4 de octubre 2010 - 00:00

Duros como una roca, Los Picapiedras cumplieron 50

Pese a todos los anacronismos, entre ellos sus aspectos técnicos que hoy parecen de la Edad de Piedra, los chicos de todo el mundo siguen pegándose al televisor cuando suena el leitmotiv de Los Picapiedras.
Pese a todos los anacronismos, entre ellos sus aspectos técnicos que hoy parecen de la Edad de Piedra, los chicos de todo el mundo siguen pegándose al televisor cuando suena el leitmotiv de Los Picapiedras.
En el Hemisferio Norte, septiembre equivale al marzo del sur: comienzan las clases, es de hecho el inicio del año económico, y las cadenas de TV lanzan las nuevas temporadas de sus programaciones. Así fue que el 30 de septiembre de 1960 la ABC-tradicionalmente tercera en los ratings, detrás de la NBC y la CBS- puso en el aire el primer capítulo de una serie de dibujos animados cuyos personajes cumplieron el jueves 50 años.

Son Fred y Wilma Flintstone, Barney y Betty Rubble o, como se los conoció en el mundo hispanoparlante, Pedro y Vilma Picapiedras; Pablo y Betty Mármol. También de Dino, el perro de los Picapiedras; los chicos llegarían años más tarde.

A pesar de una serie de animación (hecha con recursos técnicos que hoy verdaderamente parecen de la Edad de Piedra), la serie tenía la clásica estructura de la «sit-com» (comedia de situaciones), sobre todo de los años 60: dos parejas de vecinos que interactúan, una de ellas (los Mármol) que no pueden tener hijos y adoptan a Bam-Bam, dos esposos «red neck» (de clase trabajadora) y dos esposas que permanecen en el hogar cuidándolo (los Picapiedras tienen una hija biológica, contemporánea de Bam-Bam, la encantadora Pebbles).

El modelo, según confesaron sus creadores William Hanna y Joseph Barbera, fue la serie más exitosa de la época, The Honeymooners, cuyo protagonista era el chofer de ómnibus Ralph Cramden (interpretado por Jackie Gleason), una especie de troglodita transplantado al Nueva York de los 50 y 60.

En la Argentina el éxito fue instantáneo: quienes rondan el medio siglo de vida recuerdan sin dudas las noches junto a sus familias mirando este show que, por su popularidad, iba en horario central y no en el nicho de los programas infantiles.

En Estados Unidos pasaba lo mismo: no sólo era una serie pensada para adultos sino que sus primeras temporadas fueron auspiciadas por los cigarrillos Winston, algo impensable hoy. También los guionistas eran para adultos: dos de sus escritores originales habían sido «robados» del staff de The Honeymooners.

¿Cuál era el encanto de esos dibujos que aquí se veían en blanco y negro, obviamente? El juego que hacían entre una escenografía prehistórica en la que se intercalaban hechos y objetos de la «modernidad» de entonces.

Lo paradójico es que un chico de hoy no vería la diferencia: los Flintstones/Picapiedras no tenían consolas de juegos, PCs, teléfonos celulares, reproductores de MP4...

Los nombres de los personajes célebres de la época se alteraban para darles una característica «rocosa», aún cuando el original no lo justificara: en algún capítulo pasaron por la pantalla «Mick Jadestone & The Rolling Boulders» («Jagger» se convertía en «piedra de jade» y los «stones» en «cantos rodados»). Otros eran más obvios: Cary Grant era Cary Granito. También Tony Curtis, que falleció el jueves último, el mismo día del cumpleaños de Pedro, se convirtió en Stony Curtis.

Podría arriesgarse que cada capítulo contenía tres momentos clave que todos recuerdan hoy y esperaban entonces: la canción que abría y cerraba el show («Meet the Flintstones»), la expresión de júbilo de Pedro, «¡Yabba-dabba-doo!» y la escena final con el protagonista golpeando la puerta de su propia casa (de piedra, claro), pidiéndole a Vilma que le abriera.

A fines de la temporada 1966, Pedro se quedó definitivamente del lado de afuera de la casa: ABC decidió cancelar la serie y relegar las repeticiones al horario tradicional (en ese país) de los programas infantiles: el sábado a la mañana. En la década siguiente se la resucitó, ya con Pebbles (literalmente «piedritas») y Bam-Bam como adolescentes. No hubo suerte. Le fue mejor al filme protagonizado por John Goodman y Elizabeth Perkins en 1994, pero su secuela ambientada en «Rock Vegas» no se acercó ni al éxito ni al espíritu del original.

The Flintstones/Los Picapiedras duraron siete temporadas, con un total de 144 capítulos de media hora. No parece demasiado si se lo compara con otras series que duraron más de una década («La Ley y el Orden», por citar una de las más recientes). Sin embargo, y pese a todos los anacronismos -hoy a dos puntas: los del pasado con animales haciendo las veces de máquinas, y los del presente, por la falta de aparatos que hoy forman parte de la vida cotidiana-, los chicos de todo el mundo siguen pegándose a la pantalla cuando suena «Flintstones, meet the Flintstones, theyre a part of human history». Es que, sin dudas, los Picapiedras parecen ser una parte de la historia de la humanidad; una parte módica sin dudas, pero parte al fin.

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