1 de octubre 2009 - 00:00

EE.UU.: el problema ahora es el crédito

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
La crisis no terminó -y mucho menos se canceló la factura- pero su presencia ya no conduce ni define la agenda. Los problemas que aún se arrastran, y todavía restan resolverse, no son cambio chico. No obstante, no merman los bríos de los activos de riesgo ni de las Bolsas. Tampoco son escollo para impedir el crecimiento de la economía global. El Fondo Monetario Internacional, en su estimación más flamante, considera que los quebrantos que deberá absorber el sistema financiero bordean los 3,4 billones de dólares. La cuenta tentativa en cabeza de los bancos suma 2,8 billones. Lo que las entidades reconocieron hasta mediados de año es menos de la mitad: 1,3 billón. Ese oleaje, antes de franquear el umbral de un billón, bastó para hundir a Lehman Brothers y causar terrible zozobra. Y, sin embargo, la expectativa de un caudal superior de pérdidas por venir ya no produce desvelo ni agitación. El propio Fondo elevó su pronóstico de crecimiento mundial al 3 por ciento para 2010. De todos los éxitos de la estrategia de estabilización, éste, por cierto, es uno de los más notables.

Quien examine la situación del crédito encontrará que el deterioro de la cobranza persiste en aumento. Veánse, a modo de muestra, las cifras del segundo trimestre en los EE.UU. En la esfera de los bancos comerciales, los quebrantos hipotecarios (con cargo a resultados) alcanzaron al 2,17 por ciento del total de dichos préstamos. Si se inspecciona la cantera de futuros dolores de cabeza -las hipotecas en estado irregular, que acumulan atrasos en sus pagos de 30 días o más- se observa que más del 8 por ciento yace en mora. Y el problema ya no son sólo las hipotecas subprime ni tan siquiera las residenciales. Un 8,84 por ciento de los préstamos de vivienda está en situación de retraso; un 7,91 por ciento de las hipotecas comerciales (que financian desde oficinas y hoteles hasta centros comerciales), también. No es casual que los pequeños bancos de comunidad caigan como moscas cada fin de semana en los EE.UU. (ya suman 95 en lo que va de 2009). No hay red de seguridad para las instituciones que no entrañan riesgo sistémico. Pero, además, estas instituciones concentran la mitad de su cartera en hipotecas comerciales (y, con frecuencia, sin diversificación fuera de su estrecha geografía de pertenencia). Es más, como lo recalca el Fondo Monetario, un doce por ciento de todos los bancos de los EE.UU. acarrea una exposición a las hipotecas comerciales cinco veces mayor a su capital (tier 1). Si la mirada se posa sobre los préstamos de consumo, la coyuntura tampoco luce promisoria. Basta hojear los guarismos de las tarjetas de crédito: la tasa de pérdidas alcanzó un 9,55 por ciento (y un 6,70 por ciento de las financiaciones en revista en mora). Nadie debería sorprenderse. Se sabe de la existencia de abundantes activos problemáticos. Inclusive, se pensó que el contribuyente tendría que hacerse cargo de girarlos desde el balance de los bancos a las arcas del Tesoro -en marzo, el secretario Geithner anunció el programa PPIP con un presupuesto potencial de un billón de dólares para cumplir tal finalidad- . Pero, en definitiva, el temporal amainó mucho antes de que se alistara la flota de remolcadores. En consecuencia, los activos tóxicos todavía permanecen en el armario de la banca. Es natural, pues, que desde allí continúen destilando su cuota de veneno.

Peligro

Se comprende por qué nadie sugiere levantar la aplicación vigorosa de las políticas de apoyo extraordinario. En esta fase de transición, de la caída libre a la recuperación, en las palabras del Grupo de los 20, el mayor peligro que acecha es el de sufrir una recaída; un traspié que les devuelva protagonismo a las dificultades que faltan digerir. Y no hay dudas de que la interacción entre las averías del crédito y la exposición de los bancos constituye una grave amenaza.

Sin embargo, hay razones para justificar un optimismo moderado. Que se afiance la recuperación -sobre todo, que repunten las cotizaciones de los activos de riesgo- tiende a reparar, en el margen, la propia erosión del crédito. La estimación de quebrantos del Fondo Monetario, seis meses atrás, suponía que la cuenta de los destrozos excedería los 4 billones de dólares. Los vientos favorables que soplan desde marzo alentaron una reducción de 600 mil millones de dólares en esa contabilidad; a caballo de la distensión financiera, los mejores precios y menores spreads. Un mojón clave que aportó la fortaleza de las Bolsas fue que detuvo la corrida contra el capital de los bancos (y, a su vez, en la medida en que los inversores apostaron a favor de los papeles bancarios, se realimentó la suba general de las pizarras). En el intervalo, los exámenes de estrés fueron una obra maestra en el manejo de las expectativas. Bajo su impronta, la banca retomó el acceso a las fuentes de capital privado dejando de lado el fantasma de la nacionalización inexorable (aunque, como se sabe, las pruebas llegaron demasiado tarde para evitar la cesión del 34 por ciento del paquete accionario de Citigroup).

Un sistema financiero que nada en la abundancia de reservas excedentes, que puede acceder a capital adicional a precios de mercado, y que, en el margen, retiene una capacidad de generación de ganancias no desdeñable (unos 300 mil millones de dólares al año), puede afrontar una corriente importante de quebrantos -como la que el FMI vaticina- si su absorción se distribuye en el tiempo. Ésa es la buena noticia. La mala ya se comentó el lunes en esta columna. Y el FMI la suscribe: la posición patrimonial de la banca es magra. Si no se la refuerza desde afuera, el sistema no tendrá capacidad para expandir el crédito. En cuyo caso, la recuperación económica no podrá desplegarse a sus anchas sin tropezar, tarde o temprano, con un límite riguroso. Para que el crédito fluya, en esas condiciones adversas, el Fondo reconoce que las políticas públicas deberán permanecer activas por mucho tiempo más.

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