6 de noviembre 2009 - 00:00

El cuadro fiscal es desesperante

Agustín A. Monteverde
Agustín A. Monteverde
En los últimos tres meses se ha acelerado el deterioro que vienen sufriendo los números fiscales desde fines de 2008. Entretanto, el mundo político y buena parte del empresario se mantienen ajenos, pese a que estos procesos históricamente han derivado en severas caídas del ingreso nacional y de la demanda doméstica y en crisis políticas de magnitud.

¿Qué datos justifican nuestra preocupación? Un primer elemento a considerar es que el déficit final de setiembre -una vez pagados los servicios de la deuda- fue cercano al rojo acumulado en los ocho meses previos. Los $ 4.800 millones de quebranto acumulado en lo que va del año podrían triplicarse en el último trimestre.

La noticia positiva es que se observa un freno en los subsidios corrientes: las transferencias al sector privado crecieron el 17 por ciento interanual en setiembre, aunque más que en el segundo trimestre, cuando aumentaron sólo el 10 por ciento.

El panorama no es el mismo en los subsidios dirigidos a provincias y municipios, que en el trimestre previo a las elecciones trepaban el 43% interanual y ahora caen el 2,3%. ¡Cuán atrás quedaron los plebiscitarios tiempos preelectorales! Las transferencias de capital a provincias, después de crecer un «modesto» 25% entre enero y marzo, experimentaron en los tres meses siguientes una feroz estampida del 215%. Una vez sustanciados los comicios, la generosidad se desinfló repentinamente a una quinta parte.

Realidad

El raquítico superávit primario -antes de abonar los servicios de la deuda- que informa el Gobierno cayó el 94% interanual y es exclusivo mérito de la confiscación a los ahorros jubilatorios y la apropiación de fondos del BCRA bajo la figura de una distribución de ganancias. Descontado su impacto, la realidad del déficit primario precedería al ya abultado rojo financiero. Para entender el alcance de la creativa contabilidad oficial, cabe destacar que las supuestas ganancias -fruto de diferencias de cambio- giradas por el BCRA al Tesoro no sólo no han sido realizadas, sino que nunca podrían ser realizables: hacerlo requeriría liquidar la totalidad de las reservas internacionales, algo, obviamente, impracticable.

El problema no reside tanto en el enorme déficit acumulado, sino en el evidente rumbo de colisión que muestran los números. El gasto primario crece algo más de cuatro veces más rápido que la totalidad de los ingresos. Si al exiguo aumento nominal de éstos se le resta el efecto inflacionario, arribamos a una caída en términos reales frente al crecimiento real de los gastos.

El aumento del gasto corriente (28%) también cuadruplica al de los ingresos corrientes. Los fondos capturados a la seguridad social -aunque con un crecimiento menguante a medida que pasan los meses- son los que evitan mostrar una caída nominal y real del ingreso corriente, aportando un incremento del 44% interanual. Nuevamente son los jubilados los que salvan al fisco, a quien deben agradecer en contrapartida el «sustancioso» aumento del 7% en los haberes jubilatorios, que significa una obvia pérdida de su ya mísero poder adquisitivo.

Pero la brecha creciente entre ingresos y gastos se vuelve alarmante si concentramos nuestro análisis en los núcleos centrales de los recursos y las erogaciones ordinarias. Verdadero corazón de las entradas estatales, los ingresos tributarios del sector público nacional caen el 7,6% nominal respecto del mismo mes de 2008, lo que significa una caída de poco más del 25% en términos reales. El gasto de operación del Estado -el componente más inflexible a una eventual reducción- salta, en cambio, el 42% interanual. ¿Cómo piensan sostener tamaño desequilibrio en el tiempo?

Giros ocultos

Por último, algo llamativo: el déficit de las empresas públicas que en los primeros siete meses del año vino creciendo con vértigo, fue cero por segundo mes consecutivo. Parte de lo girado a las deficitarias empresas estatizadas podría estar oculto en el rubro «otras transferencias de capital», que vuela el 80% interanual.

De no mediar un drástico cambio de rumbo o una entrada de fondos extraordinaria, la silueta de un nuevo colapso fiscal se recortará en el horizonte. Descartada toda posibilidad de un recorte en el gasto -pieza central del poder K-, sólo tres eventos podrían evitar un crac en 2010, cuando habrá que atender vencimientos por u$s 7.500 millones y el déficit primario consolidado Nación-provincias podría -siempre se añaden novedades, como la reciente asignación para hijos de hogares pobres- superar los $ 35.000 millones: 1) un acuerdo de vasto alcance con el FMI, 2) una expansión inflacionaria para proveer de fondos al sediento Tesoro y a la vez licuar gasto, o 3) un nuevo manotazo a alguna caja pública o privada que aún tenga liquidez. El primero luce altamente improbable; el Gobierno no quiere mostrarse rendido al organismo que en otros tiempos mostró como un ogro ni éste tiene el menor interés en otorgar una línea sin condicionalidades a este deudor. La segunda posibilidad es poco probable que se use intensivamente, porque acabaría con toda esperanza para el kirchnerismo de cara a 2011. En cuanto a la tercera, los primeros candidatos al manotazo son la liquidez en pesos que mantienen los bancos comerciales y los encajes en el BCRA correspondientes a los depósitos en dólares.

Por ahora, la orquesta sigue tocando.

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