19 de septiembre 2012 - 00:00

Draghi hizo su trabajo (ahora espera a Rajoy)

Después de mucho bregar, el presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, obtuvo lo que pedía (junto con su par italiano Mario Monti): el BCE le pondrá el pecho a la deuda soberana, y lo hará con un objetivo de tasa de interés en mente. España ya no estará a la intemperie, luchando contra las vicisitudes adversas con las espaldas descubiertas y a la merced del humor de los mercados. La promesa de intervención del BCE cotiza por anticipado. La prima de riesgo de país se desmoronó 200 puntos base desde que Mario Draghi, el hombre fuerte en Francfort, emitiera un primer anuncio. Y las acciones del IBEX de Madrid remontaron el 37% en clara demostración de que el viraje del BCE obliga a reconsiderar las apuestas en contra de los activos españoles aunque nadie abrigue la esperanza de que la doble recesión revierta pronto. Pero lo que se acabó, a juzgar por el susodicho reacomodamiento, es el juego impune del tiro al pichón.

Todavía el BCE no compró un solo papel en el marco de su nuevo enfoque. Y no lo hará si el país beneficiario no se aviene antes a solicitar un programa formal de rescate (y si luego no cumple las metas). La especulación de que se ensayaría el debut de las transacciones monetarias directas con Portugal -tal el nombre de las operaciones de compra-quedó fuera de combate cuando Draghi precisó que el esquema no regiría para quienes no tengan acceso a los mercados voluntarios de capitales. Sí o sí, entonces, el rodaje de la estrategia pasa por España (en soledad o en compañía de Italia). Será la decisión de Rajoy de pedir el salvataje convencional lo que determine su efectiva puesta en marcha. Resolución que no ha tomado, que prefiriría esquivar y que dilatará todo lo posible (aun a sabiendas de que, a la postre, será inevitable).

A esta altura puede decirse que Europa terminó de montar la gran bazuca que pregonaba el secretario del Tesoro de EE.UU., «Tim» Geithner, en 2011. El Tribunal de Karlsruhe dictaminó la constitucionalidad del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE) y así quitó la última sospecha sobre la implementación de los fondos europeos de rescate (la combinación de los fondos FEEF y MEDE). Ese muro cortafuegos se refuerza ahora con la posibilidad de sacar provecho de las transacciones monetarias directas del BCE. En los hechos, los recursos fiscales limitados del eje FEEF- MEDE podrán apalancarse (como también lo pedía Geithner) bajo el paraguas que abre el BCE. Como muestra basta un botón: el costo de financiamiento del FEEF es negativo y, en esa línea, ayer colocó obligaciones propias a seis meses a una tasa de - (menos) 0,0181%. Si el BCE se aboca a mantener los tipos de interés hasta tres años bajos y estables, y si los fondos de rescate toman a su cargo el patrullaje de la parte larga de la curva de bonos, apostar contra la deuda de la región no será muy distinto de querer embestir contra los títulos del Tesoro de EE.UU. La novedad europea es que la infraestructura básica para tal división del trabajo ya se instaló. Lo que falta es probar cómo funciona.

De acuerdo con el guión original que esbozó Draghi, Rajoy tendría que efectuar la próxima movida. Pero no lo hará si no es bajo intensa presión. En todo caso, Rajoy desearía que Italia lo acompañe. Roma, por su parte, quiere todo lo contrario: que se sacrifique España, que no demore el asunto (so pena de forzar una escaramuza en los mercados), que se demuestre que el andamiaje creado es una muralla de contención eficaz y que la crisis, de una vez por todas, quede atrapada en sus redes. Francia piensa lo mismo -sea España sola, o España e Italia juntas, las que reciban la hostia-, lo que a París le importa es que la crisis no cruce los Pirineos. Pero si esta mano tensa de póker estaba en los cálculos, lo que sí puede sorprender es que Alemania -el campeón del ajuste- prefiera no precipitar la materia. Si Rajoy no padece un acoso mayor es porque la canciller Merkel tampoco exhibe urgencias. De momento, Berlín no está incómoda con la solución «de boquilla». No apura el reloj. Es que la política interna talla fuerte en las dos capitales. Las elecciones en Galicia y el País Vasco desvelan a Rajoy; los resquemores del Bundesbank, de la prensa y una opinión pública muy dividida preocupan a la líder germana. Sin ánimo de precisión puede decirse que media Alemania está en contra de la intervención del BCE. Con el aval de Merkel, Draghi cortó el cordón umbilical que unía al BCE con el Bundesbank y no es fácil convencer a los incrédulos de que el camino tomado no sea el atajo a males mayores. Para peor, Jens Weidmann, el presidente del Bundesbank, es un tenaz predicador de los riesgos que supone la iniciativa. Y tiene razón: todos los peligros potenciales que enumera son calamidades que podrían ocurrir. Lo que el exasesor económico de la canciller no menciona es la certeza de una catástrofe si no se cambiaba el rumbo. Merkel (como con Grecia) eligió el mal menor, pero debe lidiar con sus consecuencias y tratar de achicar la pérdidas de reputación ya que también ella, el año próximo, deberá medirse en las urnas. Así mientras España no requiera formalmente el rescate, el BCE tampoco comprará deuda soberana, no podrá agitarse el fantasma de la «emisión sin control de dinero», y toda la discusión será en abstracto, sobre una materia de principios. Se facilitará su digestión. A cambio, Merkel podrá mostrar, en el haber de su balance personal, el control de la crisis continental (algo que el mundo empresario alemán le solicita cada vez con mayor énfasis) y se atajará a tiempo la erosión que ya permea la actividad económica.

¿Alcanzará con una venia tácita de Merkel para preservar la estabilidad de las finanzas? ¿Aceptarán los mercados extender la tregua? No, ad infinitum. Pero en el corto plazo la política tiene la llave maestra. Apostar en contra supone ahora riesgos difíciles de cubrir. Con solo anunciar el hipotético inicio de conversaciones se puede arrasar una posición corta.

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