23 de octubre 2015 - 00:27

Dos objetivos y dos estrategias

Cristina de Kirchner
Cristina de Kirchner
 A horas de la elección del domingo, han dejado de ser protagonistas los candidatos, sus partidos, y aun los votantes. El protagonista es el sistema electoral, un enrevesado pergeño que mezcla voto obligatorio, primarias obligatorias y elección presidencial en segunda vuelta, una maraña que distancia y enajena el voto y lo hace jugar en un laberinto que debilita la fuerza de la representación. La caída de prestigio del sistema electoral argentino -que funciona bien porque nunca ha gobernado quien perdió las elecciones- es la oportunidad para que despierten los aprendices de brujo del Congreso y avancen en la reforma del sistema, revisando unas PASO que no cumplen su misión (no eligen candidatos, sólo los validan en un festival casi unánime de listas únicas, tampoco promueve el debate interno en los partidos). Para discutir la obligatoriedad del sufragio y el balotaje será más difícil montar un taller porque son institutos constitucionales y nadie se anima, después de la experiencia de 1994, a abrir la caja de Pandora de una reforma constitucional.

Ante esa maraña reglamentaria, el votante llega confundido a elegir entre seis propuestas presidenciales y decenas de boletas para cargos menores. A esa confusión contribuye el marketing de campaña, una andanada de publicidades que (al decir de Alejandro Dolina cuando describe la conducta del seductor) son mentiras dichas con sinceridad. Discriminar los factores elementales de esta trama hace necesario entender que las principales fuerzas han desplegado estrategias distintas porque persiguen objetivos diferentes. Eso explica cómo llegan al domingo el Frente para la Victoria -un disfraz del PJ-, la liga radical-macrista de Cambiemos y la fracción del kirchnerismo disidente de Sergio Massa.

La fórmula de Daniel Scioli tiene como objetivo ganar en primera vuela porque percibe que, con el resultado que dio esa gran encuesta o virtual primera vuelta electoral que fueron las PASO, hay más votos en favor de las tribus de la oposición que del lado del Gobierno. Si hubiera un balotaje teme que la oposición pueda sindicar esa pulsión de poder en una fórmula que desplace al peronismo del poder. Esta estrategia la diseñó con claridad el Gobierno y sus candidatos y no se han apartado de ella, aun con el riesgo de que si el domingo hay segunda vuelta un sector del público lo vea como una derrota por no haber logrado el objetivo.

•La fórmula que encabeza Mauricio Macri entendió que su objetivo era, cuanto más, provocar un balotaje, sobre la base de la misma presunción del Gobierno, que en la segunda vuelta el ánimo opositor podría sindicarse en su propuesta. Por eso nunca dijo Macri que ganaría en primera vuelta e hizo todos los movimientos para que efectivamente el cartero llame dos veces.

El eje de la campaña de Scioli fue reforzar el principal activo del oficialismo, que es su dominio territorial. El gobernador entendió desde temprano que, si va a ser presidente, lo será de la mano de los gobernadores. Por esa razón nunca iba a acordar con Sergio Massa para las PASO de 2013, como le sugerían agoreros que le mostraban la oportunidad de desgajarse del peronismo que gobierna. Scioli nunca creyó que fuera del oficialismo encontraría lo que ya tiene como socio fundador desde el ciclo del peronismo que algunos llaman kirchnerismo. Abrazarse a los gobernadores -a quienes les ha prometido ministerios si llega a ganar- es reconocer la entidad del club de mandatarios del peronismo como el verdadero PJ, y que ellos avalan su candidatura como la menor chance de un éxito electoral.

•Mostrar esa asociación explota al máximo el poder territorial del peronismo, que controla la mayoría de las provincias y compensa la fragilidad de los otros dos factores claves en cualquier elección, el programa y el liderazgo. Esta decisión, además, le asegura al candidato el apoyo legislativo si llega a ganar. Los gobernadores controlan a los diputados y senadores que deben acompañar una gestión de Gobierno como la que propone Scioli, que supone leyes para las que necesita consenso, porque el bonaerense no tiene un bloque propio de legisladores. Tampoco lo tuvo de manera dominante en la Legislatura de La Plata, lo que obligó a un ejercicio de su capacidad de negociación para hacer avanzar las leyes. Ese ejercicio fue exitoso para él porque logró las leyes que pretendía después de largas negociaciones con otros sectores del peronismo del distrito.

En cuanto al programa, el oficialismo tiene un debate abierto, especialmente en materia económica y de seguridad, que Scioli ha ido zanjando durante la campaña imponiendo nombres y consignas que abren una agenda de cambio respecto de lo que ha hecho el Gobierno hasta ahora.

•El tercer factor, el liderazgo, también estuvo abierto a debate hasta el lanzamiento de la candidatura de la fórmula Scioli-Zannini, que expresa disonancias de método en la cúpula cuya muestra es la negativa de Florencio Randazzo a encabezar la fórmula a gobernador en Buenos Aires. El proyecto original de Olivos fue, desde mayo pasado, ir a las PASO con lista única a presidente, con Scioli a la cabeza y Randazzo a gobernador en el distrito más grande del país. Este ministro había ganado visibilidad y prestigio como precandidato presidencial. Si hubiera sido candidato en Buenos Aires es posible que hoy estaríamos hablando llanamente de un triunfo peronista en primera vuelta. La negativa del ministro evidenció una crisis de liderazgo y el daño más serio que sufrió el oficialismo en este proceso.

El eje de la campaña de Macri fue otro, acorde con el objetivo que se propone de precipitar una segunda vuelta electoral. Para eso blindó a Cambiemos con la UCR y otros sectores que expresan el voto no peronista. Esto supuso rechazar las propuestas que le acercaron sus propios aliados de aliarse con la fuerza del kirchnerismo disidente que conduce Sergio Massa, y competir a suerte y verdad en las PASO para resolver la fórmula electoral. Macri se distanció de Massa después del entendimiento objetivo que asumieron en las elecciones de 2013, donde mezclaron candidatos de las dos fuerzas en la elección legislativa, para sostener la inviabilidad de entonces (2013), y este año, de fusionar los esfuerzos. El argumento de la pureza partidaria lo justificó en que no podía llevar al PRO y a su electorado a lo que hubiera sido, al final, una interna de dos alas del peronismo.

•En este punto Macri se apartó de la idea que había tenido hasta 2013 de que sería posible algún acercamiento al massismo. Desde las elecciones de ese año clavó su estrategia en el intento de representar el voto no peronista. Eso le valió interminables discusiones con sus socios del radicalismo, que fueron a la convención de Gualeguaychú divididos ante esa consigna. Macri condicionó la alianza con la UCR que conduce Ernesto Sanz a que no apoyasen en esa reunión la alianza con Massa. Sanz venció a sus correligionarios en una votación y eso fue un triunfo de Macri. Si eso no hubiera ocurrido seguramente Macri habría visto diluida su fuerza y quizá no habría sido candidato. Sostuvo hasta este momento su percepción de que una alianza con Massa hubiera dinamitado la base del PRO y le hubiera alejado más el voto de los radicales.

Con esta alianza, que los radicales orgánicos defienden como la posibilidad de participar de un eventual Gobierno macrista y si esto no ocurriera, de un crecimiento de posiciones en cargos ejecutivos y legislativos en todo el país, Macri repara sus falencias en cuanto al dominio territorial. Su fuerza, sin el radicalismo, y aun con él, es mucho más débil que el peronismo en despliegue territorial. En cuanto al liderazgo repara las disidencias que hay por debajo de la alianza con los radicales que se manifestó crudamente en la selección de jefe de Gobierno en la Capital, donde sus socios apoyaron la chance de Martín Lousteau exhibiendo las disidencias internas en cuanto a la conducción de la fuerza. En donde es más fuerte Cambiemos es en el programa, que comparten todos sus socios.

•Cualquiera que sea el resultado de las elecciones del domingo -o del 22 de noviembre si hay balotaje- las dos fuerzas enfrentarán en el próximo año la emergencia de la reconstrucción partidaria. Si Macri pierde la elección, cesará de inmediato la alianza Cambiemos y sus socios regresarán a sus respectivas querencias. El PRO deberá resolver el camino a encarar en ese caso, con un Macri en su casa y sin cargos públicos ni partidarios y reducido, o exaltado, a su condición de caudillo, es decir que dependerá todo de su voluntad personal de insistir en la pelea política en el futuro. Si gana, podrá mantenerla.

En el peronismo, gane o pierda, también se viene una renovación partidaria. El partido tiene un formato tejido en una etapa anterior de la vida política. Nadie imagina a Scioli peleando por la conducción del partido, algo que tampoco hizo Cristina de Kirchner, pero deberá atender a la edificación de una nueva conducción. Hoy el PJ lo preside Eduardo Fellner, que se juega todo ante el radical Gerardo Morales en la elección a gobernador de Jujuy. Otro hombre fuerte de esa formación, como Jorge Capitanich, será ahora intendente, y el peronismo perdió al numen y armador que era Juan Carlos Mazzón. Para más INRI, la Cámara Nacional Electoral tiene a la firma un fallo en respuesta a la demanda que hizo Eduardo Duhalde antes de las PASO, cuestionando la legitimidad de la actual conducción del partido. Ese fallo se ha demorado hasta después de las elecciones para no agitar más las aguas, pero hay consenso en ese tribunal en que esa demanda no es disparatada y lo más probable es que ordene elecciones internas dentro de un plazo de seis meses a partir de que se conozca la decisión.

Con este ánimo, el país camina a las urnas agobiado por el proselitismo que termina hoy a las 8 con la veda, preguntando a quién consagrará el sistema electoral que distancia la voluntad del elector de sus representantes, y cargado de enigmas graves y otros triviales, pero también difíciles de explicar. Por ejemplo, la ausencia en esta elección de las dos personas públicas con más poder en el país, que lejos de toda esta historia, el papa Francisco y Marcelo Tinelli, parecen haber pasado a la clandestinidad.