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El desafío macro no será menor
Enrique Szewach (Economista)
Empezando por el futuro inmediato, la idea de modificar el programa monetario parece responder más a cuestiones «formales» que a cambios en la política. En especial, porque se trata de cambios para relajar aún más la política monetaria. Para ser justos, hace rato que el programa monetario del Banco Central, basado en explicitar metas de final de trimestre, para la expansión de algún agregado monetario, no responde a un intento de hacer política «antiinflacionaria» o de control de la estabilidad nominal. De hecho, los números de expansión de los últimos años siempre fueron bastante amplios y muchas veces se cumplieron, como últimamente, apelando a maniobras contables de último día, pidiendo a las entidades públicas que reduzcan sus saldos en cuentas a la vista y las pasen a cuentas a plazo, de manera de reducir artificialmente la expansión del M2 total (que comprende circulante en poder del público y depósitos a la vista públicos y privados). En otras palabras, las metas de expansión monetaria nunca cumplieron el rol de «objetivo intermedio» como transición hacia una política de «metas de inflación» como la que predomina en los Bancos Centrales de la Región. Por el contrario, como en muchas otras cosas de la política económica argentina fueron más un «decorado», una escenografía para «parecer» que una cuestión de fondo.
¿Por qué, entonces, este tema cobra ahora más importancia? Básicamente, porque no hace más que ratificar el escenario económico de los próximos meses. Por un lado, queda claro que, pese a una tasa de inflación del 25% anual, el Banco Central explicita, aún más, que no considera a la política monetaria como responsable, aunque sea parcialmente, del aumento de los precios al consumidor o, si la considera, tiene prioridades diferentes -el nivel de actividad y el financiamiento al Tesoro- que las que le fija la Carta Orgánica de la entidad, y que decide expandir aún más la oferta monetaria en un momento en que la demanda de dinero por parte del público está estancada o cayendo levemente. Insiste, entonces, en mantener una tasa negativa en pesos y un contexto de alta liquidez.
Es verdad que, dado el tamaño del sistema financiero argentino, la influencia de la tasa de interés sobre el nivel de actividad es baja, pero no es menos cierto que, en un contexto de tasas reales fuertemente negativas, la única manera de evitar que el sistema se siga achicando por caída de depósitos o que la demanda de pesos no se desbarranque, amenazando aún más la tasa de inflación, es sostener un tipo de cambio que convierta a las actuales tasas reales negativas en pesos, en tasas positivas en dólares, comparadas con las vigentes en el mercado internacional. En otras palabras, un dólar relativamente quieto, como instrumento para sostener la demanda de pesos en un contexto de alta inflación y tasas en pesos negativas en términos reales.
Por otro lado, el salto en la tasa de inflación permitió, en el corto plazo, mejorar las cuentas fiscales del Estado nacional y los provinciales, dado que los ingresos se «indexan» a esa nueva inflación y, en el corto plazo, no todos los gastos lo están. Pese a esa «mejora» se necesita recurrir a la emisión monetaria como mecanismo de financiamiento del gasto público que crece ante la necesidad de acomodar los subsidios a la energía -para evitar mayor presión sobre los precios- y a los sectores más vulnerables (para que el salto en los precios de los bienes esenciales no los perjudique tanto).
Esto se «complementa» con una política de «ingresos» (salarios), que compensa la alta inflación para los sectores sindicalizados.
En otras palabras, las políticas fiscal, de ingresos, y monetaria y cambiaria se han «alineado» para amplificar el consumo, el gasto público y el crecimiento, a costa de una elevada, aunque no espiralizada tasa de inflación, gracias a que la tasa de interés «en dólares» evita que se desplome más la demanda de dinero, aunque generando una caída del tipo de cambio real, si bien, también es cierto, desde niveles «siderales».
Por supuesto, toda esta «ingeniería» para llegar a las elecciones de 2011 no sería posible si los precios internacionales de nuestros productos de exportación no se mantuvieran elevados, no tuviéramos una gran cosecha y las monedas que nos importan no se hubieran revaluado respecto del peso.
Es decir, todo esto es posible «gracias al mundo».
Ahora bien, cualquier proyección de mediano plazo, suponiendo un mundo «parecido» pero no extraordinariamente mejor, indica que esta fiesta kirchnerista tendrá un final a toda orquesta, como todas las fiestas populistas, locales e internacionales.
¿Será posible desarmar esta bomba de tiempo sin una explosión?
Si el mundo, insisto, mantiene estos términos del intercambio, sí.
Pero ese «desarme» requerirá de una madurez política inédita en la Argentina, dado que, al contrario de lo que sugieren muchos políticos, los próximos años, más que un «pacto de largo plazo» requerirán un «pacto de coyuntura». Con ortodoxia monetaria y fiscal, desarmar el círculo vicioso descripto resultará fuertemente recesivo. Con «heterodoxia gradualista» se demorará peligrosamente el salto en la cantidad y calidad de la inversión privada, requerida para recapitalizar esta economía desgastada a puro consumo.
Por lo tanto hará falta una inteligente combinación de «normalidad» fiscal y monetaria, con una «coordinación de expectativas» en la política de ingresos y de cambio de precios relativos.
La herencia K será grave en materia institucional y cultural, pero no será menor el desafío que se le impondrá a la macroeconomía, después de años de descontrol y desorden.


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