16 de enero 2012 - 00:00

Draghi, el hombre que debe salvar a Europa (de nuevo)

El BCE evitó el colapso del crédito con su decisión de prestar sin límites a la banca al 1% a tres años de plazo. Así se congratuló, su titular, Mario Draghi, el jueves, en la conferencia de prensa tras la reunión del Consejo Monetario. Tiene razón pero no hay tiempo para festejos. A Standard & Poors no la convenció la cumbre presidencial del 9 de diciembre, y disparó, como había alertado, una rebaja masiva de calificaciones. Las deudas públicas de 9 países (de los 17 que conforman la eurozona) sufrieron recortes de uno y hasta dos escalones. El BCE, elogiado por S&P como «instrumental para evitar el colapso de la confianza de mercado» por su accionar con los pases a tres años, tendrá que salir de nuevo al ruedo. Para ser eficaz, deberá hacer lo que menos le gusta. Apuntalar directamente los mercados de deuda soberana. Que provea una referencia estable de tasas de interés (aunque éstas se eleven un escalón) es todo lo que se precisa para afrontar el chubasco anunciado.

Francia, que había sorteado una amenaza similar de la agencia Fitch, perdió así la clasificación unánime AAA. Igual que Austria. Ubicados en categorías más modestas, Malta, Eslovaquia y Eslovenia también descendieron un peldaño. Italia y España (junto con Portugal y Chipre) bajaron dos casilleros en simultáneo. Italia es ahora un crédito BBB + en la opinión de S&P. España es A, apenas un matiz superior. Sólo 4 países en la eurozona conservan el status AAA: Alemania, Holanda, Finlandia y Luxemburgo. Y 3 ya perdieron la calificación de grado de inversión: Grecia, Portugal y Chipre. Y todavía no está dicha la última palabra. Únicamente Alemania y Eslovaquia ostentan un panorama estable. Los otros 14 países analizados se encuentran en capilla: S&P considera que existe una probabilidad de al menos el 33% de que sus ratings vuelvan a caer este año o el próximo. Grecia, que completa el listado de 17 miembros de la eurozona, no fue objeto del estudio (¿Un acto piadoso? No. Es que mientras se mantenga corriente en sus pagos no tiene otro subsuelo a donde ser despedido). Para cerrar la carnicería de la mesa examinadora: a Chipre y Portugal se les asignó una calificación 4 en recupero de activos. Esto es, en caso de incumplimiento, la agencia considera que las pérdidas para el inversor se ubicarán entre el 50% y el 70%.

¿Qué fue lo que más irritó en Francia? Si perder la calificación AAA es un insulto, que Gran Bretaña conserve la suya, lo convierte en una ofensa intolerable. ¿Se trata de una conspiración anglosajona? ¿No fue acaso S&P la que le rebanó el rótulo AAA a la Tesorería de su propio país? ¿Son mejores los números fiscales de Gran Bretaña que los de Francia? No. Pero Londres cuenta con su propio banco central y emite su moneda. A la hora de evaluar el riesgo de un percance crediticio, una diferencia sustancial.

Es tan fácil castigar a las agencias por haberse dormido con sus calificaciones grado de inversión y no anticipar la crisis que estalló en 2007-2008; como ahora rasgarse las vestiduras porque la decisión de S&P puede provocar -a la manera de una profecía autocumplida- un zafarrancho en cascada. Aunque si se quiere ser consistente, hay que decantarse por una crítica o la otra. Lo que importa: ¿son hoy las opiniones de las agencias una bisagra del sistema de crédito? No.

Si no se refuerza su estructura, la decisión de S&P entierra el status AAA de la Facilidad Europea de Estabilización Financiera (FEEF). Si el llamado «fondo de rescate» no pudo apalancarse antes, entonces, ahora será imposible (bajo el sistema de garantías a pro rata). Pero la necesidad de contar con la «gran bazuka» se acrecienta. ¿Cómo suplir el inconveniente? Queda claro después del éxito de la subasta de repos a tres años: la vía rápida es concederle al «fondo de rescate» la licencia de banco. Lo que siempre pidió Francia, y Alemania (y el BCE) siempre rechazó. ¿Cuál es la alternativa? Merkel insistirá con el Maastricht recargado, pese al fracaso. Europa carece ya de músculo a menos que migre a una unión fiscal y a una Tesorería común. La ventaja de conectar el fondo de rescate a la red del BCE es que se puede implementar sin demoras. Y no hay aquí más peligro de inflación que el que se corre actualmente con la asistencia masiva que le presta el BCE al sistema financiero (y que se prevé ampliar en febrero). El riesgo crediticio -lo que quita el sueño- bajaría en forma vertical. Francia sí tendría razón en considerarse a la par que Inglaterra.

Nadie diría mirando los rendimientos de la deuda de Japón, o de EE.UU., que ya no son países con una calificación AAA impecable. El trauma de la pérdida de status de crédito se limitó a la absorción del impacto directo causado por los anuncios. En el caso reciente de EE.UU., ese trauma no afectó nunca a la deuda rebajada de categoría -ni al dólar- sino a todos los demás activos de riesgo, dentro y fuera del país (lo que obliga a repensar cuál es el verdadero alcance de las calificaciones). Mientras Europa decide qué hacer, Mario Draghi deberá ocuparse -con el programa de compras de activos- de evitar que la decisión de S&P descarrile de nuevo las condiciones financieras. A decir verdad, el viernes Wall Street navegó sin mayores problemas. Pero la idea de un BCE maniatado por sus propios pruritos es como una invitación a lanzar piedras. El 21 de diciembre cuando el BCE colocó pases a tres años por 490 mil millones de euros, la inyección neta de recursos fue de 210 mil millones. Lo mismo que toda la cartera de deuda pública que compró el BCE (213 mil millones) desde que comenzó la crisis. Vertidos de un plumazo. Queda claro que si amaga con sólo una fracción de ese despliegue, el BCE puede aplacar cualquier conato de temporal. Lo que habrá que ver (de presentarse la necesidad) es si existe esa voluntad.

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