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El 11-M cristinista, nostalgia de lo que Kirchner desactivó
El retorno transversal, siete años después del show que parió al kirchnerismo. Celos, citas y Roces
Néstor Kirchner, Daniel Filmus, Agustín Rossi, Martín Sabbatella, Carlos Kunkel
La cumbre, en Parque Norte, quedó registraba en el calendario K como la primera algarada transversal, aunque contra reloj el presidente ordenó ampliar la convocatoria -programada como una junta de kirchneristas puros- a caciques del peronismo. Se plegaron, entonces, intendentes y gobernadores.
La idea había surgido en las tenidas del grupo Michelangelo que, comandado por Carlos Kunkel, alumbró como núcleo para reunir a exmilitantes de La Tendencia de los 70 que habían despegado del PJ o, directamente, se habían refugiado en otros oficios, alejados de la militancia.
Aparecían, también, Confluencia Argentina del luego senador Marcelo Fuentes y, entre otros, la FTV de Luis DElía, que aquella tarde se trenzó en un debate a puños y fierrazos con una tropa de Camioneros que desfiló para escoltar a Hugo Moyano, aún en etapa de «estudio» mutuo con Kirchner.
Aquel 11 de marzo (de 2004) marcó el inicio público de un proceso: el juego de seducción, dual, de Kirchner con el peronismo institucionalizado -gobernadores, intendentes, gremios- donde combinó coqueteos con sectores anti-PJ, un esquema de premios y castigos y, además, el encanto de sus índices de adhesión pública.
En el encuentro de Parque Norte, los intendentes y gobernadores que fueron temían quedar fuera del aura positiva que tenía Kirchner. La célebre verdad número veintiuno del peronismo: correr en auxilio de los vencedores. La regla se aplicó con fatalismo un año después, cuando se produjo la batalla electoral Kirchner-Duhalde.
Este viernes, ante una multitud (que promete multiplicarse varias veces respecto de los 5 mil que estuvieron en Parque Norte en 2004) y en la misma fecha, con su reivindicada impronta camporista, Cristina de Kirchner cerrará el acto de la Corriente Nacional de la Militancia (CNM) en el estadio de Huracán.
Hasta los sellos convocantes se replican: la de Kirchner fue Primer Encuentro Nacional de la Militancia y, como en aquella ocasión, el núcleo inicial desde donde surgió el encuentro tiene su raíz setentista -lo comenzó a promover el Movimiento Evita- y en su primer formato se planeó como versión, si no anti, al menos, no pejotista.
El pedido, emitido de Casa Rosada, de «no generar tensiones» con el peronismo clásico, los vínculos entre la cúpula de la CNM con algunos de los referentes del PJ y el objetivo, además, de abarcar a «todo el kirchnerismo» derivaron en una invitación genérica que irá de Moyano a Jorge Capitanich, de intendentes del conurbano a Daniel Scioli.
Además de ministros y candidatos múltiples que, por ahora, quedarán expresamente excluidos de los micrófonos: por caso, Agustín Rossi y Daniel Filmus, con butacas en el sexteto conductor de la CNM, no hablarán para que la tarima no se use como marquesina propia. Esa excusa, que sólo exime a Cristina, también borró a Scioli de la lista de oradores.
Pero, en la esencia, el acto del viernes, que la Presidente aceptó bendecir con su presencia, forma parte de una apuesta de los sectores transversales -confluyen ahí desde el Frente Transversal hasta el PI, el Partido Humanista, la CTA de Hugo Yasky, el Peronismo Revolucionario y, entre otros, socialistas K- para convertirse en la tercera pata del armado K: las otras dos, claro, la conforman la CGT y el PJ.
Cruzada por tensiones íntimas, que van desde los matices respecto de quién debería ser el candidato K en la Capital (el Evita apoya a Filmus, el Frente Transversal mira a Amado Boudou, la JP Descamisados respalda a Carlos Tomada), recelos por una «sobreperonización» de la cúpula.
El ruido es más intenso en la provincia: la empatía con Scioli que promovió el Evita chocó con las posturas de otros sectores que ven con buenos ojos a Martín Sabbatella. De allí surgió la hipótesis de impulsar un entendimiento con el dirigente de Morón si éste lleva, como se da por hecho, la boleta presidencial K.
Como gran paraguas aparece la urgencia por conformar un polo autónomo desde donde buscar ser protagonistas dentro del kirchnerismo. Subyace, en la convivencia dentro de la Corriente, como -sobre todo- en el vínculo con los demás actores del universo K, el gran dilema: cómo se repartirán las candidaturas de octubre.
Pragmática o no, la valoración de todo espacio político se establece según sus votos y, en caso de las fracciones internas, en función del número y la trascendencia de los candidatos que consigue en el reparto.
El acto del viernes, entre gritos y proclamas sobre Cristina 2011, tendrá esencialmente ese espíritu: dar una señal de fuerza, reunir a más de 50 mil personas en un estadio, instalar la certeza de que es un sector que no se puede obviar en la distribución de poder K.
En eso, el modo es similar a los que usan el PJ y Moyano. De hecho, el jefe de la CGT prepara su propio show masivo: será para celebrar el Día del Trabajador y en la 9 de Julio. Lo hizo en 2009 para reclamar espacios para los gremios en las listas del PJ. Lo repetirá, ahora dirigido a Cristina, este año.
A pesar de que Kirchner, en persona, «premió» con cargos y candidaturas a referentes transversales, ese abanico incierto jamás logró tomar entidad como núcleo político y electoral. Se intentó, por primera vez, en 2004, pero Kirchner lo desactivó; con un dejo de nostalgia, se volverá a intentar este viernes, otro 11 de marzo.


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