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El Colón ante una seducción anunciada
La gran mezzosoprano norteamericana cantó en el ciclo de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, dirigida por Enrique Diemecke.
Describir en pocas palabras la fascinación que ha despertado y aún despierta Frederica von Stade es tan imposible e inútil como intentar resumir su trayectoria y su significación en pocas líneas. Lo importante aquí era que, a 32 años de su debut en el Colón y con más de cuatro décadas de carrera sobre sus hombros, «Flicka» (su apodo de siempre) volvía al teatro al que había regalado algunos de sus mejores momentos, ya fuera en producciones operísticas o en recitales. Parcialmente retirada, la mezzo norteamericana despertaba con esta presencia, sorpresiva incluso para ella, una expectativa posiblemente mayor a la de sus otras visitas.
En su eclecticismo, el programa guardó su lógica: una primera parte alemana y una segunda francesa, alternando páginas instrumentales con bloques vocales. Dirigida por la mano maestra de Enrique Arturo Diemecke, la Filarmónica de Buenos Aires abrió el fuego con una versión impecable de «Las hébridas» de Mendelssohn donde brillaron los clarinetes de Mariano Rey y Matías Tchicourel. A lo largo del concierto se escucharían también el «Nocturno» del «Sueño de una noche de verano» del mismo autor, con un perfecto solo de corno de Fernando Chiappero, y la bacanal de «Sansón y Dalila» de Saint-Saëns y la bellísima «Escalas» de Ibert en versiones arrebatadoras, incluyendo los movimientos coreográficos de Diemecke.
Una ovación tórrida se desplomó sobre la mezzo apenas pisó el escenario. Visiblemente emocionada, von Stade acometió los «Lieder eines fahrenden Gesellen» de Mahler transformándolos en una lección de canto y de compromiso interpretativo. A los casi 67 años, la voz de esta enorme artista suena asombrosamente juvenil, su timbre claro e inconfundible está tan presente como siempre y su inteligencia de la música y la palabra están más despiertas que nunca. Más tarde, en fragmentos de «Des knaben Wundernhorn», desplegó distintos colores haciendo de cada una un auténtico fresco, en el marco musical de lujo que le brindaba la Filarmónica (destacable la labor de Fernando Ciancio en «Wo die schönen Trompeten blasen»).
Las canciones populares arregladas por Joseph Canteloube en el ciclo «Chants dAuvergne», de las que von Stade ofreció cinco en dos bloques, fueron en su interpretación otro momento sublime. Apelando a una emisión lisa en «Baïlèro» y «Uno jionto postouro», saliendo airosa de los melismas de «Lo fiolairé», poniendo humor y picardía en «Lou coucout» y regalando «nuances» dinámicas, la mezzo ratificó que la técnica, la frescura y la sabia administración de los recursos pueden más que el tiempo.
Los bises fueron un regalo de agradecimiento a una sala que de principio a fin deliró de intensidad y emoción: la «Vidalita» de Alberto Williams conmovedoramente interpretada, y un aria que quedará para siempre asociada a ella: «Ah, quel dîner!» de «La Périchole» de Offenbach, arrastrando las «erres» con inimitable gracia y un «glissando» inolvidable. Desbordante de simpatía, la mezzo se dio incluso el gusto de hacer el famoso «saludo Diemecke» que patentó el director mexicano, dando vuelta una página más en su romance con el Teatro Colón, una historia de amor correspondido que tal vez aún no haya llegado a su fin.


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