19 de octubre 2009 - 00:00

El Dow cruzó los 10.000 pero sigue saga de Bancos

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
El Dow Jones cruzó la frontera de los 10 mil puntos. La producción industrial creció en el tercer trimestre en los EE.UU., por primera vez desde que comenzó la recesión en 2007, y a una velocidad -5,2%- que no se observaba desde la recuperación de 2003. Trascartón, el balance de Google barrió aun con las expectativas más favorables. No sólo porque sus ganancias escalaron un 27% sino porque sus ingresos -después de dos trimestres en el congelador- aumentaron un 7%. Los clics pagos crecieron el 14%. Su CEO, Eric Schmidt, no se guardó el entusiasmo. Afirmó, tajante, que lo peor de la recesión ya quedó atrás y que apresta fuertes inversiones. Sin embargo, la crisis no terminó. Basta consultar, para cerciorarse, los estados contables de Nokia. La crisis tampoco liberó de sus garras al mercado de trabajo. Y, sobre todo, tortura pacientemente a los bancos.

Nadie puede alegar que no se le avisó. En agosto, Josef Ackerman, el mandamás de Deustche Bank, y James Wells III, su par de Sun Trust, vaticinaron, sin pelos en la lengua, una remezón de los problemas bancarios. La realidad, hasta el momento, es menos efusiva. La corrosión avanza pero no provoca inestabilidad (ayuda que no se derramen lágrimas por el puñado de bancos pequeños que, cada fin de semana, cae del árbol como fruta de estación). Que la tensión del crédito no se relaja es evidente. Los depósitos de la banca crecen, la cartera activa se recorta. Sólo se expanden las tenencias de títulos del Tesoro. O sea, aquello que no supone riesgo de cobranza (ni consume capital). Y, a diferencia del mercado de trabajo, donde las condiciones son penosas pero mejoran en el margen, el deterioro del crédito -tomando su volumen como proxy de su presunta calidad- se acelera. Desde ya, no toda la caída del crédito bancario obedece a un problema de oferta. En una recesión, la demanda también se retrae.

Solución ideal

Qué mejor, entonces, que cruzar esas estimaciones imperfectas con las cifras recién horneadas que entregan los balances. Una solución ideal si las prácticas contables permitieran segregar la realidad de las capas sucesivas de maquillaje. Pero, como si fuera un juego de muñecas rusas, se pueden quitar infinidad de máscaras y no saber cuál es el verdadero rostro de los problemas.

Después de dos trimestres en los que los resultados superaron con soltura un umbral módico de exigencias, esta vez hay bancos que se tropiezan con un cordón de la vereda algo más elevado. Citigroup, Bank of America y los negocios de bienes raíces de GE Capital, cada uno a su modo, trastabillaron. El rally de las Bolsas comenzó con una esquela de Vikram Pandit que ponderaba el repunte de los ingresos de la entidad que maneja -Citigroup-, pero la tendencia no se preservó. Excluyendo operaciones extraordinarias (como la venta de Smith Barney), los ingresos sumaron 21,7 mil millones de dólares entre junio y setiembre, en línea con el registro del segundo trimestre pero muy por debajo de los 29 mil que motivaron la prosa alentadora de Pandit. En el ínterin, vale recordar, Citi multiplicó por cuatro el valor de su cotización.

En este tercer trimestre, Citigroup registró ganancias netas por 101 millones de dólares, pero las pérdidas por acción -y vaya que tiene acciones: más de 12 mil millones- fueron de 27 centavos. Ser o no ser, se preguntaba Hamlet, falto de imaginación. Una vez computados los pagos de dividendos preferidos y el efecto del canje de acciones preferidas por ordinarias (que permitió el desembarco del Estado como propietario del 34%) no hubo saldo a favor sino un rojo de 3.242 millones de dólares. Pero hay que escarbar en el balance para saberlo. Bank of America fue más directo: anunció un quebranto de mil millones de dólares y, por cuenta separada, pagos de dividendos preferidos por 1.240 millones de dólares. Es obvio que la pérdida que le importa al accionista común es la suma de ambas cifras. Sin embargo, la discriminación denota que, a diferencia de Citi, Bank of America mantiene al Estado exclusivamente como accionista preferido. Y ello cuesta.

La exposición de los resultados, como se vio, es un rompecabezas sencillo de armar. Pero cómo se llega a esos guarismos es otra historia. Hay aquí un patrón recurrente. Y que provoca desconfianza. La reducción de las provisiones para cubrir quebrantos es la regla uniforme que irrumpió este trimestre. ¿Señal de mejoría en curso? No. Todos los indicadores apuntan, en el mejor de los casos, a una estabilidad y, en la mayoría de ellos, a una erosión que se profundiza. Además rige un cúmulo de programas de alteración de préstamos, como el Home Affordable Modification Program (HAMP), con los auspicios de la Administración Obama, que permiten reducir los pagos de interés de cré-ditos en atraso o al borde del incumplimiento y conceden un alivio. ¿Señal de una mejoría en ciernes? Imposible saberlo. Pero, dado lo anterior, parece peligroso sostenerlo.

Recorte

Así, Citi recortó sus provisiones por malos préstamos, en el tercer trimestre, de 12.233 millones de dólares a 8.771 millones (el monto más bajo desde el segundo trimestre del año pasado pese a que los quebrantos de su cartera -8 mil millones de dólares- no difieren significativamente de los 8.400 millones del trimestre pasado). Bank of America apeló a la misma táctica. Entre junio y setiembre, disminuyó la constitución de nuevas provisiones de 13.375 millones de dólares a 11.705 millones. Pero los cargos crediticios del período treparon más del 10% a 9.600 millones de dólares. Y los activos morosos crecieron de 30.982 millones de dólares a 33.825 millones.

Como sea, el impacto de las menores provisiones va directo al cuadro de resultados. Y casi nadie se privó de utilizarlo (JP Morgan Chase, quien presentó los mejores resultados, fue la curiosa excepción). Caso contrario, la temporada de balances sería ya una catástrofe. No obstante, el fondeo subsidiado por el generoso estímulo monetario.

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