16 de marzo 2012 - 00:00

El desierto fértil

San Pedro de Atacama, Chile: volcanes, salares, lagunas, géiseres, termas y sitios arqueológicos

La Cordillera de la Sal y, al fondo, los volcanes Licancabur y Jurique con sus cumbres nevadas.
La Cordillera de la Sal y, al fondo, los volcanes Licancabur y Jurique con sus cumbres nevadas.
Donde el ojo del turista suele encontrar una imponente cadena de volcanes, los pobladores originarios han sabido ver una trágica historia de amor. La tradición oral cuenta que el poderoso Licancabur se enamoró de la bella Quimal, pero su hermano Jurique fue más hábil para seducir a la doncella e hizo estallar un conflicto que obligó a la mediación de Láscar, padre de ambos, quien obró en forma drástica: tomó partido por Licancabur, su preferido, y ordenó decapitar a Jurique. Espantada, Quimal huyó al otro lado del desierto.

Al observar la perfecta figura cónica de casi 6.000 metros de altura no quedan dudas de que el volcán Licancabur es el indiscutido amo y señor de Atacama. A su lado, el truncado Jurique (5.750 m) lleva la marca del castigo. Al sur, el Láscar (5.592 m) vigila activo, con su eterna fumarola, y, distante al oeste, Quimal (4.278 m) corona la seca cordillera de Domeyko, al otro lado del salar. El punto de vista de este mítico relato se encuentra en pleno desierto de Atacama, al pie de los Andes, en el rincón más árido del mundo, ubicado en el Norte Grande de Chile, allí donde pueden pasar años enteros sin que caiga una sola gota del cielo, con un régimen de lluvias incluso más escaso que el del famoso Sahara africano, que llegó a 10 mm anuales.

Pero hablar de desierto puede llegar a dar una idea errónea de Atacama, una región que está habitada por el hombre desde 10.000 años antes del presente, y que posee una riqueza de paisajes asombrosa, con salares, termas, géiseres y lagunas altiplánicas a más de 4.000 metros de altura.

Es, si se acepta el término, un desierto fértil, poblado por oasis que se forman en torno a los cursos de agua que nacen en la cordillera de los Andes -donde reinan los volcanes- y mueren en el gigantesco salar.

Allí en medio es donde se ubica la ciudad de San Pedro de Atacama, erigiéndose como centro de toda la actividad turística de la zona. Se trata de un pequeño pueblo de poco más de 3.000 habitantes, calles de tierra sin veredas y casas hechas de adobe, el cual es trajinado durante todo el año por turistas llegados de todo el mundo.

Tiene mucho encanto caminar al atardecer o a la noche, recorriendo barcitos y tiendas que se ubican en la misma estructura urbana que data de mediados de 1500. Es muy recomendable visitar la iglesia de San Pedro, ubicada frente a la arbolada plaza central, con techos de cardón y muros de barro.

No se puede recorrer una sola cuadra de San Pedro sin escuchar hablar en alemán, francés, italiano o portugués. Allí se encuentran los hospedajes, las agencias de excursiones, bares y restoranes. Es el punto de partida de todas las actividades que realizan los viajeros, que marchan siempre ataviados con ropa y calzados dispuestos para la aventura.

A explorar

Es difícil andar por San Pedro y sus alrededores y no tener siempre la mirada clavada en el horizonte, en la cordillera definida por los gigantescos volcanes. El aire diáfano y seco permite una excepcional visibilidad que llega a rondar los 300 kilómetros, provocando la ilusión de que todo está a tiro de una simple caminata. Aun así, este desierto abarca unos 1.300 kilómetros de largo, contenido a lo ancho al este por los Andes y al oeste por la cordillera de Domeyko. Dentro de la región hay más de una decena de sitios de interés turístico, ya sea maravillas naturales o de valor cultural, histórico y arqueológico.

Una excursión que nadie quiere perder cuando llega a San Pedro es la de los géiseres del Tatio. Un sitio de actividad geotérmica ubicado a más de 4.300 metros sobre el nivel del mar. El agua allí llega los 85°C y entre las 6 y las 7 de la mañana, cuando la temperatura ambiente está por debajo de cero, provoca el espectáculo de violentos chorros de agua y flujos de vapor elevándose sobre el suelo. El fenómeno es producto del encuentro de aguas frías que llegan de la cordillera con las rocas calientes. Los más antiguos de estos géiseres datan de 12.000 años atrás, formados durante la última glaciación.

Muy temprano en la mañana se parte desde San Pedro para llegar al amanecer a los géiseres. Hay que recorrer unos 100 km hacia el noroeste por caminos complicados hasta llegar al pie del volcán Tatio Norte. El esfuerzo vale la pena al ver el espectáculo de vapor y agua surgiendo de las entrañas de la tierra. Los más atrevidos incluso pueden darse un baño en las aguas termales que allí se forman naturalmente. Desayuno mediante, el relajado regreso permite conocer de cerca rebaños de vicuñas y un gigantesco campo de cáctus.

Las lagunas son otro de los puntos altos en el entorno de San Pedro. Las Altiplánicas son las más impactantes, ya que permiten descubrir un mundo increíble en las alturas. Ocurre que a partir de los 3.800 metros el desierto y la sal abren paso al altiplano, donde surgen pequeñas poblaciones de pastores que crían llamas y alpacas, aprovechando la vegetación que aparece en esa altura. Siguiendo un poco más (en esta excursión se recorren unos 115 km de ida hacia el sur) se llega a las lagunas Miscanti y Miñiques, por encima de los 4.300 metros, donde se encuentran flamencos y taguas cornudas, entre otras especies, además de grupos de vicuñas.

Explorando el altiplano se puede conocer a los camélidos domesticados -llamas y alpacas- y a los salvajes -vicuñas-, famosos por su preciado pelaje. También se accede a un mundo de misteriosas hierbas, entre las que sobresale la Rica Rica, que -aseguran- soluciona malestares estomacales, y el Pingo Pingo, que promete un aumento del vigor a quien lo consuma.

Perfecta para el avistaje de avifauna es la laguna Chaxa, en pleno Salar de Atacama, a 2.400 metros de altura, es decir, el sector más bajo del salar. Allí se pasean flamencos rosados y nidifican diferentes especies de aves. También hay un centro de interpretación para conocer las cualidades y la riqueza de este salar de 4.000 km cuadrados.

Además dentro del salar se puede visitar la Laguna Cejar, a apenas 30 km de San Pedro, con profundo color esmeralda y tan alta concentración de sal que es casi imposible dejar de flotar.

Las Termas de Puritama es otro sitio donde conviene ir con traje de baño. Se encuentran 30 kilómetros al norte de la ciudad y ofrecen pozos de agua cálida -entre 25°C y 30°C- frente a la montaña y el desierto.

Muy cerca

Luego se puede acceder a una serie de sitios muy cercanos al poblado, como el Valle de la Luna, en la Cordillera de la Sal, un sitio muy particular, que fue el fondo de un antiguo lago y recuerda la superficie lunar, de ahí su nombre, por la forma en que la roca, la arcilla y la sal fueron esculpidas por el agua, el viento, el frío y el sol. Allí se dan formaciones como Las Tres Marías, el Anfiteatro y algunas cavernas. Cerca de allí se encuentra el Valle de la Muerte, otro escenario que genera similar impacto, donde también se practica sandboard aprovechando las dunas y que se trata de uno de los pocos espacios no protegidos de la región.

El Pukará de Quitor es también un lugar al que se llega fácilmente, recorriendo sólo 3 kilómetros desde el centro de San Pedro, ofreciendo las ruinas de una antigua fortaleza preincaica que datan del siglo XII.

San Pedro de Atacama y su entorno poseen gran importancia arqueológica, algo que se puede conocer visitando en primera instancia el museo Gustavo Le Paige, ubicado en pleno centro sampedrano. Allí se puede saber que este oasis del desierto fue habitado en primera instancia por cazadores recolectores desde 10.000 años antes del presente y a partir de los años 6000 y 4000 antes del presente comenzó a conformarse la cultura San Pedro, Lican Antay (Gente de la Tierra) o Atacameña, que dejó de ser nómade y se instaló para practicar la agricultura y el cuidado de rebaños de camélidos. Se relacionaron y fueron influenciados por los Tiwanaku provenientes de lo que hoy es Bolivia, y en el siglo XVI dominados por los Incas (una ocupación que duró apenas medio siglo y permitió, entre otras cosas, mantener la organización original y el uso del kunza, la lengua local), hasta que sufrieron el definitivo yugo español. En la actualidad, la distribución en ayllus (unidades económicas y políticas) aún tiene efecto, ya que se mantiene, por ejemplo, para la distribución del agua.

Recorriendo un poco la región se llega al pequeño poblado de Toconao, próximo a San Pedro, con su torre de campanario construida hace 400 años; a la aldea de Tulor, con 2800 años de antigüedad; y a Catarpe, que fue el centro de la breve administración impuesta por los incas. En zona altiplánica se encuentra el pequeño poblado de Machuca, que suele visitarse de regreso de los géiseres.

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