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Dr. Jeckyll y Mr. Hyde
Esa misma tarde, junto a sus compañeros de colegio, algunos con los que también había jugado esa mañana al rugby, integra un equipo de fútbol que juega un campeonato de fútbol con chicos de la zona donde vive. Lo hacen en un predio con dos canchas: en la principal juegan un torneo de adultos con árbitro y asistentes, a los que insultan en dos de cada tres fallos, mientras que en la otra, un poco más chica, para que jueguen divisiones mas chicas, los partidos se desarrollan con un arbitro vestido de negro, con silbato, tarjetas y ley del offside. Terminó el partido, no saludó a sus rivales y, apurado, se fue a su casa en la misma soledad con la que había llegado. Mas allá de que jugaba con amigos del colegio.
Mismo chico, pocas horas mas tarde y dos situaciones bien distintas. El calmado, obediente, educado y ordenado niño de la mañana, no podía soportar perder la pelota jugando al fútbol, protestaba los fallos del referí que lo miraba desde su adultez acostumbrado a soportar estas actitudes. Mientras algunas madres luchaban contra el frío con un mate, los padres eran un poco más ruidosos a la hora de intentar ordenar el equipo.
Los dos goles de su equipo se festejaron de manera muy distinta a lo que había sido esa mañana con cada try que su equipo apoyaba. Mientras el grito de cada gol era un desahogo y generaba una coreografía, los muchos tries de la mañana sólo significaban volver a la posición para seguir jugando. Ningún festejo, sólo el placer interno de la recompensa al esfuerzo.
Las diferencias entre el rugby y el fútbol son enormes tanto dentro como fuera de la cancha. Lo doloroso es ver cómo una misma persona, en este caso de tan solo 10 años y en el proceso de formar su personalidad, pueda ser una especie de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde. Eso viene por lo que absorbe cada vez que ve un partido de fútbol. La televisión muestra a veces lo peor de los jugadores y mucho más de los hinchas.
Cuando un entrenador como Ramón Díaz agradece a la parte más hostil de la barra brava de River Plate, equivoca obviamente el camino pero confirma lo que todos sabemos. Después se desdijo, pero lo que en definitiva había hecho es avalar conductas que no solo nada tienen que ver con el deporte si no que marcan el estado de la sociedad.
El rugby no es perfecto ni mucho menos, de hecho cada vez se futboliza más. Pero si una misma persona de 10 años puede cambiar tanto de la mañana a la tarde y volver a ser el niño ordenado y educado cuando está en contacto con una pelota ovalada, entonces hay una lección para aprender.


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