11 de noviembre 2009 - 00:00

El DÉJÀ VU DE CRISTINA

Cristina de Kirchner está abrazada al libreto de la desestabilización. Néstor Kirchner, atrincherado en el PJ. Piquetes -esta vez urbanos- anti-K. Para redondear el guión de la remake, Hugo Moyano rumbo a Plaza de Mayo para defender al Gobierno.

Un déjà vu, más de un año y medio después, del conflicto del campo. Pero sin el campo como enemigo. Acaso en las medianoches de Olivos, el matrimonio añore aquellos meses ardientes de 2008 que, al menos, le otorgaban una certeza: en la guerra gaucha el otro era visible.

La desestabilización que denunció la Presidente tiene, esta vez, usinas imprecisas. La teoría oficial habla de una sinarquía donde cohabitan Julio Cobos, Jorge Bergoglio, Eduardo Duhalde, la ultraizquierda, Elisa Carrió y, por inercia, la Mesa de Enlace.

Pero el motor de esa mixtura, que sólo unifica el compartido desprecio por los Kirchner y la pasión K por enunciar complots, son, según la Biblia oficial, las «empresas periodísticas» que sobredimensionan los episodios, reales, de la tensión callejera.

Simple: hay cortes de piqueteros por los planes sociales, paran los subtes para reclamar libertad sindical, bloquean la General Paz por la crisis de Kraft. Pero, se sostiene en Balcarce 50, «los medios» encaran un operativo de desgaste para condicionar al Gobierno.

Los factores se enlazan: con simplismo, el imaginario kirchnerista -que se obstina en negar que durante cinco años Clarín enmudeció ante los zigzagueos del Gobierno- ubica en el conflicto chacarero el detonante que fulminó el romance entre el holding y los Kirchner.

Apenas, en su hipótesis desestabilizadora, Cristina logró que un aplicado Daniel Scioli también vocee las versiones de conspiraciones. Uno de sus ministros, Baldomero Álvarez, fue más lejos: habló de «castas de piqueteros», que atentan contra el Gobierno.

Fue un reproche preventivo: esta tarde, grupos piqueteros llevarán su protesta no sólo al Ministerio de Alicia Kirchner por el plan de cooperativas; también irán a la Casa de Buenos Aires para reclamar que la provincia pague el programa Barrios Bonaerenses.

Ayer, para coronar su categoría de estrella imprescindible de la cosmogonía kirchnerista, Moyano protagonizó dos capítulos primordiales de la novela oficial: animó la cumbre del PJ pro Kirchner y convocó para el 20 de noviembre una marcha a favor del Gobierno.

Sinuoso, Moyano ensambla dos factores en uno: pone a la CGT en la calle, como hizo el 30 de abril por el Día del Trabajador, para celebrar -con la excusa del Día de la Soberanía- marchar a Plaza de Mayo a respaldar al Gobierno pero, además, para defender el monopolio sindical.

El camionero ve, con alerta, el episodio de subtes donde delegados cercanos a la izquierda, emparentados con los que encabezaron el paro de Kraft y con los grupos piqueteros que hoy volverán a cortar la 9 de Julio, presionan para obtener la personería gremial.

La movilización del 20 de noviembre, acordada ayer en la reunión del consejo directivo de la CGT y respaldada anoche por el Consejo del PJ que rechazó la renuncia de Kirchner, camufla con un respaldo una advertencia: esa misma tropa callejera, si el Gobierno cede a la presión de subtes, puede volverse crítica de los Kirchner.

En simultáneo, al igual que durante el enfrentamiento con los chacareros, Moyano opera como el más efectivo de los mosqueteros K: por entonces rompió piquetes gauchos; ahora bloquea el reparto de diarios. Antes y hoy, aportó -aporta- tumulto a los shows K.

Moyano tiene, también, su déjà vu.

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