponte volverá desde mañana al Teatro Avenida en la temporada de Buenos Aires Lírica, en una producción firmada por Marcelo Lombardero y con dirección de Pedro Pablo Prudencio. Integran el elenco el bajo Nahuel Di Pierro (quien desarrolla una intensa carrera europea), Oriana Favaro, Santiago Bürgi, Hernán Iturralde, María Victoria Gaeta, Iván García, Cecilia Pastawski y Mariano Fernández Bustinza.

El dispositivo escénico y la escenografía virtual son obra de Diego Siliano (con apoyo de la firma MultiLed), el vestuario es de Luciana Gutman y el diseño de iluminación de Horacio Efron.

Participa el Coro Buenos Aires Lírica preparado por Juan Casasbellas y la coreografía es de Ignacio Gonzalez Cano. Para las funciones (viernes, domingo 22, martes 26, jueves 28 y sábado 30) se ha previsto un descuento especial para jóvenes de hasta 25 años, sobre compras en boletería del teatro desde dos horas antes de las funciones. Dialogamos con Lombardero y Prudencio:

Periodista: Esta obra plantea diversos ángulos de aproximación posibles. ¿Cuál eligieron para esta producción?

Marcelo Lombardero
: En términos dramáticos y musicales vamos por el mismo camino, que es la resignificación en términos dramáticos. Vi infinidad de producciones de "Don Giovanni", participé en muchas y canté alrededor de 50 funciones de esta ópera. Y nunca entendí qué era lo que pasaba y por qué. Siempre me pregunté si era algo de incongruencia que tenía nuestra visión del personaje con lo que realmente estaba escrito ahí dentro. Lo que nosotros recibimos es una mirada distorsionada por la fascinación del romanticismo literario y musical. Esta ópera, que se estrena unos años antes de la Revolución Francesa, en plena efervescencia de este hombre libre que es capaz de condenarse en el infierno por su libre albedrío, fascina a Goethe, Schiller, Kierkegaard, Hoffmann, y de alguna manera inaugura esa idea.

A veces se dice que "Las bodas de Fígaro" es una obra política. Yo creo que la ópera de Mozart no es Beaumarchais: es una comedia. Acá sí hay una obra política, pero no por Da Ponte sino por Mozart, que le da esa dimensión trágica al personaje, que no la tienen ni Tirso ni Molière. Para despegar esta mirada de fascinación romántica hay que resignificar estas cuestiones.

P.: ¿Cómo ve usted al protagonista?

M.L.:
Don Giovanni es ese seductor fascinante que en la obra no es así, y en la época no era así. Él no seduce a nadie: toma, fuerza, compra. Esa mirada un poco crítica de este personaje me resuena a lo que nos pasa hoy. ¿Cómo podemos mostrarle a la gente ese libertino castigado hoy, para que lo entienda sin tener que explicarle que un caballero tenía derecho de pernada sobre una campesina, algo hoy completamente inexplicable, o que los pasos de commedia dell'arte, de los que la obra está llena, tenían un sentido político y todo el mundo entendía de qué se estaba hablando, o que este asunto de los "travestimenti" era un signo de la época? Para que todo eso se entienda habría que hacer un tratado de historia, pero eso es imposible en el espectáculo teatral. Hay que contar la historia y lograr que algo de esto modifique al que lo está viendo. Por eso hemos tomado el camino del dolor y estamos arriesgando mucho: hemos puesto en jaque la obra y nos hemos puesto en jaque a nosotros con la obra. Contamos con un elenco fabuloso de cantantes-actores que se arriesgan a cualquier cosa por la obra, que tienen la generosidad de sacar la tradición para dejar la obra desnuda y desde ahí tener una visión propia. Lo que nos hemos propuesto es eso, hacer una versión nuestra, no porque las tradiciones estén mal sino porque no son la obra.

Pedro Pablo Prudencio: Buscamos retomar el drama que tiene la obra y sobre esa base la enfocarnos musicalmente. En Mozart es tan evidente su interpretación de lo que pasa en escena que simplemente hacer lo que está en la partitura es suficiente. Es importante sacar esas tradiciones. Hay que darle espacio a lo vocal, pero con este asunto de las grabaciones se va perdiendo el sentido dramático de la acción.

M.L.: Hoy es necesario hacer una interpretación que tenga una consonancia más cercana a la época de Mozart que al futuro: más cerca de HTMndel que de Schumann o Brahms. Si uno se pone a ver cómo Mozart es interpretado desde la década del '30, esa gente tiene la herencia del siglo XIX que contribuye a la visión heroica de un personaje que comienza la ópera violando o intentando violar a una mujer y matando a su padre, y a lo largo de la historia vemos que es un embustero, un ladrón, un mentiroso, pero todo el mundo está fascinado por este personaje, que es encantador. Hace años hubo un suceso, el que involucró a Dominique Strauss-Kahn, que terminó en el infierno del escarnio público y el olvido, que me remitió al final del primer acto de "Don Giovanni". Don Juan es más cercano a eso que a una versión poética.

P.P.P.: Hay dos aspectos en Mozart en general. Mozart nació en la época posterior a Bach y HTMndel, y todo lo que él crea es sobre esa base. No era un hombre anticuado, era vanguardista. Esa obertura tiene que haber sido un shock. Y la música es descriptiva: los bronces son el llamado, las maderas el entorno, y los bajos sostienen sin parar.

M.L.: Es una obertura que introduce en el drama, no tiene acorde conclusivo. Eso es novedoso para la época.

P.P.P.: Respecto de las tonalidades, Elvira está en tonalidades más oscuras, el resto está en tonalidades con sostenidos, más luminosas, más abiertas.

M.L.: Mozart es muy avanzado en su concepto de totalidad del espectáculo, pero en este caso Da Ponte, que es un genio, peca de anticuado. Dramáticamente el libreto no tiene ese arco de la música de Mozart, y la acción está interrumpida cada vez por las arias, y en este sentido es casi hTMndeliana.

P.: Justamente, el antecedente más claro de la obra es la homónima de Gazzaniga-Bertati, pero mientras la música de Mozart es más refinada y compleja, el libreto de Da Ponte responde más al modelo del anterior.

M.L.:
Es una forma generosa de decir que Da Ponte, que detestaba a Bertati, plagió su libreto. El mismo libreto con la misma estructura en Mozart adquiere una dimensión completamente distinta. Gazzaniga no era Mozart, pero lo que Mozart hace lo hace más grande, porque abre la puerta de una nueva manera de pensar al hombre. Aquí quisimos ser lo más fieles posible a la obra. Cuando se habla de fidelidad se piensa que se debe hacer las cosas para que no molesten, que queden cómodas. Pero un espectáculo cómodo no es artístico, y la ópera no está para eso. Para espectáculos cómodos hay muchísimas cosas, incluyendo la televisión. Si la ópera tiene alguna posibilidad de supervivencia en el mundo moderno tiene que plantear otra cosa; eso que se compuso hace 200 o 300 años tiene que resonarnos de alguna manera, y esa manera es forzándolo hacia acá.

P.: ¿Cómo será entonces este Don Juan?

M.L.:
Como todo hombre moderno está insatisfecho, y su imposibilidad pasa por ahí. Esa insatisfacción que tenemos, donde nada nos alcanza, nos parece necesario mostrarla. Esta obra es política y de clases sociales.

P.: Incluso musicalmente hay una diferenciación de las clases sociales.

M.L.:
Claro, pero ¿cómo mostrarle eso a la gente que está en la platea? ¿Cómo decirle que esa señora canta así porque es una construcción barroca y este otro canta así porque es un aldeano? Es imposible de entender, y en esta historia es importante que se entienda. Ése es el camino que tomamos gracias a BAL, que nos dio una libertad absoluta para trabajar. Estamos haciendo una producción muy tecnológica, trabajamos con video-proyecciones y filmaciones en vivo. Es moderna y experimental. Qué dirán...

P.: ¿Les preocupa qué dirán?

M.L.:
En nuestro caso, que es el de un arte que necesita de la inmediatez del tercero, es importante. La gran pregunta es si uno ha acertado y si las cosas que está diciendo son correctas; eso no se puede saber hasta mucho tiempo después de haberlo hecho. Y también si el público tiene ganas de escuchar eso o si está preparado. Es una combinación de ambas cuestiones. La fórmula mágica no existe, y eso se sabrá después de la última nota.

P.P.P.: Necesitamos de un público que reciba lo que estamos entregando. No se puede conformar a todos, pero si uno es sincero en lo que está expresando, a la mayoría de la gente la va a llegar ese mensaje. No vamos a hacer un espectáculo populista, pero tampoco se puede cerrar los ojos.

Entrevista de Margarita Pollini