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El empleo, para pocos: no hay incentivos para crear puestos privados
Juan Luis Bour - Economista jefe, FIEL
Vamos a los hechos. El empleo agregado perdió dinamismo en los últimos años, al promediar una expansión del 1,2% entre 2008 y 2011 y de sólo el 0,9% en 2012. Para 2013 estimamos un crecimiento por debajo del 0,5% anual. Mientras tanto la oferta de trabajadores (población activa, PEA) se acelera creciendo por sobre el 1,2% anual, por lo que la dinámica de oferta y demanda lleva a un aumento de la tasa abierta de desempleo, tal como ya se observó en el primer trimestre del año. ¿Podemos esperar un salto del desempleo ya no de 0,8 de punto porcentual, sino de 3 o 4 puntos en el corto plazo? Para ello analicemos oferta (PEA) y demanda agregada de empleo.
La tasa de actividad (PEA a población) en el Gran Buenos Aires mostró una gran estabilidad en los últimos nueve años, manteniéndose en torno del 48,4%. En la segunda mitad de los 90, sin embargo, había promediado 1 punto más (49,6%), con un pico del 50,7% en 1999. En el interior urbano la tasa de actividad fue siempre menor que la tasa de GBA; luego de estabilizarse en los 2000 en torno del 43,4% creció hasta el 43,9% en 2011/12. No hay registros de tasas más altas que hayan durado mucho tiempo -hay un salto transitorio al 44,8% en el crítico año 2002-. El interior urbano es sin embargo el área con mayor potencial para que la proporción de PEA crezca respecto de la población y complique la situación de desempleo. De replicarse un escenario de incertidumbre para los ingresos laborales familiares como el que prevaleció durante la crisis de 1998-2002, es decir durante el cual la población percibe crecientes dificultades para obtener un empleo e incertidumbre sobre los ingresos familiares, podríamos observar un vuelco de la población inactiva al mercado laboral con un efecto inmediato sobre la tasa de desempleo. Un aumento de 1 punto en la tasa media de actividad tanto en GBA como en el interior urbano generaría un aumento de la tasa de desempleo de casi dos puntos porcentuales, manteniendo las actuales condiciones en el mercado de trabajo. Si se lograra en ese escenario estabilizar la demanda de trabajo, no deberíamos esperar un aumento mayor de la tasa de desempleo. Pero no es fácil estabilizar la demanda agregada de empleo si cae el empleo privado, que representa casi el 79% del empleo total.
Como más arriba se indicó, el empleo privado dejó de crecer durante 2012 y estimamos una contracción de alrededor de medio punto porcentual en 2013. En rigor, la única porción de empleo privado que muestra dinamismo es el empleo informal ya que el formal cae casi el 2%. No hay buenas razones para esperar una mejora en el empleo formal privado en un horizonte de corto plazo dado el deterioro competitivo -costos laborales unitarios que desde 2004 a la fecha han crecido a una tasa media del 14% anual- y de huida del capital y la inversión de la Argentina. En cambio, puede esperarse algún crecimiento del empleo informal -refugio habitual en un escenario que combina escasa actividad con creciente rigidez normativa y tributaria-.
Destruidos los incentivos para la creación de empleo privado, sólo queda el recurso del empleo público, ya sea como programas transitorios de empleo -la solución a comienzos de los 2000- o como un programa permanente de aumento de la nómina de empleados públicos. Esta es la "solución final" por la que parece haberse decidido el gobierno, ya que desde hace varios años la nómina de empleados públicos crece a tasas escalofriantes. Esa "nomina" incluye por un lado a la planilla de empleados que en la actual gestión (2008/12) creció a un ritmo de 131 mil cargos por año y que hoy suma casi 3.4 millones de empleos. Frente a un crecimiento de la PEA urbana total de unas 180 mil personas por año en el mismo período ese aumento del empleo público absorbió el 73% del crecimiento poblacional.
Naturalmente ese crecimiento no alcanza si el resto del empleo privado no acompaña, de modo que si se quiere evitar un salto en el desempleo el gobierno deberá realizar "un pequeño esfuerzo" para aumentar el ritmo de expansión del empleo público, y lograr el objetivo de "empleo para todos". Ese aumento choca en lo inmediato con restricciones fiscales, y en el mediano plazo deteriora aún más la competitividad y el tipo de cambio de equilibrio (dado que exige un aumento del gasto público, es decir de no transables).
Hay otro "pequeño problema". En los países que utilizaron esta experiencia empleo para todos con productividad negativa, como en el bloque soviético- el resultado fue no sólo una caída del crecimiento económico, sino un aumento importante en la tasa de actividad. En efecto, no hay que olvidar la componente endógena o de retroalimentación: nadie quería quedarse fuera de la "fiesta" de empleo público y todos aspiraban a un cargo. Así como en la Argentina hoy todos aspiramos a una pensión, aunque muchos no piensen en pagar por ella.
O sea, que si estamos pensando en compensar con empleo público la caída del empleo privado, habrá que tener en cuenta que es una carrera que persigue un "blanco móvil": con cada nueva oleada de "empleos fáciles" habrá una legión de personas buscando trabajo, y la tasa de desempleo podría seguir subiendo. En suma, estamos frente a un escenario de depresión en el mercado de trabajo que se pretende "resolver" con más empleo público. La experiencia indica que esa solución de "barrer los problemas debajo de la alfombra" no será efectiva, ya que probablemente el desempleo seguirá subiendo y la economía se enfrentará a una dramática pérdida de competitividad como principal herencia del "modelo económico".


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