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“El artista auténtico huye de la realidad para recrearla”
Iedvabni: «Me atrajo el atrevimiento de Puig, su apuesta a la libertad por sobre todo y más allá de cualquier condicionamiento.
Periodista: ¿Usted eligió esta obra o se la propusieron?
Manuel Iedvabni: Fue una elección mía. Me interesa mucho la obra de Puig. Hace más de diez años estuve a punto de dirigir «Triste golondrina macho» en el Teatro San Martín, pero no pudieron conseguir los derechos. Felizmente, este año me invitaron a presentar un proyecto en el Teatro de la Comedia y cuando volví a leer las obras de Puig, elegí ésta porque me pareció más comunicativa, explícita y abierta, como para convocar a un público más amplio.
P.: ¿Qué se puede anticipar del argumento?
M.I.: Héctor Bidonde y Adriana Aizenberg interpretan a una pareja que vive en una casa rural con una niña (Paloma Contreras) que adoptaron hace tiempo y a la que el padre adoptivo le tiene muchas ganas. De pronto llegan unos visitantes (Pompeyo Audivert y María José Gabin) y la chica en su imaginación cree que son sus padres, fallecidos en un accidente. Y a la vez confunde al visitante con un ex novio que la abandonó por otra, mientras que su madre adoptiva ve en él a su antiguo amante. Pero nadie es quien parece ser; así se van dando una serie de equívocos que me aproximaron en cierto plano al teatro del absurdo. Aunque la obra en sí resulte inclasificable.
P.: ¿No es una comedia de enredos?
M.I.: Es una mélange muy rara entre estilos, formas, subjetividades e interpretaciones varias. Nada es lineal ni se queda quieto. Nadie es como cree ser. Hay un movimiento incesante de acciones y de identidades que cambian ante la mirada de los demás. Me ayudó mucho una imagen que me dio nuestro iluminador Roberto Traferri, que conoció a Puig en Río de Janeiro. Así me enteré de que Puig salía a divertirse por la ciudad con unas largas pestañas postizas.
P.: ¿Qué lo atrajo de Puig?
M.I.: A mí me conmueve esa sucesión interminable de equívocos y de irrespetuosidad a la norma. Me atrajo su atrevimiento, su apuesta a la libertad por sobre todo y más allá de cualquier condicionamiento. Me divierte cómo mueve el piso para ver quién se patina y cae primero. Toda esta cosa disoluta me remite a una libertad que normalmente no nos tomamos. Puig abre ventanas que me instan a seguir jugando hasta el infinito. En esta obra, hasta los muertos vuelven.
P.: También el sexo está muy presente.
M.I.: Y es un poco angustiante, porque aparece como algo inagotable. Debido al sexo todo se vuelve interminable: la procreación, la fantasía, el deseo... Es cierto que todo muere en algún momento, pero la vida es tan incesante que supera esa pérdida. Entonces, qué sentido tiene poner el acento en la muerte si lo fundamental es la vida y Puig la exalta.
P.: ¿En qué términos?
M.I.: ¡Disfrútala hombre, disfrútala! Todo es fugaz, no tomes nada en serio. Son mentiras las grandes palabras, todos los grandes discursos.
P: Puig dedicó muchas horas de su vida a ver cine. ¿No cree que fue un recurso para huir de la realidad?
M.I.: Yo creo que un artista verdadero huye todo lo que puede de la realidad para recrearla a su manera. Es un signo de libertad. Cuando uno dice «verdadero», dice «condicionado». ¿Y si a mí se me da la gana de que ahora sea de noche y no de día? Obro en consecuencia, si total no molesto a nadie. Así tratamos de encarar la obra con todo el equipo y especialmente con Audivert que además de actuar colaboró mucho en el proceso de trabajo.
P.: «Bajo un manto...» se estrenó en Brasil, en 1982.
M.I.: Así es, pero desconozco cómo fue recibida. Es una comedia que denuncia la mediocridad de una sociedad que concede que los cadáveres existan, siempre y cuando no ensucien las alfombras. A mí que me disculpen, pero creo que es una obra muy argentina, a un extremo que sorprende. Estaba claro que una dictadura no iba a soportar a un tipo tan libre como Puig, que tuvo que volar de acá y no por una adscripción a un partido político.
P.: Se fue del país en 1974 por las amenazas de la Triple A y tras la prohibición de su novela «The Buenos Aires affaire». Pero cuando cayó la última dictadura militar tampoco quiso volver porque su obra seguía siendo ninguneada.
M.I.: En General Villegas, su pueblo natal, se volvieron locos cuando publicó «La traición de Rita Hayworth» y «Boquitas pintadas». En esas novelas puso en evidencia varios secretos pueblerinos que provocaron un escándalo, y justo en un período donde era tan fácil escandalizarse. Pero los tiempos cambiaron, a tal punto que el viernes pasado estrenamos «Bajo un manto» en General Villegas, dentro de un homenaje que se le rindió por los 80 años de su nacimiento.
Entrevista de Patricia Espinosa


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