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El clan Saluzzi no está al nivel del patriarca
Dino Saluzzi, uno de los músicos de mayor prestigio internacional, no llega a conformar un grupo familiar al nivel de su trayectoria en su nueva presentación.
Timoteo «Dino» Saluzzi es uno de los músicos argentinos vivientes de mayor prestigio internacional. Atravesado por el jazz y la música clásica, el compositor, director y bandoneonista salteño partió de su folklore provinciano y lo recicló en lenguaje planetario, pasó por el tango y la milonga y pudo romper con el duro molde impuesto por la modernidad de Astor Piazzolla. Ese prestigio, además, le significó reuniones ilustres con los músicos más diversos en diferentes lugares del mundo, ediciones por sellos discográficos muy respetados y buenas convocatorias de público.
Por estos días, ECM acaba de editar su último disco, con su «Sinfonía concertante de cámara El encuentro» para bandoneón, clarinete, violonchelo y orquesta de cuerdas, grabada en vivo con la orquesta NPR de Holanda. Todo eso, mientras continúa con su gira por Austria, España, Francia, Alemania, Canadá, México, EE.UU,, China y Rusia durante lo que queda de este año. Todo ese brillo y esa solicitud internacional, sin embargo, no se vieron del todo reflejados en estos conciertos del teatro IFT al frente de su conjunto familiar.
Su «Family» -así la llama- está integrada por su hijo José en guitarra, su sobrino Matías en bajo y contrabajo, su hermano Félix en clarinete y saxo y el baterista Horacio López, el único que no lleva el apellido. Y, ni el «nepotismo» grupal ni el repertorio ni el modo de presentarlo logran hacer honor a la historia de este artista.
Con sus propias composiciones -»A mi padre y a mi hijo», «Viene del sur», «Flor de tuna», «Memoria», «Churquy»- va de la referencia a Piazzolla -con la que antes, inteligentemente, había roto- al folklore. Agrega algunos clásicos tangueros que reinterpreta «lavándolos» del ritmo característico -»Griseta», «Soledad»- y la «Milonga de mis amores» de su amado Pedro Láurenz. Ofrece un dúo de saxo y bandoneón en la composición de Gardel y el espacio para un buen solo de guitarra de José Saluzzi en «Las cosas amadas».
Pero aunque todo tiene un piso alto en la realización formal, sólo logra el nivel creativo superlativo y la originalidad que se le ha conocido a través de los años cuando apunta al ritmo sostenido de la milonga o, sobre todo, cuando su «Zamba del destierro» llega con todo el «swing» salteño casi sobre el final del concierto.


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