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El arte, refugio de valor para un mundo en seria crisis
El Malba cumplió este año su primera década, durante la que logró un lugar destacado en el circuito internacional del arte. Manuelita Rosas, pintada por Prilidiano Pueyrredón, en el Museo Nacional de Bellas Artes.
No obstante, para invertir en arte y para disfrutarlo, la premisa fundamental es el saber, y el conocimiento está en los museos. ¿Qué tiene el arte de especial? Algunos aseguran que suplanta la fe religiosa; otros afirman que se ha convertido un fenómeno más de la sociedad global, como la moda o el entretenimiento; como fuere, su magnetismo continúa en ascenso, a la par del valor económico. Si se mira el campo del arte en retrospectiva hasta los años 80, cuando medios masivos reprodujeron los «Girasoles» de Van Gogh vendidos en una cifra millonaria, se descubre que en esa ocasión el arte dejó de ser un producto exclusivo de una elite y se convirtió en motivo de atracción para el público masivo.
Existe una relación de escala muy evidente entre los millones de personas que recorren los grandes centros del arte, la difusión masiva que les brindan los medios de comunicación, y la suba de precios que comenzó con Van Gogh, continuó con el impresionismo y el genio de Picasso y prosigue hoy con los artistas contemporáneos. Este dato permite deducir que la atracción que ejercen los museos se acrecienta: son los espacios de consagración artística por excelencia, convalidan con su prestigio las posiciones en el mercado y son, además, los sitios donde se dictan las normas y se escribe la historia. Desde su origen, el museo, cuyo nombre proviene del griego «mouseîon», el lugar de las musas, fue un recinto de contemplación y de inspiración, pero de ingreso vedado para el común de la gente, que sólo podía visitar las colecciones del Vaticano una vez al año, el Viernes Santo. Recién en el siglo XVIII las puertas del palacio del Louvre se abrieron al público y el esplendor de las colecciones reales se exhibió ante el mundo. El arte se consideraba entonces un portador de valores universales que contribuía a elevar el espíritu de la gente.
Durante un pasado de botines gloriosos, como los Napoleónicos, las piezas se acumulaban sin límite. Hasta que llegaron los especialistas. Ellos catalogaron las posesiones según su territorio de origen, su técnica o escuela particular, entre otras cualidades. Los museos de la modernidad se concibieron como espacios donde se preservan los trofeos y vestigios de antiguas culturas y, como genuinos portales de acceso al conocimiento. Estas instituciones encontraron un cometido que cumplir y, desde entonces, su público comenzó a llegar desde lugares remotos para ver y para estudiar lo que allí se preserva.
En la actualidad la función didáctica se ha incentivado, las exhibiciones se tornaron sofisticadas y algunos museos se transformaron en verdaderas empresas. Estos centros de difusión cultural y de preservación del patrimonio artístico son también lugares propicios para el esparcimiento y el encuentro social. Hay museos de todo tipo: los que suplantan la falta de auténticos tesoros con el bello envoltorio de su arquitectura y los que atraen a miles y miles de personas con muestras glamorosas.
En la Argentina, la seductora presencia de los museos ha conquistado a la gente. Este año, el Museo Nacional de Bellas Artes sacudió el polvo que cubría su riquísimo patrimonio e inició un cambio radical. Las salas fueron pintadas con colores radiantes y el edificio recobró las líneas puras de su arquitectura original. La extensión de la planta baja se divisa magnífica: 2.000 metros para la exhibición de casi 900 obras del patrimonio y otros 1.000 metros más en Pabellón de exposiciones temporarias.
Sin embargo, el verdadero cambio es ideológico. En el ingreso al Museo se abre una extensa galería de gran visibilidad: allí, por primera vez, el arte argentino ocupa un lugar preferencial. El corredor color rojo -una referencia clara al color de la sangre- culmina con el retrato de Manuelita Rosas pintado por Prilidiano Pueyrredón. El recorrido es un viaje que implica adentrarse en un período de nuestra historia signada por la violencia y, para contarla, están las batallas de Cándido López, las de Carlos Morel. En las salas aledañas están «Sin pan y sin trabajo», de Ernesto de la Cárcova; «La sopa de los pobres», de Reinaldo Giúdice, pinturas portadoras de las ideas anarquistas que llegan de Italia, y «La vuelta del malón», de Ángel della Valle, la victimización de una cautiva que presagia el exterminio del indio.
En 2011 el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires cumplió sus primeros diez años de vida, firmemente insertado en el circuito del arte internacional. Hace 17 años, Eduardo Constantini, un financista exitoso, compró su primera pintura de Pettoruti en un remate. «Quiero reunir la mejor colección de arte latinoamericano», anunció. Al promediar la década del 90, con una visión de Latinoamérica como región emergente, advirtió que este horizonte financiero se ampliaba, y surgió el interés por el arte de sus países. Este nuevo concepto territorial contribuyó a la valoración de lo propio, y el perfil histórico del coleccionista argentino, hasta ayer enfocado en Europa, cambió de modo rotundo.
Constantini se diferenciaba del típico coleccionista argentino que, salvo excepciones, compra el arte en secreto y oculta sus tesoros con cierto temor o egoísmo. El Malba hizo lo que nadie había hecho: considerar el arte como un bien preferencial que merece desgravaciones, metros, espacio.
La salida del coleccionista sin antifaz inspiró a Amalia Fortabat quien, de inmediato, siguió su ejemplo y comenzó a planear un destino público para sus obras. Ahora, en el Dique IV de Puerto Madero el Museo exhibe las preferencias estéticas de una amante del arte que atesoró lo que le gustó, sin restricciones. Toda colección esconde una historia personal, y la de Amalia Lacroze de Fortabat habita el inmenso edificio de Rafael Viñoly (6.800 metros). El vernissage fue una fiesta. Fortabat recordó que el arte le comenzó a gustar a los once años y evocó su amistad con Berni («Cuando me trepaba a las escaleras y él pintaba las Galerías Pacífico...»), y con Andy Warhol («De quien tengo un retrato y otros dos cuadros que me regaló, porque creo que estaba enamorado de mí...»).
Una obra cumbre de Peter Brüeghel, «El censo en Belén», la bellísima escena de un paisaje nevado, recibe al espectador. A su lado está la vedutta de Venecia de Turner, que ostenta una luminosidad incomparable con un dramático rayo de sol que cruza la plaza San Marco. La fascinación argentina por el arte europeo está presente en las pinturas de Alma Tatema, Anglada Camarasa, Dalí, Gustav Klimt o Rodin. Junto a ellos están dos arlequines de Pettoruti, «Domingo en la chacra», de Berni, y unas flores de Chagall.
La Fundación Proa no posee colección, pero desde que abrió sus puertas en La Boca con las pinturas del mexicano Rufino Tamayo le brinda a su público la posibilidad de conocer las obras de varias figuras que signaron la historia del arte internacional. La ampliación de su edificio se inauguró con una exhaustiva muestra de Marcel Duchamp y en la actualidad exhibe una memorable exposición de arte precolombino llegada de México.
Como un apéndice de la Casa Rosada, el Museo del Bicentenario es el nuevo hogar de «Ejercicio plástico», el mural de Siqueiros cuya triste historia culminó con su puesta en valor. La pintura del mexicano respira en un ámbito de más de 5.000 metros donde, con un enfoque cultural, se aspira recorrer 200 años de historia argentina.
Hasta hace poco más de una década «el interior del país» se percibía como algo lejano, distante, de difícil acceso. Sin embargo, el MNBA inauguró una estupenda sede en Neuquén, con piezas notables de su colección y una bella arquitectura. En el despoblado «interior» surgieron modelos de gestión y, de este modo, la producción y, sobre todo, la legitimación del arte monopolizada por los porteños, comenzó a extenderse hacia otros centros.
En primer término están las ciudades con larga tradición artística. El padre de los museos cordobeses, del Emilio Caraffa, amplió su edificio neoclásico con reminiscencias de templo griego en los años 60, con el apogeo industrial, para exhibir la Bienal Americana de Arte de la IKA. En 2007 sumó generosos metros, salas y depósitos con temperatura constante.
El esplendoroso Palacio Ferreyra, remodelado en 2007 para albergar el Museo de Bellas Artes Evita, exhibe un rico patrimonio artístico de la pintura cordobesa, desde su origen hasta mediados del siglo XX. Ambos museos se destacan por el nivel de sus muestras temporarias.
Rosario fue siempre una alternativa a la poderosa Buenos Aires. Sobre el elegante Boulevard Oroño está el Museo Castagnino, cuyo patrimonio va desde la Edad Media hasta los grandes maestros del arte argentino. Y a pocos pasos de allí, en el Parque de la Independencia se inauguró el Museo Histórico. Para consolidar el escenario artístico, a comienzos de 2003 se fundó a orillas de Paraná, en los antiguos silos Davis, el primer Museo de Arte Contemporáneo argentino, que hoy es dueño de la colección de arte más completa del país.
El Museo del Tigre es un deleite para los amantes de la arquitectura, el paisajismo y la figuración. Entretanto, el auge de estas instituciones llegó a Salta, con el flamante Museo de Bellas Artes, a Santiago del Estero, con un Centro Cultural que hoy vibra con el «arte, arte, arte» de Marta Minujín, y también a San Juan.
Pensar que los museos pueden congregar a la sociedad como las catedrales en la Edad Media no parece aventurado. Todos quieren estar cerca de los iconos de su fe y el público de los museos aumenta. Las estadísticas revelan el notable incremento de la gente dispuesta a donarles dinero, obras e incluso el tiempo de su propia vida como trabajadores voluntarios.


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