24 de agosto 2010 - 00:00

El arte argentino llegó antes que la literatura a Frankfurt

La obra de Mónica Millan, que sin perder el rigor conceptual (su trabajo con comunidades indígenas) mantiene su fascinante belleza, es de lo más destacado de una muestra centrada en la crisis de 2001, ya que el museo alemán reclamó expresiones de un arte politizado.
La obra de Mónica Millan, que sin perder el rigor conceptual (su trabajo con comunidades indígenas) mantiene su fascinante belleza, es de lo más destacado de una muestra centrada en la crisis de 2001, ya que el museo alemán reclamó expresiones de un arte politizado.
Frankfurt - La Argentina, invitada especial en la edición de octubre de la Feria del Libro más importante del mundo, ya está presente en Frankfurt a través del arte desde la semana pasada. El Ministerio de Relaciones Exteriores argentino y COFRA decidieron presentar el arte antes que los libros y así las imágenes anteceden hoy a las palabras. La exposición «Relatos de Resistencia y Cambio», ocupa todas las salas de la Kunstverein en pleno centro de la ciudad con una parte del arte contemporáneo de nuestro país, la más representativa del clima de movilización social que durante la crisis de 2001 vivieron los artistas. Las obras que llegaron a Alemania hablan de un período doloroso de nuestra historia. El enfoque está dado por la perspectiva del curador Rodrigo Alonso; perspectiva que -dicho sea de paso-, responde a la demanda de la institución alemana que reclamó expresiones de un arte politizado.

Así, la muestra refleja la crisis social, política y financiera de los inicios del siglo, y aunque no es precisamente abarcativa, ya que excluye el arte ligado a la intimidad y la subjetividad que prosperó a fines de los años 90 en la Argentina, la selección brinda una idea de lo que se vivió en esa época.

Los discursos también politizados de la embajadora Magdalena Faillace, a cargo de la presencia argentina, y del director de Kunstverein de Frankfurt, Holger Kube Ventura, tuvieron sin embargo un cierto contrapeso en el trabajo del experimentado curador de la muestra.

En primer lugar Rodrigo Alonso reunió los grupos Eloísa Cartonera y el Taller Popular de Serigrafía, integrados por talentosos artistas que han dejado el rastro de sus expresiones individuales, ajenas a la uniformidad de las obras de los colectivos que con la fuerza de un virus se expandieron por todo el mundo desde los comienzos de este siglo.

En segundo lugar, el curador rescata una serie de trabajos de Mónica Millán, signados por una sensibilidad y una gracia ornamental que, acompaña su trabajo social con las comunidades indígenas del Paraguay. Sin perder el rigor conceptual la obra de Millán mantiene su fascinante belleza y la atracción retiniana. Con la calma de las hilanderas, la artista diseña la filigrana de unos dibujos donde entreteje la narración. Para evocar el acontecer palpitante de la selva y los tejedores, Millán recurre a sus experiencias personales, referencias orales, libros de viajeros y naturalistas y fotografías. Su obra indica en la muestra cierta reconciliación con el placer visual, y con las cualidades de esos hombres y mujeres cuyo destino es bordar para adornar este mundo, con sus agujas y un hilo infinito en la mano.

Entretanto, las conmovedoras fotografías de Alessandra Sanguinetti, teñidas por la mirada sensible de una artista cuya obra no está exenta de humor, sobrepasan largamente los estereotipos del «color local», la tipicidad o el exotismo, características que suelen exigir en el Norte cuando se trata de valorar el arte latinoamericano. Las fotos de las peripecias de las adolescentes de Sanguinetti, tienen la densidad de una siesta provinciana cargada de sentimientos, sueños y secretos.

La exposición de Frankfurt hace algunas concesiones, hay imágenes que en aras de una claridad -que deriva en obviedad-, han perdido el misterio, se han tornado demasiado explícitas. Hay, también, un arte que se confunde con la acción social o la sociología, e imágenes que poco se diferencian de aquellas que publicaron en el devenir de la crisis los medios masivos de comunicación.

Pero la presencia de la editorial Eloísa Cartonera, integrada por los artistas (Javier Barilaro, Fernanda Laguna), los escritores (Washington Cucurto, Alan Pauls, César Aira, Ricardo Piglia, entre otros,) y un nutrido grupo de cartoneros, es un buen ejemplo de la creatividad argentina. Se trata de una editorial dedicada a publicar material inédito y libros con tapas de cartón comprado a cartoneros en la calle, para luego ser pintados a mano por otros cartoneros. La editorial tiene sin embargo su estética y un estilo influido por los posters de la cumbia villera que pinta Barilaro. Cabe aclarar que el arte de los libros ostenta la clave popular deliberadamente cursi de un artista que se vale de recursos como el collage, la pintura de colores flúo y la tipografía rudimentaria que utilizan las imprentas que trabajan para las bailantas, pero que no obstante ostenta una vehemente expresividad que lo hermana con el movimiento Dadá. Es decir, detrás de una apariencia juguetona, está la sofisticación que provee la historia del arte.

Algo similar ocurre con la lapidaria elocuencia del Taller Popular de Serigrafía, un grupo que surgió en una de las tantas asambleas que a partir de la crisis de 2001 manifestaban su rechazo a la clase política, que había sumido a la Argentina en el peor caos de su historia. La simplicidad de las imágenes y los textos también hunde sus raíces en la compleja estética de los convincentes carteles soviéticos, arte público por excelencia para las masas y fenomenal vehículo de transmisión ideológico. Allí están, ahora, en el Museo de Frankfurt los cuadernillos, apilados sobre el suelo para que la gente los lleve, con imágenes tan claras que ayudan a sortear toda diferencia idiomática, pues comunican sin dificultad su mensaje de resistencia y de lucha.

De este modo, la muestra de Alonso acaba por superar el riesgo de convertirse en un exotismo, en un fenómeno «curioso», pues su condición artística prevalece antes que nada. Con sus utópicos ideales el apasionado trabajo de los integrantes del TPS (Magdalena Jitrik, Karina Granieri, Mariela Scafati, Julia Masvernat, Guillermo Ueno, Catalina León, Horacio Abram Luján, Verónica Di Toro, entre otros artistas), universalizó la poderosa frase de Jürgen Habermas, el pensador de la Escuela de Frankfurt, que alerta al mundo sobre la peor situación de riesgo: «Cuando se secan los manantiales utópicos se difunde un desierto de trivialidad y perplejidad.»

Esta es la «resistencia» presente en una exposición que habla de utopías, y que tiene como invitado especial a un artista tucumano que vive en Frankfurt y que supo conquistar a los curadores de la última Bienal de Venecia y del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Se trata de Tomás Sarraceno que, capaz de imaginar un mundo diferente del actual, cruzó las diversas salas de exhibición con filamentos negros que evocan, con los accidentes de su entretejido envolvente, la creación del universo después del Big Bang.

Si bien los proyectos utópicos nunca desaparecieron del todo, en el territorio de desolación que dejó la crisis, despertaron con renovada energía, con la fuerza colectiva de una sociedad que ante el traumático derrumbe de todos los valores, supo encontrar en la cultura una genuina tabla de salvación.

La muestra organizada por el Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto a través de COFRA, se completa con obras de Mariana Cortés, Gian Paolo Minelli, Gabriel Bagio, Gabriela Golder, Anaké Asseff, Sebastián Diaz Morales y Florencia Levy, y forma parte de una serie de 12 exposiciones que se inaugurarán en Alemania durante el resto del año.

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