“El actor de teatro es una hoja en la tormenta”

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«Hay un público de teatro que va a tal o cual sala y sigue a un director. Eso es también prejuicio, como la gran mayoría, que no va al teatro porque cree que es estrafalario y no lo entenderá. Lo que intento es sacar el prejuicio de unos y de otros. Hay público para todo, el que va para reflexionar y el que quiere ver la cirugía del famoso, o si su diamante es verdadero y hasta le da un tirón de pelo a la salida para comprobar si usa peluca o extensiones», señala Mónica Cabrera, que presenta «Dolly Guzmán no está loca», los miércoles y sábados en La Carpintería. Pronto también integrará el elenco de «Ceremonia secreta» con dirección de Oscar Barney Finn, que se estrena en julio en el Margarita Xirgu. Además, la semana pasada recibió la nominación al premio Konex en el rubro Unipersonal, junto a Ana María Bovo, Juan Pablo Geretto, Virginia Innocenti y Beatriz Spelzini. También está nominada al Martín Fierro como actriz de reparto por su personaje en «Malparida».

Al respecto, Cabrera sostiene que le gustaría volver a la TV, pero con un papel más protagónico. «Es muy duro tener que hacer algo con un minipersonaje que sólo dice Buen día. Se supone que el dinero que da la TV no se consigue de otra forma, porque es seguro. En cambio en teatro, sube la nafta, hay una ola polar o un piquete y van ocho, aunque uno haya hecho algo maravilloso. Uno es un barrilete, una hoja en la tormenta cuando hace teatro, la tele es más segura». Conversamos con la actriz sobre todos estos temas y otros:

Periodista: Después de mucho tiempo vuelve a ser dirigida por otra persona, en este caso Oscar Barney Finn, ¿cómo lo toma?

Mónica Cabrera:
Me dirigió Alejandra Boero hace muchos años, y después en TV y cine mucha gente. Ahora me va a dirigir Barney Finn, a quien no conozco personalmente. Es más cómodo que te dirijan, porque la responsabilidad es menor, se gana en tranquilidad, no hay tanta exposición. En mis espectáculos hago todo, desde la escritura hasta la interpretación, implica una gran exposición y la culpa será mía si algo sale mal. Si bien estamos en una era en la que todo se especializó con lo cual no dirige quien actúa o escribe, como no te arregla la muela el que te hace el esmalte, en cambio me inclino por esa cosmovisión más renacentista, por la que la idea de uno es tridimensional.

P.: ¿Y cómo es representar lo que escribe sola sobre el escenario, porque usted casi siempre interpreta unipersonales?

M.C.:
Tiene algo muy bueno en relación a realizar lo que uno tiene en la cabeza, pero también se sufre ese stress de la mirada del otro. Los animales en el zoológico tienen un lugarcito para estar fuera de la mirada del público porque se estresan.

P.: ¿Cómo será esta versión de «Ceremonia secreta» de Marco Denevi, una de las pocas novelas de un argentino adaptada por Hollywood?

M.C.:
Sé que el libro fue tomado de la palabra de Denevi, no hay reinvención. El adaptador siente gran afecto y atracción por la obra del autor con lo que creo que será muy respetado. Uno de los grandes atractivos es el regreso de Susana Rinaldi a la actuación. Ella es como Nacha Guevara, genera un impacto tan fuerte en el público, parece que sale el sol cuando pisa el escenario, tiene un aura especial. una energía que no he visto. Con Marilú Marini me pasó algo similar.

P.: En su unipersonal vuelve al personaje de Dolly Guzmán, ¿cómo avanza la historia respecto de su primera parte?

M.C.:
A Dolly la capturan y la llevan a un manicomio pero se escapa. Como le cortan la cabeza, está toda la obra buscándola, y tiene una lucha final con el psiquiatra Nemo. Despojada ella de su cabeza y de todo el prestigio, ahora toma pastillas, no cocaína, es decir, drogas institucionalizadas. Creo que el personaje se conoce más profundamente, tiene mas emoción y me meto además con el maltrato a las mujeres. Aparece el plano de la ensoñación, de cómo le cortan la cabeza, el público entra rápido en tema y me pregunta «¿Vos actuás sin cabeza?», ya aceptan que en una obra mía puede pasar cualquier cosa.

P.: A menudo construye personajes tocados por el sensacionalismo de la TV, el reality denigrante, los que piden mano dura o los que padecen ataques de pánico o locura. ¿Qué nuevos personajes está imaginando?

M.C.:
No construyo de ese modo, no tengo un recurso lógico para escribir, ni una idea previa. Empiezo y me cuento el cuento, luego cuando corrijo veo a qué se refiere el personaje y a dónde va. No es que veo un turco venciendo maní y pienso qué bueno hacer a su esposa, es la gente la que asocia y dice «este personaje es como tal».

P.: ¿Piensa en escribir para otro soporte que no sea el teatro?

M.C.:
Tengo la idea de hacer un largometraje, hace un año trabajo en el guión, porque quiero hacer una película, al menos una. Estoy más con eso, me cautiva más el acto de la creación, cómo se va a desarrollar, cómo la recibirá la gente y cuál será el juego. Los videos que hay en «Dolly no está loca» son un adelanto de mis ganas de dirigir cine.

P.: ¿Y escribir para TV?

M.C.:
Soy buena dialoguista, necesitaría un guionista que cuidara la estructura, sin embargo, lo que escribo me gustaría dirigirlo yo, de modo que es muy difícil. Es como entrar en una empresa mientras yo soy artesana, como que venga la empresa japonesa y yo estaba trenzando a mano. No soportaría tener que matar a un personaje porque al público no le guste.

P.: ¿Cuál es su personaje favorito y más entrañable?

M.C.:
Los quiero mucho, debe ser lo que le pasa a un ventrílocuo con su muñequito. Hay personajes que me dan más miedo porque son muy difíciles y puedo hacerlos sólo cuando estoy muy bien, porque están al límite, por ejemplo, La Chola de mi unipersonal «Arrabalera». Es tan desgraciada que es muy difícil. Lo mismo que las de «El sistema de la víctima», son mujeres que están muy abajo. Como si me lanzara en paracaídas, debo agarrarlos bien desde el principio porque si no no me puedo ubicar, les tengo miedo. Hay personajes más improvisadores para los que hay que estar de muy buen humor, como Amparo, la cantante enana, debo estar bien despabilada, para improvisar, como si fuera a hacer jazz.

P.: ¿Por qué dice que desde el teatro le quiere hablar a todo el mundo y no dejar afuera a nadie?

M.C.:
Ahora es diferente pero en los 80 había mucho teatro de la imagen y mucha gente se quedaba afuera, ahora hay un neonaturalismo donde los chicos hacen historias que se comprenden, la gente entiende. Sin embargo, el espectador a veces tiene el prejuicio de lo que se da en tal o cual sala, por ejemplo, hay gente que va a Timbre 4, al Rojas, a ver Veronese y van esperando eso. Y una gran mayoría que no va porque cree que eso es estrafalario y no entenderán. Lo que intento es sacar el prejuicio de los que creen que el teatro es plomo. El público del teatro comercial va a ver cómo se hacen realidad esos personajes oníricos.

P.: En este sentido, ¿su paso por la TV la acercó al público masivo?

M.C.:
Estar en TV me acercó a gente mas sencilla en su capacidad de abstracción, a aquellos más metidos en el sistema, menos críticos. Esa es la gente que me interesa porque es diferente a mí, tengo que traer a la sala al que me ignora, al que tenga más prejuicios y temor de aburrirse, a ése hay que traer al teatro para darle un sacudón y divertirlo o demostrarle que reflexionar no es amargarse la vida. Busco que se despejen, pero también que se espejen.

Entrevista de Carolina Liponetzky

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