29 de junio 2012 - 00:00

El Caribe cuenta su historia en Cartagena

El Castillo de San Felipe de Barajas y, al fondo, el Convento de Santa Cruz de la Popa.; Las islas del Rosario son la mejor propuesta de playa para disfrutar del mar Caribe.; Los paseos en carruajes son una romántica manera de recorrer el casco viejo cartagenero.
El Castillo de San Felipe de Barajas y, al fondo, el Convento de Santa Cruz de la Popa.; Las islas del Rosario son la mejor propuesta de playa para disfrutar del mar Caribe.; Los paseos en carruajes son una romántica manera de recorrer el casco viejo cartagenero.
Cartagena de Indias - Si uno cuenta que ha viajado al Caribe y una vez allí decidió quedarse «encerrado entre paredes», seguramente será tomado por loco. Pero resulta que eso es lo que cualquier persona en su cabales, curiosa por la historia y la cultura, hace durante una estadía en la ciudad de Cartagena de Indias. Ocurre que no son paredes cualquiera, son las míticas murallas de piedra que rodean la Ciudad Antigua que se encuentra sobre el mar, las mismas que hace más de 400 años resguardan este casco histórico de unas 50 manzanas a la redonda y que hoy se mantiene prácticamente intacto.

La ciudad amurallada invita a ser explorada de día y de noche, sin importar los constantes 30° C de temperatura, caminando entre estrechas calles empedradas que llevan por casonas y conventos de tiempos de la colonia. Fluyen aún por esos barrios historias de invasores, comerciantes piratas, esclavos y de luchas por la independencia, que se cruzan con al aire festivo que se respira en la actualidad al ritmo de la rumba, de un pueblo profundamente amable y, claro, del omnipresente turismo internacional.

No hace falta un plan para recorrer la Cartagena antigua. La mejor estrategia es perderse entre sus calles y dejar que la vista y el oído conduzcan azarosamente. Tarde o temprano se encuentra la eterna muralla o se llega a alguna plaza o templo, con la constante compañía de restauradas construcciones coloniales, muchas de ellas con bellos balcones de herencia española, en madera o cemento, adornados con coloridas flores. Si de lugares imperdibles se trata, se puede citar la Torre del Reloj Público, que se ubica en la entrada principal de la ciudad amurallada, frente a la Plaza de la Paz. Esta puerta data de 1631 y sobre ella se ubica un gigantesco reloj desde 1874. El sitio es actualmente el principal punto de encuentro para turistas y locales, y suele usarse por músicos callejeros o para actos y fiestas públicas.

La Plaza de Bolívar es otro espacio muy concurrido, ya que su arboleda es un oasis durante el intenso calor de la tarde. A pocos pasos de ella se accede al templo de San Pedro Claver, obra jesuita que homenajea al religioso que veló por los esclavos. La cúpula de esta iglesia construida en la primera mitad del siglo XVII es la más visible e impresionante que posee la ciudad. La Catedral Metropolitana es otro de los grandes templos. Construida a partir de 1575, sufrió varios inconvenientes, incluido el ataque del pirata Francis Drake, y fue completada para 1612, bajo el nombre de Basílica Menor Santa Catalina de Alejandría. El teatro Adolfo Mejía es otra prodigiosa obra de arquitectura cartagenera.

Luego están, claro, las murallas en sí mismas, que merecen ser recorridas a pie, para ser apreciadas de cerca y para obtener vistas del mar Caribe, de la ciudad antigua y, a lo lejos, de la Cartagena moderna. Incluso se puede disfrutar de un trago o un buen café sobre estas piedras históricas que aún apuntan sus cañones al mar.

Extramuros

Aunque la ciudad amurallada sea el atractivo principal, Cartagena también tiene mucho para ofrecer en barrios del exterior. En primer lugar destaca Getsemaní, la antigua isla anexada, que es una continuación del casco viejo. Aún en proceso de puesta en valor, en Getsemaní se mezclan casonas recicladas con construcciones deterioradas, algo que le da una suerte de autenticidad a este barrio que fue morada de los esclavos africanos y hoy agrupa buena parte del ocio nocturno y de las opciones de hospedaje para público joven.

El Castillo de San Felipe de Barajas, más conocido como La Fortaleza, es otro sitio que distingue a Cartagena, ya que se trata de la fortificación militar española más grande de América. Fue erigida en 1536 en la cima del cerro San Lázaro incluyendo la tecnología más avanzada de la época en materia bélica. La altura de la Fortaleza ofrece vistas privilegiadas de la ciudad, tal como ocurre en el Convento de Santa Cruz de la Popa, que fue erigido en la punta del cerro de la Popa y contiene una imagen de la Virgen de la Candelaria.

El paseo por la ciudad extramuros puede pasar también por las Bóvedas, el Palacio de la Inquisición, y por dos esculturas paradigmáticas de Cartagena como son la de la India Catalina, que oficio de traductora entre el fundador Pedro de Heredia y los habitantes originarios, y la de los Zapatos Viejos, que homenajea al poeta cartagenero Luis Carlos López.

Como ocurre en toda ciudad, también hay una zona moderna, que en el caso de Cartagena se extiende principalmente al sur, en lo que se conoce como Boca Grande, donde se concentran buena parte de los hoteles de cadenas internacionales, los restoranes y locales de moda, sitios que al compararlos con la ciudad Antigua pierden algo de atractivo.

Sabor

Así como un paseo por Cartagena puede deleitar la vista -con el color del mar, las antiguas construcciones o las palenqueras, típicas mujeres de color que portan frutas sobre sus cabezas-, también sobresalen los placeres orientados al sentido del gusto, que abren la puerta a disfrutar del típico café colombiano, mucho mejor si es en un «tinto» (sin leche ni crema), o de una variedad y calidad de frutas que hace difícil que el paladar se conforme al regresar a la Argentina. Todo indica que los cartageneros poseen las versiones verdaderas de ananás, mandarinas, pomelos, papayas y mangos, y se dan el lujo de ostentar manjares como la granadilla, la guanábana o el lulo, entre otros frutos. A la hora de sentarse a comer, se pueden paladear los típicos platos colombianos, ya sea la Bandeja Paisa, de Medellín, o el Ajiaco bogotano, siempre adornados con arepas, patacones o arroz con coco. Aun así, en Cartagena vale la pena probar pescados y mariscos. Ante la duda, el restorán Club de Pesca, un icono local ubicado en el puerto, ofrece un plato llamado Festival de Mariscos, que reúne los mejores sabores.

Salir de rumba

La rumba, además de ser un conocido género musical de raíz africana, es la palabra que los colombianos usan cuando hablan de diversión, generalmente nocturna. Y como buena ciudad caribeña, Cartagena posee muchas opciones para irse de rumba. El plan puede comenzar al atardecer (el sol se oculta a las 18 en estas latitudes) en la pintoresca Plaza Santo Domingo de la Ciudad Antigua, con unos tragos sobre la base de ron o aguardiente (dos clásicos colombianos) o frutas para los abstemios. Otro punto de encuentro es la Plaza de la Trinidad, en el barrio de Getsemaní. La noche continúa al ritmo de la salsa, el son, el ballenato y, claro, la música electrónica -especialmente de jueves a sábados- en los numerosos bares de estos mismo barrios, muchos ubicados justamente en la zona de Getsemaní, como es el caso del famoso bar cubano Café Havana, donde este año se la vio rumbear con mucha pasión a Hillary Clinton, la secretaria de Estado de Estados Unidos, tras la Cumbre de las Américas de la que justamente Cuba había sido excluida.

Hay además dos opciones de diversión sobre ruedas, una consta del romántico paseo en carruajes tirados por caballos y la otra es una típica postal cartagenera: la «rumba en chiva», que se llama así porque se trata, justamente, de salir de rumba, pero a bordo de una «chiva», como se dice a los colectivos sin vidrios, pintados y fileteados en varios colores, que recorren la ciudad y llevan un grupo de música en vivo y turistas ansiosos por pasarla bien. La gira arranca en el moderno barrio de Bocagrande y dura varias horas en las que corren los tragos y los ritmos caribeños, hasta desembocar en el barrio de Getsemaní donde se juntan todas las chivas y la rumba sigue en la calle y los bares de la zona.

Aguas caribeñas

Está claro que no puede pasarse una vacación en Cartagena sin sumergirse en las cálidas aguas del mar Caribe. Lo que tal vez sorprenda a los que lleguen por primera vez a esta ciudad es notar que sus playas céntricas no tienen una belleza que se destaque. Se puede ir a las que se ubican en la zona moderna de Bocagrande, pero suelen estar superpobladas de bañistas y la presencia de vendedores ambulantes puede ser apabullante. De todos modos el famoso Caribe está ahí y merece ser disfrutado, así que la opción es embarcarse aguas adentro desde el puerto de Cartagena, para encontrarse con el esperado mar turquesa, transparente hasta donde llegue la vista. La isla de Barú (que en realidad es la punta de una península que fue cortada por un canal hecho por los españoles) es una de las opciones más elegidas. Se llega tras una corta navegación o también vía terrestre y luego ferry, y una vez allí se puede disfrutar de la extensa Playa Blanca.

Las islas del Rosario son otra posibilidad. Están más distantes y no poseen grandes superficie de playa, pero están rodeadas por una barrera de coral ideal para practicar buceo o snorkel. En este archipiélago de 27 islas, con la Isla Grande como una de las más concurridas, se instalan diferentes complejos, muchos auspiciados por cadenas hoteleras.

Además de disfrutar de la arena blanca, el agua caribeña y el sol, el día de playa permite actividades como andar en kayaks, bucear, visitar un acuario o, la más característica, acercarse a las comunidades locales, como en el caso de la Isla Grande, en la cual los lugareños llevan al turista a conocer su organización dentro de la isla y, además, a recorrer en canoa la impactante formación de manglares que se da en esa región. Las Islas del Rosario son parte de un Parque Nacional y los manglares constituyen parte fundamental del delicado ecosistema.

Tanto en Barú como en las Islas del Rosario hay opciones de hospedaje, pero es muy habitual tomar estos destinos paradisíacos como una opción de día de playa, comenzando bien temprano y regresando antes de que caiga el sol. Para la mayoría de los viajeros, refrescarse en las aguas de estas islas caribeñas es el recreo perfecto para seguir disfrutando de la maravillosa ciudad amurallada.



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