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Eficaz culebrón de Miller
Ana María Picchio y Lito Cruz se destacan en el desparejo elenco de una obra de Arthur Miller de alcance popular, con intrigas bien elaboradas y personajes de fácil identificación.
El dilema moral que plantea esta pieza de Arthur Miller, estrenada en Nueva York, en 1947, va más allá de la específica coyuntura social delineada por el autor. Miller no se limitó a criticar a quienes lucraron con la guerra (la obra está basada en un episodio real, publicado en un diario de Ohio), sino que aprovechó esta circunstancia para adentrarse de lleno en los vínculos paterno-filiales.
Para el «ibseniano» Miller todo acto individual tiene importantes consecuencias en el plano social y más aún en el entorno familiar, donde los errores y deslices paternos afectan el destino de los hijos en forma inexorable.
Joe Keller, el protagonista de esta historia, es un honorable padre de familia, muy admirado por sus hijos. Pese a su escasa instrucción ha logrado convertirse en un próspero industrial, hasta que estalla la guerra y su temor a la bancarrota lo lleva a estafar a la fuerza aérea con la entrega de varias piezas falladas que ocasionan la muerte de 21 pilotos. Joe le echa toda la culpa a su socio y sigue adelante con su vida sumergido en el autoengaño (recién cuando su secreto se empiece a desmoronar dirá que lo hizo por su familia). Cuenta con todo el apoyo de su esposa Kate, enérgica y manipuladora pese a su obsesión por su hijo Larry (desaparecido en acción mientras piloteaba un avión). Tres años y medio después, todavía cree que está vivo y que pronto regresará al hogar para casarse con su noviecita (hija del ex socio de su marido). Pero la chica ahora anda en amores con Chris, el otro hijo de los Keller, un idealista y ex combatiente, que al volver del frente descubre, indignado, el egoísmo y la indiferencia de sus compatriotas.
«Todos eran mis hijos» tiene visos de culebrón: héroes de guerra atormentados, fortunas originadas en actos corruptos, suicidios, amores prohibidos, secretos a voces, vecinos que se aprovechan de la desgracia ajena, y una carta leída en voz alta varios años después de recibida, que hace que el conflicto en curso se transforme en tragedia.
Miller se vale de estos elementos para crear un teatro de alcance popular, que atrapa al espectador con intrigas bien elaboradas y personajes de fácil identificación. También abundan las escenas de color -bien explotadas por el director Claudio Tolcachir- en manos de figuras secundarias que encarnan el espíritu de la época y alivianan con su humor el funesto clima de amenaza que se cierne sobre los protagonistas. La puesta es dinámica y sostiene muy bien la intriga. En cambio, las actuaciones exhiben un nivel desparejo. Algunos intérpretes tienden a actuar «lo que se dice» (literalmente, sin subterfugios ni contradicciones). Eso le quita fuerza a los secretos y enigmas que entretejen la obra.
De todas maneras, el público responde con desbordante entusiasmo a esta propuesta, una de las más exitosas del circuito comercial. Se destaca la pareja central (Lito Cruz y Ana María Picchio) y la simpática intervención de Marina Bellati, como la joven vecina que se dedicó a tener hijos.


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