El repudio al golpe en Honduras fue unánime entre todos los países americanos, pero esa respuesta común admite matices, en cuya gama de grises se ve a algunos (Venezuela, Ecuador, Paraguay y la Argentina) actuar con mayor dureza.
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Se sabe que el depuesto Manuel Zelaya es un aliado de Hugo Chávez en la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA), por lo que su remoción activó todas las alarmas en Caracas. El primer reflejo de Chávez (poner en alerta a sus fuerzas militares) fue, como siempre, grandilocuente y extremo. El último se conoció el domingo, cuando puso al servicio de aquél un avión y pilotos de la Fuerza Armada venezolana para el frustrado regreso a Tegucigalpa.
Lo de Rafael Correa, Fernando Lugo y, sobre todo, Cristina de Kirchner pasó como un hecho demostrativo en sí mismo, por haber puesto el cuerpo al viajar a la zona y al ofrecerse como acompañantes de Zelaya en su regreso, instancia que afortunadamente no se concretó, ya que ello los habría expuesto a críticas por haber participado en un operativo muy discutido en el seno de la OEA, destinado al fracaso y que motivó una represión del régimen que dejó dos muertos.
¿Qué une a Chávez, Correa, Lugo y Cristina? Antes que la política exterior, la situación política interna de cada uno, esto es el temor a verse forzados, por una vía u otra, a abandonar prematuramente el poder.
Chávez tiene aún fresco el golpe de abril de 2002, que, con apoyo de los entonces gobiernos conservadores de Estados Unidos y España, lo sacó brevemente del poder. El episodio, bastante similar al hondureño en su factura y en la alianza social que expresó (militares rebeldes, partidos opositores, empresariado, clase media, medios de comunicación), explica en buena medida su radicalización posterior y su decisión de 2004 de «salir del ropero» y declararse socialista. En la medida en que las tensiones no hacen más que exacerbarse en su país, el bolivariano ve hoy en Zelaya la amenaza de su propio destino.
Algo similar puede decirse del ecuatoriano Correa, que, como su mentor, registra una popularidad tan elevada como intenso es el rechazo de quienes se le oponen (una encuesta reveló ayer un nivel de aprobación del 52% para el ecuatoriano).
Fernando Lugo quedó seriamente dañado en lo político a partir del escándalo de sus paternidades en cadena. Sospechado de filochavista por las elites paraguayas, su suerte depende de mantener el delgado hilo que lo une todavía a un sector del principal partido de su coalición, el Liberal Radical Auténtico.
Podríamos sumar a la lista a Evo Morales, aunque su bajo perfil en la trama se explica por su necesidad de concentrarse más en esquivar la pedrea propia que en ayudar a frenar las ajenas.
¿Y Cristina de Kirchner? Su situación no es tan precaria ni controvertida como la de los mencionados mandatarios, pero se sabe que la derrota del 28 de junio y las perspectivas de un Congreso dominado por la oposición no calman precisamente los temores del kirchnerismo a una movida «destituyente», tal como viene denunciando el oficialismo desde hace más de un año a raíz del conflicto por las retenciones móviles.
Lo dijo la propia Presidente el domingo en El Salvador: «No es defender al presidente Zelaya, sino defendernos a cada uno de nosotros». Mientras, la crisis hondureña sigue su curso, sin solución a la vista. El presidente legítimo sigue contando con respaldo internacional, pero no logra con sus amagos de retorno desencadenar la pueblada que desearía. Y el líder de facto, Roberto Micheletti, le da largas a la comunidad internacional con la esperanza de que las elecciones del 27 de noviembre (o las que se celebren en fecha anticipada) permitan normalizar la situación y el regreso de Honduras a la OEA. Sin el molesto chavista depuesto, claro.
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