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El ajuste global, de Vanderbilt a Pedraza
Enrique Szewach
En cuanto al transporte de pasajeros, sólo los ramales con mucho tráfico siguen siendo eficientes, en particular si se incluyen los verdaderos costos ambientales.
El «gran negocio» ferroviario, en el mundo, terminó hace mucho tiempo, en el marco de un cambio estructural fenomenal, aunque la desregulación y reprivatización de las últimas décadas lograron revitalizar este medio, pero para los servicios comentados.
Sin las grandes utilidades ferroviarias, la fortuna de los Vanderbilt se fue desgajando a lo largo del siglo XX, entre herencias y despilfarro. Marble House es hoy un museo.
Los cambios estructurales resultan irreversibles, por más que se puedan amortiguar sus efectos o hacerlos más lentos durante un tiempo. Eso es algo que siempre nos cuesta entender.
Durante muchos años, los Estados Unidos se especializaron en ofrecerle al mundo un mercado de capitales seguro y de proveerle, entre otras cosas, la moneda de reserva. A esa exportación de los servicios financieros se les sumaron la tecnología de la información, el diseño y la imposición de «moda» y sistemas de retail a través del mundo del espectáculo, Hollywood, Disneyworld, la NBA y las sitcom de la televisión. Eso es lo que «produce» Estados Unidos, sumado a la agroindustria tradicional, también modernizada.
La llamada «innovación financiera» exacerbó esta tendencia, convirtiendo al consumidor norteamericano sobreapalancado y endeudado en un aún más voraz demandante de última instancia de bienes industriales producidos fuera de los Estados Unidos, principalmente en Asia, los que, a su vez, demandaban insumos y materias primas y nuevas calidades de alimentos, con miles de millones de habitantes ingresando al mercado.
El «modelo» era claro, en Estados Unidos la revolución tecnológica y del entretenimiento, apalancada por un sistema financiero desregulado y sin techo. En Asia, la revolución industrial. En América Latina y África, la revolución agroindustrial y minero-energética. La Europa eficiente y productiva brindando alta tecnología y la Europa mediterránea, turismo y esparcimiento. Cada uno cumpliendo su papel.
El estallido de la crisis financiera de 2008, en el corazón de Wall Street, fue un golpe severo a este escenario. A eso se le sumó la crisis fiscal del Estado del «fútbol para todos» en la Europa mediterránea. De pronto, el ciclo de crecimiento ininterrumpido chocaba contra una recesión inédita.
Había fallado el producto más consumido, interna y externamente, de los Estados Unidos, su sistema financiero. Era como haber encontrado un McDonalds superlento, o precios caros en Walmart. O a Charlie Sheen sobrio y sin bellas mujeres alrededor.
El superconsumidor norteamericano, sobreendeudado y depreciados sus activos inmobiliarios de respaldo, tiene que ahorrar. Los estados de bienestar europeos, ajustarse.
Pero si el problema está en el sistema financiero norteamericano y en los Estados deficitarios de la Europa mediterránea (y en los bancos que les prestaron), ¿por qué pretender que sea el mundo emergente el que pague los platos rotos del ajuste global, cambiando «su» modelo?
Porque como el problema macro es el exceso de gasto de algunos financiado con el exceso de ahorro de otros, lo que se pretende es que los gastadores ahorren más, pero que los ahorradores gasten más, de manera de hacer menos doloroso -en especial en materia de empleo- el ajuste para los gastadores.
De allí la propuesta de «metas» en los superávits/déficits de la cuenta corriente de los países lanzada por el secretario del Tesoro norteamericano al G-20. Pero la lógica de la coyuntura «macro» ofrece razones que el corazón «estructural» no entiende. Los asiáticos irán cambiando lentamente, pero en años y no en meses.
En la práctica, esta solución sugiere -exagerando- ¡que los norteamericanos vuelvan a fabricar remeras y que China brinde el servicio de mercado financiero, derechos de propiedad y moneda de reserva!
Pero no hay tipo de cambio que convierta a los vietnamitas y tailandeses en más «caros» que los trabajadores norteamericanos. Ni hay manera de transformar al politburó centralizado y burocrático chino, y al comunismo de Estado, en una democracia dinámica y abierta y respetuosa de los derechos humanos y de propiedad, con capacidad de emitir la moneda de reserva mundial. ¡Una moneda comunista!
Estados Unidos tiene que concentrarse en recuperar a su sistema financiero y su mercado de capitales, rearmar las condiciones para un fluido y eficiente crédito privado e incentivar sus exportaciones «de punta» y no intentar volver al ferrocarril. La compra de bonos del Tesoro para bajar las tasas de largo y cambiar las expectativas de inflación evitará una nueva recesión, pero no bajará el desempleo reactivando fuerte. Embarcarse en inútiles aventuras proteccionistas y presiones devaluacionistas tampoco es la solución estructural. Los Estados europeos tienen que reajustar sus gastos mientras su Banco Central tendrá que ayudar comprando bonos y emitiendo euros por un buen rato. Y el mundo emergente tendrá que seguir haciendo lo que hace bien, proveer agroindustria y materias primas energéticas, bienes industriales de clase mundial a precios competitivos y servicios en general, mientras distribuye con mayor equidad y educa a su población para la nueva economía que vendrá. Creando clima para la inversión privada en infraestructura y tecnología. Mejorando productividad y bajando costos de capital, de manera de convivir con la apreciación cambiaria que, por revaluación nominal o aumento de costos reales, continuará sí o sí, hasta que se llegue, lentamente, al nuevo equilibrio.
La política global, sin embargo, puede ser un inesperado «shock externo negativo» que interrumpa este verdadero ajuste, pretendiendo que los Vanderbilt recuperen su fortuna.
Protegerse de ese shock implica, en el corto plazo, apuestas de distinto tipo en el mercado de capitales. Ya se sabe que ése es otro precio.
Paradójicamente, en nuestra Argentina el candidato Cobos tiene un plan ferroviario, y los únicos que ganan plata con el ferrocarril son las empresas de Pedraza y sus matones.


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