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El “4 a 1” atrae a las grandes bandas
Paul McCartney entregó uno de los grandes momentos musicales de 2010 en la Argentina
Esta enumeración, aunque sorprendente, es parcial, incompleta y caótica en su organización; pero en cualquier caso sirve para iniciar el análisis de lo que fue el año que termina en materia musical y, de algún modo, suponer cómo se proyecta el naciente 2011.
Las primeras reflexiones son obvias y de sentido común. Por un lado, sigue quedando expuesta la macrocefalia de nuestro país. Salvo poquísimas excepciones -Serrat, Chayanne, Luis Miguel y pocos más- cuando hablamos de grandes producciones internacionales en la Argentina, nos estamos refiriendo en realidad a la Ciudad de Buenos Aires.
Pasa el tiempo, pasan los gobiernos, cambian las situaciones económicas, pero esta hegemonía centralista sigue marcando la agenda de la cultura y, específicamente, de la música. Una segunda observación también cae por su peso. Hay pocos géneros del arte -o del «entretenimiento», si se prefiere, con más amplitud mental- como la música popular, tan sensibles a los vaivenes de la economía y, en particular, a lo concerniente a la relación peso-dólar.
Muchos secretarios y ministros de cultura de la Ciudad de Buenos Aires -e inclusive muchos de los ciudadanos porteños de a pie- aseguran que viven en uno de los centros culturales más importantes de América; y hasta se atreven a pensar ese liderazgo en términos mundiales. Esa afirmación puede tener algo de verdad, si se piensa que aún en tiempos de crisis es mucha la gente con ganas de hacer cosas que se expresa y que muestra permanentemente el producto de su trabajo artístico y artesanal; y muchos también los que quieren disfrutarlo.
Es obvio que cuando las vacas están un poco más gordas la actividad se multiplica llamativamente. Y más obvio aún, que cuando la relación cambiaria empieza a acercar la brecha entre nuestra moneda y la de los Estados Unidos -la que se usa, claro, para pagar cachets internacionales- los conciertos se amontonan y Buenos Aires empieza a parecerse, sí, a las grandes capitales del mundo. Seguramente, hay unos cuantos de esos artistas mencionados en el arranque de esta nota -Serrat, Sabina, Drexler, Iglesias, Veloso, Fattoruso y algún otro- que son visitas habituales y se «bancan» inclusive los tiempos de malaria o de cambio desfavorable; pero son precisamente pocos.
Por eso, no es disparatado que muchos hayan comenzado a preguntarse si esta movida 2010 no tuvo reminiscencias de lo que fue el apogeo del «1 a 1». Y aunque, por supuesto, nuestro fuerte no es la economía, parece que efectivamente la relación actual se parece mucho a aquélla y que volvió a ser un muy buen negocio traer artistas desde más allá de las fronteras, ponerlos en estadios, cobrar entradas que en principio suenan absurdas -¡para McCartney llegó a haber localidades de más de $ 6.000!-, llenar los lugares y hacer buena diferencia. Más allá de estas cuestiones surgidas de una primera observación, empiezan a aparecer otros aspectos sobre los que vale la pena reflexionar.
El primero tiene que ver con la pregunta sobre dónde queda la música hecha en la Argentina en relación con esas enormes producciones multinacionales. Y entonces, hay que decir que la economía vuelve a ocupar el centro del análisis. Son muy escasos los artistas de nuestro país -Andrés Calamaro, Fito Páez, Charly García, Diego Torres, las propuestas musicales del Cris Morena Group como TeenAngels, Soledad, el Chaqueño Palavecino, Divididos, el Indio Solari, Luciano Pereyra y pocos más- que hoy pueden competir en igualdad de condiciones con los que vienen de afuera y llenar con comodidad espacios grandes.
El resto, con más o menos suerte, transpira la camiseta, recorre el país no siempre en los más veloces medios de transporte, reitera espectáculos en festivales veraniegos -sobre todo, los folkloristas- actúa en pubs, bares o teatros pequeños, o tiene que jugarse todo en campañas de prensa y publicidad para arrimar una convocatoria digna en salas con mayor aforo.
Claro que el aumento en la capacidad de consumo de algunos sectores medios, y aun medio-bajos, hace que «la noche» musical de los fines de semana muestre una actividad intensa de modo que, en la suma de todos quienes salen de sus casas para escuchar música, se transforme en masiva. Pero esa parte de la torta, la que queda después de la «invasión» -palabra que usan muchos artistas y productores locales- extranjera, se reparte entre tantas cabezas que es relativamente poco lo que le toca a cada uno. Otro aspecto que sigue quedando en evidencia -y que seguramente se irá afirmando con los próximos años- es que «el soporte disco», el CD en su formato en uso, no es ya el modo más elegido de encontrarse con la música.
Posiblemente, no haya habido época en que se haya escuchado más música que en la actual: radio y televisión, pero sobre todo Internet -pagando lo que se baja o pirateado- ofrecen tal variedad sonora que todo parece estar al alcance de cualquier mano, aún de las menos favorecidas por la economía. Posiblemente también, debe de haber habido pocas épocas en que tanta gente hiciera su propio álbum. Si bien sigue significando un esfuerzo para muchos obtener el dinero para producirlo, los costos y las herramientas técnicas están mucho más cercanas y son unos cuantos los organismos públicos -sobre todo en Buenos Aires - que facilitan esa tarea a través de créditos o subsidios.
La parte buena, claro, es que la oferta se multiplica, la distancia entre artistas y público parece acortarse y la producción no es ya un derecho exclusivo de los que están en la cima de la pirámide. La contraparte, es que al distorsionarse un poco «el mercado» -la oferta supera ampliamente a la demanda- se graban y se fabrican cientos de discos que casi nadie compra y, lo que es más extraño, que la mayoría no llega siquiera a saber que existen. Entonces, esos discos funcionan muchas veces más como tarjeta de presentación sonora para conseguir un lugar en los escenarios y «ganarse el puchero» con los conciertos en vivo que como un fin en sí mismos.
Dinero
¿Por qué una nota de balance y prospección tan concentrada en las cuestiones económicas? No es porque estamos hablando desde un diario que pone allí su atención principal. Es que lo que hace a lo cultural, a lo estético, a lo más intrínsecamente musical, deja -pese a esa enorme actividad productiva- muy poco para el entusiasmo. Si volvemos la vista sobre los extranjeros que han estado visitándonos, no nos encontramos con sorpresas prácticamente de ningún tipo. Han habido este año algunos grandes momentos, por supuesto; y, por caso, siempre es un gusto reencontrarse con grandes artistas o con figuras que han marcado la historia de la música en el siglo pasado. Pero si, en ese mismo sentido, pensamos que el punto culminante de 2010 fue la llegada por segunda vez del ex Beatle Paul McCartney y sus dos River colmados a precios exorbitantes, nos damos cuenta de lo poco que hay de nuevo; si es que «lo nuevo» sigue siendo un valor para la mayoría, como lo es para nosotros.
Por el lado de lo argentino, tampoco hay mucho de qué hablar y la prematura muerte de Sandro terminó siendo una de las noticias salientes de la temporada que concluye. El folklore, cada vez más virado hacia la balada -sobre todo en sus expresiones más multitudinarias- conserva en general su muy buena convocatoria, pero está aportando poco para el futuro. Y siguen siendo emblemáticos nombres como los del Chango Farías Gómez, Teresa Parodi, Peteco Carabajal, Raúl Carnota, Manolo Juárez, Juan Falú y pocos más con inquietudes de no dormirse en los laureles.
El tango, con muchísimo menos público, aunque con una impresionante cantidad de discos publicados, se debate entre transformarse definitivamente en un género de museo -el «patrimonio intangible de la humanidad» según la UNESCO- reciclado, reversionado, releído, reinterpretado, o encontrar nuevas cosas para decir sin olvidarse del pasado, como sucede con los casos excepcionales de Sonia Possetti, Gustavo Beytelman, Violentango y pocos más. Este año se han ido un par de artistas importantes: Aníbal Arias y Rubén Juárez. Afortunadamente, hay algunos artistas con más historia -Mariano Mores, Leopoldo Federico, algún arresto excepcional de Horacio Salgán, el «Tata» Cedrón, Horacio Molina- que siguen dando que hablar sostenidos, claro, en sus estilos instalados.
Pero las camadas más nuevas siguen conformándose en su mayoría con repetir lo conocido intentando ganar espacios en los pocos medios dedicados al género, en los festivales oficiales o en el entusiasmo de algún productor que los lleve a Europa o a Japón y les salve el año. Nada hace pensar que 2011 tenga muchas diferencias con el año que termina. Aparentemente, el dólar no va a crecer brutalmente, con lo que la relación se mantendrá similar a la actual y, en consecuencia, volveremos a tener «invasión extranjera».
Al momento de cierre de este anuario, hay muchos rumores; se habla por ejemplo de posibles presentaciones de Iron Maiden, Mötley Crüe, Roger Waters y su «The Wall», Slash, Alice Cooper, Lady Gaga, Pearl Jam y hasta de The Rolling Stones para finales del año. Por el momento, sí podemos confirmar las llegadas de U2 y BB King para marzo y de Motorhead en abril. Pero queda bien claro que la lista de certezas y rumores crecerá a medida que vayan pasando los días. n


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