23 de agosto 2011 - 00:00

Dos elencos para Wagner

Otro hecho inusual de esta «Tristán e Isolda» platense es que el espectador debe elegir entre dos elencos, ambos de nivel similar, y compuestos por artistas nacionales e internacionales: no existe aquí la antipática aunque histórica división entre un «primer» y «segundo» elenco, que conlleva el prejuicio de que el «A» se destina a los educados paladares de los abonados, y el «B» a las funciones extraordinarias populares. En todo caso, lo único antipático ahora es que hay que elegir, ya que no es fácil, por razones de tiempo -para todos- y de movilidad -para los no platenses- trasladarse dos veces al Argentino para ver ambas versiones (complicación con la que contribuye Wagner y su pasión por las óperas que no bajen de las casi cinco horas de representación).

Pero esas casi cinco horas, sin embargo, no se notan, y esa es otra de las grandes virtudes de esta puesta, a la que no le hace falta ni «desacralizar», ni descontextualizar ni trasponer su época para introducir de lleno al público en la historia: su ambiente, antes que atemporal, es fantasmagórico, es decir, tan sólo uno de los atributos de lo atemporal, el más adecuado para que el drama en escena dialogue con los fantasmas propios del espectador y «Tristan e Isolda» se le haga propia. También aquí ayudó Wagner con la elección de esos escenarios, tan bien plasmados en el Argentino, en los que el mar (primero el que se entrevé a través del gigantesco ojo de buey, luego el que choca contra los promontorios rocosos de Koreol) serena y ahoga a la vez con su sinfín.

Volviendo a lo anterior: el elenco inicial, sólo llamado «primero» por razones cronológicas, encontró en el ruso Leonid Zakhozhaev, como Tristán, una voz destacada y robusta, y una actuación muy convincente; en cambio Isolda, a cargo de la enérgica alemana Katja Beer, parecía -por momentos- confundir a Tristán con Wotan y a Cornualles con el Walhalla; su timbre es muy bello, pero su papel saldría más beneficiado con la atemperación de algunas de sus estridencias (o un filtro de amor más disuasivo y pacificador).

La BrangTMne de Adriana Mastrángelo fue magnífica: sumisa y dominadora a la vez, y emisión bellísima; Douglas Hahn (Kurwenal) fue tan buen actor como cantante, y Hernán Iturralde sobresalió como el Rey Marke. En el breve papel de pastor también hay que destacar a Gustavo Monastra.

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